Rosa Montero, miembro del jurado del premio Aena

Rosa Montero, miembro del jurado del premio Aena FEDERACIÓN GREMIO DE EDITORES

Letras

Una modesta proposición para salvar el Premio Aena

El editor Enrique Murillo considera que lo mejor es que el premio literario, que se falla este miércoles y dotado con un millón de euros, se declarara desierto y que en posteriores ediciones se ofreciera solo una cifra modesta o simbólica para ser un galardón de prestigio

Las querencias del editor Enrique Murillo

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Querida Rosa Montero, queridos miembros del jurado del Premio Aena de Narrativa:

Yo diría que el Premio Aena nace muerto. En su vana esperanza de convertirse en el homólogo hispánico del Goncourt o el Booker, comete el error inicial de dar una bolsa de un millón de euros, lo cual, aparte de una horterada muy de nuestro país, impide sustancialmente esa comparación ya que esos otros dos premios cuyo prestigio se mantiene o crece a lo largo de los años tienen el uno una bolsa igual a cero, y el otro de unas 50.000 libras esterlinas, muy modesta cantidad si comparamos con su imitación.

Pero como es un premio que no lo paga una editorial, sino una empresa semipública, y tiene controles aceptables para evitar el amiguismo y el enemiguismo, o la simple comercialidad de nuestros sobreabundantes premios, merecería perdurar.

Me dirijo públicamente a todos vosotros para que no olvidéis esta modesta proposición que voy a haceros. Sobre todo, durante las deliberaciones en torno a cuál debiera ser el ganador del susodicho premio en esta, su primera edición. Rosa, Pilar, José Carlos y demás amigos del jurado: apelo a vuestra inteligencia literaria, a vuestro conocimiento del escurridizo concepto de “prestigio”, y os pido que me leáis con el corazón y con el cerebro, todo a la vez.

Hablo muy en serio.

Y para salvarlo de sí mismo, vuestra decisión tiene la sartén por el mango. Dejad desierto el premio, y el señor Lucena, que preside la empresa que lo organiza y lo paga, tal vez quiera someter a una reflexión el punto más negativo de su reglamento. El disparate del millón de euros, una copia transparente del premio Planeta y, por tanto, un elemento que impide e impedirá que se constituya en un premio prestigioso.

Repito: ¿estamos seguros, estamos convencidos de que dotar el premio con una cantidad simbólica o, cuando menos, modesta, no sería infinitamente mejor de cara a su prestigio, que la horterada de la cifra millonaria con la que se ha convocado el de Aena?

Salvar este premio en su primera edición, y para todo su futuro, está en vuestras manos. Bastará con que este miércoles votéis mayoritariamente en blanco.

Porque si lo que se pretende es fomentar la lectura, la idea de equiparar el premio Aena con el premio Planeta en cuanto a la suma ofrecida al autor del libro finalmente elegido, supone condenar la novela premiada y su autor al ridículo, sobre todo a ojos de esa pequeña secta que constituye en España los que leen de verdad.

Si lo que se pretende es honrar la marca Aena, y hacer algo equivalente en cuanto a honor y gloria literarios a lo que hacen en Francia el Prix Goncourt o en Gran Bretaña e Irlanda el Booker Prize, el camino elegido es justamente el contrario del indicado para tal fin.

Recordemos: en esos premios, el dinero es o bien nulo o una cantidad mucho más baja. Recordemos, también, que en esos dos países se lee mucho. Quiero decir que la gente lee un libro a la semana, naturalmente que en edición de bolsillo y libros generalmente de poca complejidad técnica.

En España, la encuesta que hacen el ministerio de Cultura y la Federación de gremios sitúa en un 70%, más o menos, la cantidad de españoles que son “lectores frecuentes”. No dudo de la verdad del dato. Pero solo cuando me fijé en la definición que del lector frecuente hace el encuestador. Ni más ni menos que un libro cada tres meses. Sí, he escrito meses. Es decir, lo que en cualquier otro país del área civilizada serían lectores extremadamente infrecuentes.

El presidente y consejero delegado de Aena, Maurici Lucena, durante la presentación de resultados

El presidente y consejero delegado de Aena, Maurici Lucena, durante la presentación de resultados Europa Press

En nuestro país, tan afecto a las loterías, a la consagración de los ganadores del Gordo de la lotería de Navidad o la Primitiva de la semana (sea cual sea su periodicidad, que ni la sé ni me importa), lo del millón hará que la gente en general identifique al ganador como un afortunado al que le ha tocado la lotería de Aena.

Así, lo del prestigio va a ser imposible. Es más, aunque regalen treinta mil ejemplares de ganador y finalista, eso no va a generar miles de lectores nuevos, precisamente. Las cosas no van así. Empiezan, por ejemplo, en la escuela. Retirando por completo las tablets y volviendo a los libros. E impidiendo que los libros escolares sean jueguecitos y todo eso, como si los niños no supieran leer y no supieran qué quieren leer o aprender.

Si bien ese montón de dinero dará titulares, y resolverá de por vida la situación económica de uno de los finalistas (los leo a todos, y son todos muy buenos narradores, y encima hay al menos dos que son amigos míos), creo que no mejorará nuestros índices de lectura. En absoluto. Eso está fuera de toda duda. Ni el Planeta ni el ciudad de lo que sea ni las docenas de premios que se dan en España han mejorado en los últimos setenta años los índices reales de lectura.

Pensad, respetados miembros del jurado, por un solo instante.

¿Qué hace más por la difusión de la cultura, el fogonazo del premio, que finalmente equipara el esfuerzo del escritor con (por repetir el ejemplo) la chiripa de quien compra un décimo del número al que le toca el gordo de la lotería, o el trabajo callado de Aníbal Cristobo, el recientemente fallecido editor de Kriller 71, que quiso “operar una mínima intervención” en el mundo de la poesía traducida al español, por definirlo con sus palabras?

Sabéis que Kriller71 (un sello que tal vez esté ahora en fase de desaparición, y ojalá me equivoque y otro héroe de la pequeña edición tome el relevo de Aníbal), a su callada manera ha hecho más por la lectura de los lectores de verdad que todas las alharacas de los premios que a docenas, a cientos, proliferan en nuestras tierras. Incluyendo ése para el que habéis aceptado formar parte del jurado.

El crítico literario Ignacio Echevarría

El crítico literario Ignacio Echevarría PENGUIN RANDOM HOUSE

Por cierto, amigos, ¿no os ha llamado mucho la atención que los cinco finalistas hayan sido publicados por sellos muy grandes y financieramente bien dotados? ¿En serio que ningún pequeño editor ha publicado ni una sola obra de narrativa que merezca estar ahí? De haber podido contribuir a la selección, hay al menos un libro (me refiero a los Cuentos atados a la pata de un lobo de Angélica Liddell, sí, esa brutalidad) que yo hubiese pedido que estuviera ahí, en vuestra discusión de esta tarde. Seguro que hay muchos más, pero todos ellos publicados por grandes editoriales diminutas como Malas Tierras, Las Afueras, Delirio, La uña rota, Barret y así sucesivamente...

El caso de Chirbes

Tenemos demasiados premios por metro cuadrado, lo decía Ignacio Echevarría hace una semana. Y la mayoría de esos premios los crean empresas de la edición, un hecho casi inédito en otros países europeos. Aquí nos creemos que hay premios comerciales, que tienen truco, y premios “literarios” que no lo tienen.

En fin, dejemos a un lado los cuentos de hadas, y consultemos el primer volumen de los diarios de Rafael Chirbes (página 204), publicados por Anagrama, y leamos lo que dice que hizo con él el editor de esa casa tan prestigiosa cuando un día le ofrecía el premio Herralde por Mimoun, y otro día le decía que sería solo finalista… Como todos recordaréis, ese año no ganó esa novela suya, su primera y magnífica nouvelle, sino una obra de otro escritor.

Os pido que lo penséis muy bien, queridos miembros del jurado. Salvad el premio Aena, declaradlo desierto. A lo mejor así se toman los organizadores la molestia de darle una vueltecita al asunto del millón, y salimos casi todos ganando. Todos, menos el autor, pero incluso también esa persona, mirándolo bien.