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Un escritor es un artista que interpreta lo mejor que puede, especialmente cuando se pone la máscara de la primera persona. Es lo primero que pensé al leer Limpiar la falta, un delirio de tristeza imposible de atajar, un cuento corto de los 33 que ha reunido Chari Rodríguez en No hubo días hermosos (Eclecta Editorial).

La literatura no es un concurso de belleza moral; su poder emana de la audacia con la que se ejecute el truco. Y el poder es el mejor pariente de la ficción. Además, la narración breve permite la preminencia poética en el estilo, como demuestra Chari, cuando a las palomas las llama “ratas aladas del abandono”, o cuando ve la “cama enferma de pena”, en una ruptura sentimental (en su cuento Nenúfar), que empieza “sumergida en lo frágil” (al descubrir el amor) y acaba envuelta en la “gelatina de la ausencia”.

Rodríguez es una indagadora de los pequeños planos; abre la puerta del conocimiento estético sin luces ni colores, como Vermeer o, mejor dicho, con capas de colores sobre el mate. Produce de otro modo; no por originalidad sino por resurgimiento. Tiene el toque de guionista alusivo más que indicativo. Es anti obvia. Inventa a la manera en que los marineros del Potemkin inventaron su acorazado. Encaja en el último aforismo de Raimond Queneau, escritor patafísico y ex director de la Encyclopédie de la Pléiade: “todo el mundo piensa en que dos más dos son cuatro, pero se olvidan de la velocidad del viento”.

Portada del libro 'No hubo días hermosos'

La buena literatura comunica las imágenes con los seres vivos que la inspiran. Este es el secreto del cuento. Entre el creador y su lector se produce la interferencia de las postales; hace mucho que los carteros ya no llevan postales a las casas porque los buzones están llenos de publicidad y, sin embargo, los viajeros siguen escribiendo postales que se reciben en su destino. La comunicación se mantiene.

La narración corta tiene el don de la exhalación; nos habla del encuentro entre la interioridad del autor y la simbología colectiva. Lo sorprendente es la revelación de lo reprimido y alejado de la racionalidad; y, en este caso, la autora es una narradora de la memoria, capaz de interpretar la sintaxis como un atributo del alma, siguiendo el hilo -no literal- de Eloy Tizón, amante del castellano prístino y prologuista de Chari, cuya ópera prima se intuye, como la primera pieza de un puzle. Para contenerla en su mochila de lo escrito administrando sustantivos y desdeñando adornos, Tizón la resume así: “la literatura es una resta”.

No todo lo de Chari está en primera persona. Elijo una descripción lejana por lo cinematográficamente triste, pero cercana geográficamente: Territorio apache. Entre una oración y otra, hay un espacio muy largo que se resuelve con el punto y seguido del silencio, reclamando para el buen degustador su propio tempo. Se centra en un grupo “apelotonado en un sombrajo”; todos encerrados en un soplo, cuando el enjambre se agita, “cimbrea colgado de la nada”, con una señorita malcontenta de amante imaginario, una puta bruja y una bruja buena; “vagones en vía muerta” y fuera de los límites de la sombra, cuando “el mediodía calcina”.

Interferencia externa

Hay un punto de neutralidad que nos resulta familiar. En los héroes muy particulares de Rodríguez flota la imparcialidad homérica -Homero cantó a troyanos y aqueos por igual- tal como lo entendió la filósofa Hannah Arent (Los orígenes). Reconocer la contingencia que envuelve nuestras acciones es crucial, y precisamente por eso, la narración vive en perpetuo movimiento.

En No hubo días hermosos, el dolor y la felicidad son compartidos con los ojos amigos y enemigos de la victoria y de la derrota. El pasado puede adoptar la forma de una narración recurrente y el poeta (ella lo es) tiene la tarea de poner en marcha la memoria ordenada e involucrarnos. Los hechos de esta ópera prima, aunque sólidos y resistentes, no son inmunes a la manipulación y menos al olvido. En su cuento, titulado Anecoica, la autora lo dice así: “El silencio no existe. La nada no existe, por eso yo existo”.

A propósito de Anecoica, las cámaras anecoicas sirven para aislar completamente cualquier interferencia externa; su objetivo es la precisión. Y esta matriz científica conecta a la autora con el corazón delator de Edgard Allan Poe, el precursor que se descubrió, como espécimen, despojado de todo acompañamiento. ¿Cómo se narra lo inenarrable? La respuesta se halla en el recuerdo activo de Primo Levi o de Max Aub, pero esta vez sin el terror nazi; solo como prolongación de vidas especialmente agrias, -“personajes al límite, arrojados a las cunetas de la vida”, escribe Elvira Navarro, a propósito del libro de Chari Rodríguez- saltando directamente del pasado a la hoja en blanco a través de la invención y sin pasar necesariamente por la propia experiencia.

El escritor Italo Calvino WIKIPEDIA

Cuando, en el cuento Lunares, una mujer huye de la brutalidad y la miseria vital de un hogar cruel, la tristeza domina la escena. Llegado el momento, el “horizonte le arranca la piel y los años”; camina por el sendero, “a merced de la ventisca”. Uno se pregunta si es el momento del doble, el Doppelgänger, el escalofrío que produce el otro yo siniestro -o liberado- de nosotros mismos. El toque gótico, con perdón, no se sale de la página, a pesar de la austeridad cristalizada sin sombras en el estilo vocacionalmente sobrio de la autora.

Ni Carver ni Chejov

Rodríguez entra así en lo fantástico cotidiano, el segmento de narraciones mentales, psicológicas entre las que el gran maestro Italo Calvino destacó las secuencias de Maupassant, Vermon o Larrain. Es el germen de la modernidad de lo fantástico, sin incidencia explícita en lo sobrenatural, pero reforzando los misterios del inconsciente.

En Mar de invierno, otra de las piezas sobrecogedoras de Chari Rodriguez -de nuevo, en primera persona- se habla del compañero que “habitaba un dolor de siglos”, en medio de una especie de competencia de dolores entre dos adultos que sobrevivieron a la pérdida de sus hijas.

Se anuncia un regreso, -“tu silueta opalescente se acuesta aquí conmigo”- y se profetiza un futuro mineral frente al mar: “Nos cubrirán el liquen y las valvas”.

Chari tiene a Tizón, su Pigmalión narrativo, el autor de Velocidad de los jardines (Anagrama; 1992), los relatos que significaron su punto de inflexión y atravesaron la frontera del género en España. Ocurrió en chez Herralde y no es casualidad. El paisaje cambió: Tizón, Luis Magrinyà, Juan Bonilla, Hipólito G. Navarro o Carlos Castán, entre otros, sonaron con fuerza y abrazaron una causa común: no querían ser ni Carver ni Chejov. Su adiós al costumbrismo recorre hoy un camino en el que es bien recibida Chari Rodríguez.