Publicada
Actualizada

La otra noche, paseando por el barrio de Malasaña, casualmente me encontré ante una casa en cuya fachada un cartel del ayuntamiento dice: “En esta casa vivió Ramón Villaamil, protagonista de Miau de Benito Pérez Galdós”.

Me sobrecogió encontrarme ante una casa del mundo físico en la que vivió con su familia un personaje literario, según la estética de Galdós, que a todas sus criaturas les atribuía domicilio y detallaba sus ingresos económicos. Como podía una novela no muy larga, que escribió en sólo dos meses, pero espléndida, caber, junto con las reverberaciones que provoca en la conciencia y la memoria de los lectores, en aquella casa tan pequeña y sólidamente real...

Las cenas de Pisón

Estuve pensando en Galdós, en las novelas que le he leído, a lo largo de los años, que la verdad no son muchas: Miau, Fortunata y Jacinta, La Desheredada, las novelas de Torquemada, todas sensacionales, y también algunos de sus Episodios nacionales que se me caían de las manos.

El escritor Ignacio Martínez de Pisón. JUANMA SERRANO-UIMP Europa Press

Luego pensé en Ignacio Martínez de Pisón. Cuando viene desde Barcelona a Madrid se aloja cerca de Malasaña, y seguramente se habrá parado también alguna noche ante ese cartel y se habrá extrañado, como yo mismo.

En esas ocasiones en que viene a Madrid “convoca” a cenar en la antigua casa de comidas El Bierzo a una docena de hombres y mujeres de letras, a algunos de los cuales valoro mucho y todos me son simpáticos.

El libro de Pisón sobre Pérez Galdós

En una de esas cenas, hará dos años, me dijo Ignacio que Sergio del Molino y Pilar Álvarez, que dirigen en Alianza la colección “dos tardes con…”, que son libros delgados, breves, en los que escritores de hoy glosan a su autor clásico preferido, le habían sugerido que escribiera sobre Galdós.

Toda la obra

Hace unos meses, en ocasión de otra de esas cenas en El Bierzo, me dijo Pisón que el libro de las dos tardes con Galdós iba a publicarse, y que para escribirlo se había leído o releído toda la obra de don Benito.

--Sin los Episodios nacionales, supongo-- le pregunté.

--Con, con los Episodios. Toda la obra.

Caramba, esto no es muy español. Desde luego que hay gente rigurosa pero tendemos más al escaqueo y a la improvisación.

A Pisón yo lo comparo con un camión diésel, de esos que no fallan nunca, no se desvían nunca del objetivo marcado, no se pierden por caminos paralelos, no hacen adelantamientos impropios, no se adornan, llegan siempre adonde se proponen.

En todo lo que escribe es perfecto, y de una tenacidad asombrosa. Y este librito, este ensayo, que en realidad tiene casi cien páginas, no es una excepción. Yo supongo que será el punto de partida o el ensayo general de otro Galdós del futuro, del doble o triple de extensión, ya que lecturas tan copiosas que desembocan en un texto menos largo conculcan las leyes de la economía que también se aplican a la literatura, y a nuestras propias vidas, cuando queremos obtener de la mínima inversión el mayor beneficio. Pero Pisón siempre más por tu dinero.

Una escena irreal

Dos tardes con Galdós reivindica al novelista clásico al que algún literato con mala baba adjudicó el mote de “Don Benito, el garbancero” y se detiene en su matizada visión de la reina Isabel II, La de los tristes destinos, en la España de las guerras carlistas, en la modestia y bondad del prolífico novelista que procuraba eludir los banquetes que se celebraban en su honor pero asistía a todos los que se tributaban a sus colegas, en sus relaciones con Emilia Pardo Bazán, en su crónica precariedad económica, “vivió toda su vida un poco de prestado, compartiendo siempre piso con sus hermanas o con algún sobrino”, precariedad causada en buena parte por su ligereza y generosidad en el socorro de amigos necesitados, en algunos recursos de su estilo que en adelante “todos los escritores realistas lo hacen. O mejor dicho, lo hacemos”.

'Trafalgar', de Pérez Galdós

Basada en las crónicas y fotos que se tomaron en la ocasión, hay una descripción del momento en que Galdós, inválido, ciego, al que apenas le quedaba un año de vida, asiste en el parque del Retiro a la inauguración del monumento que le esculpió Victorio Macho –“las crónicas de la época dicen que unas niñas del colegio de ciegos entregaron un ramo de flores al novelista y que éste, emocionado, recorrió con sus manos el monumento para reconocer en él sus propios rasgos”--, y nos parece ver una escena irreal, una vaga fantasía o alucinación.

No muy diferente de la que me deparó, la otra noche, la visión de la casa donde vivió el cesante Ramón Villaamil.