La historia de los griegos, por Farruqo

La historia de los griegos, por Farruqo FARRUQO

Letras

La Grecia de Pausanias que deslumbró a Byron en el ‘Atlas mitológico’ de Pedro Olalla

Sentir la emoción del empeño en la recolección de la carga cultural de Grecia, siguiendo un tiempo sepultado ya en el siglo primero de nuestro calendario. Algo así confiesa haber sentido Pedro Olalla en la confección definitiva de 'Atlas mitológico de Grecia'

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El explorador siente el silencio profético de Delfos, el santuario de la Antigüedad, en el que busca el “conócete a ti mismo” y escucha el rumor de la fuente de Castalia, donde Apolo recupera el resuello tras bajar del Monte Parnaso. Su mesa de trabajo es la imagen caótica de una cartografía imposible en la que el explorador trata de penetrar en el corazón del enigma.

Cada caso es un nuevo misterio. Así lo entendió Lord Byron al viajar hasta Cabo Sunión siguiendo el rastro de Pausanias, el geógrafo de la Antigüedad (c.110-180), cuya única obra, Descripción de Grecia, le sirvió de guía al poeta británico para alcanzar el promontorio emergiendo altivo sobre el golfo Sarónico y las islas.

Con la hoja de su navaja, Byron cinceló el nombre del corógrafo en una de las columnas del templo de Poseidón, dios del mar y los terremotos. En la biblioteca del Trinity College de Cambridge, el sexto barón de Byron había leído a Hesíodo, Píndaro o al mismo Ovidio, pero su inspiración toponímica y mitológica procede de Pausanias, el gran explorador de la Hélade.

Pausanias, nacido en Asia Menor y contemporáneo de Marco Aurelio, describe las regiones centrales y meridionales del continente griego con gran minuciosidad, explicando no sólo los edificios, las obras de arte, las ágoras de las ciudades que visita, sino que además relata las hazañas de sus habitantes, cuenta la historia del lugar, marcada por los héroes y sus dioses.

Portada del libro de Olalla

Portada del libro de Olalla

Los diez libros que constituyen Descripción de Grecia se exponen como una periégesis, o un “recorrido guiado” que no valoraron sus contemporáneos y que, durante siglos, durmió, conservado en legajos, en la biblioteca florentina de los Medici.

No deben olvidarse las descripciones exactas de Pausanias, traducidas al inglés y pistas del arqueólogo Heinrich Schliemann que descubrió Troya, en 1864, partiendo de la lectura de Homero. Schliemann mostró al mundo los escenarios reales de la Ilíada extendidos por todo el Peloponeso.

Es fácil recordar a la más hermosa de las divinidades helénicas, Afrodita, “surgida de la espuma del mar, señora del mirto, la rosa, las conchas, las palomas, los cisnes y los gorriones”.

Pero no es tan agradable enterarse de que ella, dueña del amor y del deseo, nació de los testículos de Urano, un dios antipático que inspira el nombre de un planeta más allá del cinturón de asteroides. Lo mismo ocurre con Rea y Crono, hermanos y consortes, cuando caemos en la cuenta de que fue el mismo Crono quien arrojó al mar los genitales de su padre.

Hay otros ejemplos más digeribles, como el de Deméter, diosa de la fertilidad, felizmente casada con un hijo de Zeus, en el oráculo de Patras y refugiada en la Cueva de Melena, descrita por Pausanias en su relato sin fin en el que se expone la eclosión de la vida y el agostamiento de la muerte.

Rebelión contra Zeus

La liturgia de Deméter tenía lugar en Samotracia, la isla en la que se celebraban grandes ceremonias en honor de la diosa. En otra isla, Samos, el mismo narrador latino, que escribía en griego, cuenta que sus habitantes sostenían el santuario de Hera, cerca del monte Cocigio, donde “Zeus, utilizando la forma de cuco, consigue refugiarse en el regazo de su hermana Hera y yacen juntos, envueltos en una nube áurea”, que la misma diosa dispersa cada año en Nauplia, donde recupera su virginidad antes de perderla de nuevo.

Cuando se casan, la pareja recibe “las famosas manzanas del Jardín de las Hespérides”. Pero la rivalidad se renueva cuando Hera alienta una rebelión contra Zeus en la que participan Poseidón y Atenea; y, finalmente, la nereida Tetis libera al mayor dios en el mismo Olimpo.

La historia interminable recorre cientos de rincones hoy todavía desconocidos o apenas connotados por la exploración permanente de los orígenes de la civilización occidental.

Recorrer la esencia de la geografía de los clásicos; sus miles de interminables historias. Sentir la emoción del empeño en la recolección de la carga cultural de Grecia, siguiendo un tiempo sepultado ya en el siglo primero de nuestro calendario. Algo así confiesa haber sentido Pedro Olalla en la confección definitiva de Atlas mitológico de Grecia (Eclecta Editorial), una obra narrativa, no enciclopédica, pero sí muy extensa, cuya primera edición, mucho menos extensa, data de 2003, tras recorrer Grecia en un furgón de segunda mano convertido en autocaravana.

Olalla, helenista afincado en Atenas y ganador del premio Artes y Letras de la Academia griega, saca de la entraña de la tierra los restos soterrados de las creaciones de los humanos, en honor de los dioses, en los lugares recónditos que solo alcanzan a interpretar los muy iniciados.

Rescata cuevas perdidas en llanos insondables o en montes sin aparente memoria que conservan la huella de los mitos sobre sus piedras anónimas y oscuras.

A su paso, resuenan las voces de Homero y Hesíodo, los lamentos de Agamenón o el grito de los Argonautas. Olalla visita a pie los lugares sagrados, une la excavación con el genio del lugar; recorre Atenas, Dafne, Peracora, Eleusis, Argos o Nauplia; llega a la cueva del león de Nemea, aquella fiera que Heracles doblegó en el primero de sus trabajos; vincula la precisión histórica con la narración maravillosa, situada fuera del tiempo.

Su Atlas es el resumen de una unión de contrarios sobre el mito prometeico ensalzado en el ochocientos por tres románticos inigualables: el lírico Percy Shelley, el frágil John Keats y el huracán Byron, fallecido en Mesolongi, puerta del Golfo de Corinto, durante la guerra contra los turcos.

La isla de Nemea

Algunos de los genuinos románticos alemanes siguieron también la senda de Pausanias para incorporar a su arte la inspiración mitológica. Especialmente Hölderlin, uno de los poetas verdaderamente enormes de la lírica alemana, vate puro de sólida formación religiosa, cuya elevada semiótica comparte el mérito con Himnos a la noche de Novalis.

“Zeus, dios del cielo y del Olimpo, padre de dioses y héroes, señor de la luz, del rayo y los meteoros, morador del roble y portador del cetro y del águila”.

Después de Sunion, el atlas atraviesa la isla de Nemea, el ninfeo de Poseidón, grutas y oquedades labradas por el mar. Llega hasta Salamina, el reino de Ayax Telamonio, el valeroso guerrero en las murallas de Troya, fortalecido por la piel de león con la que lo recubre Heracles para hacerlo invulnerable.

Lucha junto al inexpugnable Aquiles, príncipe de Ftía, bañado al nacer en Estigia, la corriente de agua que le hace casi inmortal.

El ciclo es imposible además de inmaterial; un Atlas de casi 700 páginas lleno de mapas, rutas mágicas, superhombres y mitos alcanzables dominados por dioses quebradizos a la tentación de la tierra.