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Eduardo Infante (Huelva, 1977), filósofo y docente, acaba de publicar Salvar a Sócrates (Ariel), una novela protagonizada por jóvenes que corren una apasionante aventura. El profesor persiste en hacer entendible la filosofía, como el mejor instrumento para decidir por nosotros mismos. Su nueva obra llega tras la excelente acogida de sus anteriores trabajos, Filosofía en la calle, y Ética en la calle.

En tiempos de libros de autoayuda, Infante reclama una mayor atención por los clásicos. Sus lecciones son valiosas y se deben tener en cuenta para poder discernir, para poder dialogar con el otro, para tomar decisiones a partir de nuestro juicio.

La novela nace de una preocupación urgente por la salud de nuestra democracia y la desconexión emocional y crítica de los jóvenes. En esta entrevista con Letra Global, Infante reivindica la filosofía no como una asignatura muerta, sino como una "gimnasia del ciudadano" necesaria para sobrevivir al algoritmo y al autoritarismo.

Y señala que el sistema educativo debería servir, principalmente, para "crear ciudadanos". Por ello, advierte: "Si la educación debe formar empleados para Amazon, que la pague Amazon".

"La filosofía anda correteando por las calles", asevera Eduardo Infante. El formato de novela que ha elegido no obedece a un capricho pasajero. Es una vuelta a los orígenes, a la filosofía clásica. Cita a Plutarco, y recuerda que el pensamiento no debe buscarse solo en las cátedras, sino en la vida misma. Su propuesta mezcla el universo de la ficción contemporánea con los diálogos platónicos para rescatar a una figura que hoy es más necesaria que nunca.

Portada de la novela de Eduardo Infante

"He querido mezclar el universo Harry Potter con los diálogos platónicos. Ojalá los chavales se enamoren de la figura de Sócrates y del pensamiento crítico con la misma pasión con la que se enamoraron de la magia", asegura.

Esta elección responde a una inquietud profunda: la erosión de la democracia. Infante observa con preocupación cómo muchos jóvenes, ante un proyecto que perciben como fallido, comienzan a escuchar los "cantos de sirena" del autoritarismo. Su respuesta es lanzarlos en una misión imposible a la Atenas clásica para que comprendan qué es lo que realmente nos estamos jugando.

Pero, ¿no es una paradoja? ¿Pretender ‘salvar a Sócrates', cuando él dio la vida para poder defender sus propias convicciones? Para Infante ese acto de coherencia absoluta es el antídoto contra la "liquidez" de nuestros tiempos. En un mundo dominado por algoritmos que deciden qué comer, qué ver o qué votar, la figura socrática representa la recuperación de la autonomía.

"Estamos delegando funciones que son las más humanas. Le preguntamos continuamente al algoritmo qué tenemos que pensar. Salvar a Sócrates es salvar la capacidad de ser autónomos", remacha el profesor.

Infante critica duramente las redes sociales, transformadas en "burbujas de eco" donde el diálogo ha muerto. Según el filósofo, la democracia no consiste simplemente en votar, sino en deliberar juntos, reconociendo al otro como un interlocutor válido y no como un enemigo al que cancelar.

En la conversación surge la responsabilidad de los adultos. Si las quejas sobre los jóvenes son constantes, ¿quién se ha equivocado?

"Los fallos de los jóvenes son fallos de tutela nuestros", sentencia el docente. Frente a los discursos que criminalizan a la juventud o que alertan sobre su radicalización, Infante asume una postura de autocrítica generacional. Defiende que los jóvenes son, en realidad, mucho más abiertos al cuestionamiento que los adultos. "Cuando utilizo el método socrático con jóvenes, son capaces de reconocer que su argumento no es válido. Cuando lo hago con adultos, la violencia es exacerbada; la gente se pone de muy mal humor y me parece que esa diferencia es muy ilustrativa”.

El filósofo y profesor Eduardo Infante, en una imagen con bigote PLANETA

El autor recuerda que la sociedad ha fallado en acompañar a los adolescentes en momentos críticos como la pandemia, olvidando su necesidad básica de socialización y negándoles la responsabilidad de sus propios actos. Su mensaje en el aula es claro: "Os pido perdón en nombre de mi generación por entregaros un mundo en guerra y con crisis climática, pero confío en vosotros para hacer lo que nosotros no hemos hecho".

Claro, todo eso lleva a un análisis sobre la educación pública. La filosofía, como asignatura, se ha orillado en los planes de estudio. ¿Qué ha sucedido? Infante no duda: “La educación pública ha olvidado su sentido".

¿En qué medida? El docente reflexiona sobre el estado del sistema educativo, criticando que las leyes sean diseñadas por tecnócratas que "no han pisado un aula en su vida". Denuncia que la obsesión por las "salidas profesionales" ha desvirtuado el propósito original de la escuela pública.

Y la reflexión es de calado. “Si el sentido de la educación es formar en las competencias que Amazon necesita para sus trabajadores, pues que la pague Amazon. La educación ha de crear ciudadanos", insiste Infante, que considera esa idea esencial para que el conjunto de la sociedad no caiga en esos cantos de sirena que llegan desde la ultraderecha.

Ser ciudadano debería ser, para Infante, lo primordial, personas que asuman su responsabilidad y que “sepan utilizar su propio raciocinio”.

La cuestión es que nada está perdido. Como ejemplo de esperanza, Eduardo Infante cita casos como el de un instituto en Salamanca que, apostando por las humanidades y el compromiso con la comunidad, ha transformado un entorno vulnerable en un referente de éxito.

Para Eduardo Infante, la solución no está en mirar a Finlandia, sino en volver a los clásicos y devolverle a la educación su capacidad de "elevar" al ser humano.