'La literatura en España'
Panorama de las narrativas de la 'Nueva España' (1990-2025)
La novela española condensa los sucesivos cambios que ha vivido el país en las tres pasadas décadas, desde el hedonismo juvenil de los 90 al presunto retorno de la literatura política después de las protestas del 15M, sin olvidar nunca la Guerra Civil, interpretada ahora con los estrechos límites de la memoria histórica
En el prólogo de sus Páginas escogidas (Editorial Calleja, 1917) el gran Baroja, que conocía de sobra el paño con el que se vende el género de la literatura, declaraba, con ese brutal sentido común propio del realismo que a tantos les parecería ahora una absoluta impertinencia, que “una novela larga, se diga lo que se diga, siempre será una sucesión de novelas cortas”. Lo trascendente en la literatura de ficción, a juicio del hombre malo de Itzea, misántropo y provocador, no son los episodios, sino la continuidad narrativa que tiene un relato. La sucesión –el fluir natural del cuento, por así decirlo– importa bastante más que el fogonazo de un simple instante.
En la historia de la novela de estos últimos treinta años, desde la década de los noventa hasta el presente, se suceden diversas tendencias, escuelas y escritores que exploran unas veces, y otras sencillamente sugieren, los profundos cambios sociales de estos decenios pasados. Se puede, pues, hacer una lectura sociológica, sin circunscribirse únicamente al criterio (maestro) de calidad literaria, sobre la evolución –que en nuestro caso se aceleró durante mucho tiempo hasta que este impulso de partida cesó y se convirtió en un retroceso– de la narrativa de la Nueva España que empieza con los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla y llega hasta las dos primeras décadas del siglo XXI.
Este marco temporal se presta a una lectura simbólica. No tanto por los dos citados eventos, sino porque a comienzos de la última década de la pasada centuria –cuyo pasado sigue condicionando nuestro presente– la sociedad española pudo contemplar, asombrada e incrédula, cómo en los diez años que se extienden desde el 23-F hasta 1992, coincidentes con los primeros gobiernos socialistas, el país parecía haber dejado atrás para siempre su endémica maldición –el enfrentamiento intestino, una invariante histórica en el XIX y buena parte del siglo XX– y vislumbraba por fin el viejo anhelo de Ortega y Gasset: la homologación social y cultural con Europa. ¿Era un espejismo colectivo? ¿La impresión de unión (en la diversidad) y de concordia entre españoles era una novela verosímil? ¿O se trataba quizás de una impresión subjetiva, amplificada por motivos políticos desde las instituciones? Hay, por supuesto, opiniones para todos los gustos. Pero lo cierto es que, si no era verdad lo que se escenificaba, lo parecía.
'La poesía'
En términos culturales, la España de los ochenta, antecedente de la narrativa posterior, se vivió como una época fundacional. El final de la dictadura y la inmediata ley para la reforma política, la obra colectiva de la Transición, favorecieron la idea de que se podía –y se debía– crear una literatura de nueva planta, alejada de los antecedentes previos y espejo de una España en libertad. El fenómeno, por supuesto, no era ajeno a los afanes políticos –que incentivaron esta operación de hacer tabula rasa con toda la tradición narrativa nacida durante la posguerra y cultivada en los años del desarrollismo– pero también respondía a otros objetivos.
En primer lugar estaba el interés editorial: con las libertades políticas nacieron nuevos sellos, en paralelo a la modernización de la prensa, que dejó de estar sometida a la censura, y los grandes grupos editoriales (véase el caso de Planeta) asumieron que era conveniente abrirse a propuestas diferentes sin abandonar por completo aquellas obras que procedían del paradigma cultural anterior. Fue este contexto social el que favoreció el nacimiento de una narrativa que huía con deleite de su tradición –al menos en sus aspectos más epidérmicos– y exploraba otras fórmulas foráneas, desde las mejores literaturas europeas a aquellas escritas en lenguas menos familiares, con indudable preferencia por el inglés.
La voracidad del cambio obedecía a un factor de índole generacional –los aspirantes a escritores ansiaban la misma visibilidad de sus mayores– pero, como efecto de la ley del péndulo, también confundió la modernidad con lo que no siempre lo era. Parte importante de la narrativa española previa, aunque escrita en una España sin libertad, ya había abierto con decisión caminos y vetas creativas distintos. La Nueva Narrativa española –una etiqueta creada por Enrique Murillo, editor y periodista que en aquellos años trabajaba en Anagrama, el sello que, junto a Tusquets y a Seix Barral, empezó a incorporar –por motivos comerciales, más que literarios– a su catálogo a los autores emergentes, no supuso ninguna revolución. Pronto degeneró en una reiteración de las mismas fórmulas narrativas y en una inevitable uniformidad. Ningún catecismo acepta la originalidad. La desmemoria literaria, por sí sola, no es garantía del progreso creativo.
El editor y crítico literario Ignacio Echevarría, en Sevilla
Como en su día explicase Ignacio Echevarría, la parodia del vanguardismo y la reformulación realista (visible en la aparición de novelas urbanas frente a narraciones ubicadas en un marco rural) no significaba renovación. Sencillamente se usaba un odre nuevo para guardar un vino antiguo. Claro que desde el punto de vista sociológico, al margen de los méritos artísticos, esta narrativa sí acabaría teniendo una repercusión importante. Inauguró la era de la hegemonía del mercado (editorial) sobre la esencia de la propia literatura. Una relación siempre conflictiva.
Los narradores de los comienzos de la democracia, en su mayoría con más voluntad de protagonismo que capacidad y ambición, desterraron el conflicto social de sus libros. Preferían entretener y vender ejemplares. Nada tiene pues de extraño que en los noventa las novelas que lograsen mayor repercusión (extraliteraria) fueran Historias del Kronen (Finalista del Premio Nadal de 1994) de José Ángel Mañas, y Lo peor de todo (1992) y Héroes (1993), de Ray Loriga. Dos autores madrileños, nacidos en los estertores del franquismo, que venían a representar –o al menos eso parecía en determinados despachos– nuevas voces alejadas de la tradición ibérica y voluntariamente próximas a la órbita de la angloesfera.
Mañas, que terminaría pasándose a la novela histórica en un devenir que tiene algo de irónico, después de estirar la baraka de su debut con tres narraciones con ambientación similar –Mensaka (1995), Ciudad rayada (1998) y La pella (2008)–, explota el nihilismo hedonista de la juventud pija de los noventa, alérgica a cualquier compromiso político –al contrario que sus progenitores– y cuya únicas utopías eran los desbarres y los excesos tóxicos nocturnos. Loriga dibujaba estampas generacionales de desesperanza y alienación protagonizadas por una juventud emocionalmente confusa y escasamente reivindicativa. Sus novelas estaban escritas con un estilo corto, directo y lacónico, más habitual en la tradición norteamericana que trabajado por la escuela española, y usaban la música –la banda sonora de aquel momento– como un elemento narrativo más.
En esta literatura no hay rastro de épica ni aparece el idealismo adolescente de sus antecesores. Es una gran nube de hastío –reformulación del spleen finisecular–, vulgaridad y desarraigo. Son libros llenos de silencios, escenas breves y una atmósfera donde el tiempo siempre está suspendido. La España optimista de los noventa, en la que la música (amateur) de la Nueva Ola rindió sus armas tras el nacimiento de la cultura indie (donde la profesionalización incluía cantar en inglés, además de saber tocar los instrumentos), tenía su lado oscuro. Pero nadie pasaba hambre ni tampoco se ahogaba por la falta de libertad. Todo lo contrario: los conflictos de los novelistas españoles eran ya los de una sociedad con un cierto grado de abundancia material y consecuencia estricta de sus excesos individuales. La sanción moral había desaparecido por completo del cuadro literario.
'Historias del Kronen'
En paralelo, algunos escritores de la posguerra entonaban el canto del cisne. El ocaso de la socialdemocracia, que a mediados de los noventa se consumó con la salida del poder del PSOE, rodeado de graves escándalos de corrupción, y el posterior triunfo de una derecha democrática (en absoluto ajena al mal uso de caudales públicos) es la materia de El socialista sentimental (Planeta, 2000) una novela de Francisco Umbral donde se hace un balance (autobiográfico) de la España de Felipe González. Umbral había novelado diez años antes la superlativa muerte del penúltimo alcalde socialista de Madrid –Y Tierno Galván ascendió a los cielos (Seix Barral, 1990)–, preludio de una decadencia política que no era ajena, igual que la figura del viejo profesor, al arte de la impostura.
En la segunda mitad de la década hubo un boom de la novela histórica, con El capitán Alatriste, de Arturo Pérez Reverte, como mascarón de proa de una literatura que se enorgullecía (a su manera) de la España del Siglo de Oro, pero no sería hasta comienzos del siglo XXI, con el retorno del PSOE a la Moncloa, cuando comenzaría a visibilizarse una de las tendencias de fondo que mejor ilustran el cambio de valores de la sociedad española en relación a su pasado: las novelas que trabajan sobre la delicada materia de la memoria histórica. Paradójicamente, la interpretación a través de la ficción de la Guerra Civil, una constante literaria desde los años de la contienda, ha dejado más huella en la narrativa de los últimos veinte años que los atentados terroristas del 11-M.
Las muertes en los trenes de Madrid apenas si tuvieron traslación literaria. Títulos como La vida antes de marzo, el debut como novelista del cineasta Manuel Gutiérrez Aragón (Anagrama, 2009); El corrector, de Menéndez Salmón o La piedra en el corazón, de Luis Mateo Díez, donde el atentado de Atocha es un elemento ambiental, son algunos de estos escasos intentos, sin demasiada fortuna, por llevar a la ficción la novedad de que España ya era, debido al apoyo de Aznar a la guerra de Irak, objetivo del terrorismo islamista.
'Las armas y las letras'
La cuestión no deja de ser llamativa. Si en los años ochenta y noventa los novelistas españoles se inspiraron, aunque con décadas de retraso, en lo que pasaba fuera de sus fronteras, el primer decenio del presente siglo vio nacer un revisionismo (ficcional) que se convertiría en una duradera batalla cultural con la España del pretérito como escenario de su particular guerra. No se trataba de novelas con una enunciación abiertamente política –aunque sus pretensiones, en el caso de ciertos autores, como Almudena Grandes, sí lo fueran– sino de libros de apariencia realista, descriptiva. Si Andrés Trapiello, en su ineludible ensayo La armas y las letras (Planeta, 1994), había defendido que los escritores que ganaron la guerra perdieron los manuales de literatura (la posteridad es un concepto cuyo sentido ha cambiado tanto como España), el legado de la República, la Guerra Civil y las calamidades de la dictadura no han dejado –prácticamente hasta el presente– de ser una fértil materia novelesca, acaso por aquello que dejara escrito Montaigne: “Nada graba tan fijamente en nuestra memoria alguna cosa como el deseo de olvidarla”.
La prueba es que desde Los girasoles ciegos (Anagrama, 2004), notable libro de relatos de Alberto Méndez, hasta La península de las casas vacías (Siruela, 2025), de David Uclés, que pretende renovar la visión tradicional de la contienda recurriendo al realismo mágico, pasando por ¡Otra maldita novela sobre la Guerra Civil! (Seix Barral, 2007), del sevillano Isaac Rosa, que ya abordó este mismo asunto en El vano ayer (2004), novela ganadora del Premio Rómulo Gallegos, la interpretación –y en ciertos casos la manipulación– de los años bélicos, la posguerra y el franquismo ha sido constante. La diferencia con respecto a las visiones narrativas más cercanas en el tiempo al conflicto –escritas por protagonistas de la contienda o autores que padecieron en primera persona sus sangrientas consecuencias– es que los autores del presente trabajan sólo a través de la exégesis, la selección de los recuerdos ajenos o, en el caso de los más rigurosos, con la documentación histórica disponible, en vez de hacerlo desde la experiencia personal. Es un cambio de visión importante.
Sus novelas, en ciertos casos, no se limitan a interpretar los hechos del pasado. Proponen narrativas instrumentales donde la complejidad y la ambigüedad, dos atributos de cualquier narración artística, desaparecen o pasan a ser secundarios en favor de otros fines: el sentimentalismo, la libre expresión del rencor y, a veces, el descubrimiento de que hay hechos inamovibles e irremediables, con independencia de que nadie se oponga a las reparaciones simbólicas. Son éstos libros que buscan influir en el presente mediante una evocación (sesgada) del pretérito y que, para cumplir con sus deseos, fuerzan la invención para discutir la Historia. Un procedimiento lícito en términos literarios pero que también es señal de otro evento sociológico: la reconciliación que trajo la Transición ha dejado de ser valorada –o lo es de forma muy distinta– por los nietos de quienes conocieron la guerra y vivieron la dictadura.
'Castillos de fuego'
Entre las obras más destacadas sobre la posguerra está Castillos de fuego (Seix Barral, 2023), de Ignacio Martínez de Pisón, un escritor cuya carrera encarna el viraje de algunos de los autores de la Nueva Narrativa, que empezaron mimetizándose con los modelos extranjeros y haciendo pastiches –El invierno en Lisboa (Seix Barral, 1987)– para regresar, después de un largo excurso, a las novelas de asunto español. Otro hito es Santander, 1936 (Anagrama. 2023), un libro de Álvaro Pombo que cuestiona, a través de un relato de iniciación, la supuesta pureza de los dos bandos (igualmente extremistas) que causaron el conflicto.
Muñoz Molina se ha movido en un territorio intermedio. Escribió sobre la Guerra Civil –La noche de los tiempos (Seix Barral, 2009)– pero antes procedió a la revisión de la memoria desde una perspectiva íntima en El jinete polaco (Premio Planeta 1991). Javier Cercas, tanto en la exitosa Soldados de Salamina (Tusquets, 2001) como en Anatomía de un instante (Mondadori, 2009), una novela sobre el golpe de Estado del 23F, prefiere una óptica donde la invención se confunde (puede que incluso demasiado) con el relato factual. El escritor extremeño hará años después una especie de autoenmienda en El impostor, obra que, aunque se refiere a la figura de Enric Marco y a los presos de los campos de concentración nazis, en cierto sentido alerta sobre los riesgos de la sacralización de la memoria: dar por válidos (en términos reales) elementos ficcionales.
Distinta es la apuesta de Me piden que regrese (Destino, 2024), de Andrés Trapiello, una historia de amor situada en el Madrid de los años 40 que huye de la versión maniquea de la posguerra y recurre a personajes de los dos bandos para evidenciar que la verdadera complejidad de la Historia desmiente el simplismo del revisionismo. El ocaso del terrorismo de ETA, que dejó de matar en 2011, después de haberse cobrado casi mil víctimas, también ha sido objeto de exploración de los novelistas españoles. Bien como telón de fondo o recurso ambiental –en el caso de Tomás Nevinson (Alfaguara, 2021), la última novela de Javier Marías– bien como nudo narrativo principal. Así aparece en Patria (Tusquets, 2016), un libro donde Fernando Aramburu recrea el totalitarismo vasco contando la historia de una familia, en un ejercicio de memoria diferente al oficial, para el que la Guerra Civil parece estar mucho más próxima al presente –quedando en realidad cada vez más lejos en el tiempo– que el terrorismo abertzale.
El escritor Javier Marías
Al margen de la violencia y las lecturas políticas, una serie de narradores han trabajado con talento el campo de la memoria personal, recreando su pasado sin hablar de la Guerra Civil. Esta es la nota mayor de novelas como Ordesa (Alfaguara, 2018), de Manuel Vilas; la pareja de libros que forman Tiempo de vida y Los ilusionistas (Anagrama; 2010, 2025), de Marcos Giralt Torrente, o en No entres dócilmente en esa noche quieta (Seix Barral, 2020), de Ricardo Menéndez Salmón. Tres de estas cuatro narraciones son elegías dedicadas a la figura del padre, mientras que en Los ilusionistas la memoria íntima se extiende al clan familiar. Son títulos que ponen de relieve otro cambio social en España: la tormentosa relación con el pretérito, ya sea con un abordaje colectivo o subjetivo.
La otra gran tendencia es el interés por la novela sociológica, identitaria o directamente política, aunque con resultados discutibles desde el punto de vista artístico. Son planteamientos que permiten tratamientos dispares. Acaso el autor más poderoso de esta estirpe sea Rafael Chirbes, que ya había abordado la posguerra en La larga marcha (Anagrama, 2014) y después ejecutó una sinfonía narrativa –con los grandes movimientos de Crematorio y En la Orilla (ambas en Anagrama)– sobre la España de la corrupción y la especulación salvaje, causantes de la crisis económica que supuso la gigantesca burbuja inmobiliaria que degeneraría en catástrofe financiera. El 2008 fue el año del gran descarrilamiento. El instante exacto en el que la visión de España acerca de sí misma, vigente desde los años noventa, se quiebra. A partir de entonces el ciclo –no podemos decir que virtuoso, pero claramente positivo en relación a la dictadura– se detiene.
Los valores de la sociedad española cambian de forma súbita porque, con otro ropaje, regresan algunos de los fantasmas del pasado. También cambia su narrativa, que se bifurca, siempre con las debidas excepciones, en dos grandes corrientes. Por un lado, la novela de vocación política, que ahora se formula sin que importe demasiado la calidad literaria, en base a parámetros ideológicos e identitarios posmodernos. Por otro, la crónica generacional acerca de la precariedad laboral y la ausencia de expectativas reales de progreso, sobre todo entre las generaciones más jóvenes.
Los diarios de Rafael Chirbes
Aparecen también, con más influencia social que nunca, muchas novelas escritas por mujeres o abiertamente feministas, cuyas autoras –es el caso de Marta Sanz, Elvira Navarro o Sara Mesa, entre otras muchas– resucitan, obviamente con los parámetros de su tiempo, una corriente literaria que parecía estar agotada ya en los años ochenta. Este resurgimiento señala otra inversión de valores que se tradujo muy pronto en términos de mercado. Las mujeres leen más que los hombres y esto explica el viraje en los asuntos y referentes editoriales. Este fenómeno no nace de la nada.
Belén Gopegui, una de las escritoras más destacadas de la novela social desde los noventa, siempre enfocó sus obras con una perspectiva política. Desde Lo real (Anagrama, 2001), donde narra la historia de Edmundo Gómez Risco, arquetipo de un hombre rebelde, a Te siguen (Random House, 2025), su última obra, en la que trata los mecanismos de control e inducción ideológicos del universo digital. Su narrativa no prescinde de la indagación formal, como tampoco lo hace Isaac Rosa, que en La mano invisible (Seix Barral, 2011) retrató los cambios en el mundo del trabajo a través de los trabajadores manuales, sucesores de los antiguos jornaleros agrarios, en la era de la mecanización capitalista.
El fenómeno adquiere sin embargo un perfil diferente, más generacional, tras las protestas del 15M. Hay quien, como el profesor David Becerra, siguiendo la línea abierta por Julio Rodríguez Puértolas en su célebre –y discutida– Historia social de la literatura española (Castalia, 1978), postula en su ensayo Después del acontecimiento (Bellaterra, 2021) la impugnación de “los intelectuales del 78” y enuncia –se diría que hasta con entusiasmo– un retorno a la literatura política. No necesariamente en narrativa, que es el campo de estudio de otros ensayos sobre la novela escritos en los últimos años, entre los cuales merecen mencionarse las aportaciones de Fernando Valls –La realidad inventada. Análisis crítico de la novela española actual (Crítica, 2003)– o José María Pozuelo Yvancos –Ventanas de la ficción. Narrativa hispánica, siglos XX y XXI (Península 2004)–. Conviene, no obstante, trazar una firme línea de seguridad y diferenciar las novelas de Chirbes o Gopegui, incluso las de Rafael Reig, que no descuidan lo literario, de otras muchas que son concebidas únicamente como meros actos de denuncia.
Belén Gopegui
La distinción no es banal. Más que política, lo que algunos añoran es una literatura que rescate el superado realismo social. Las vías para conseguirlo serían el activismo literario, el populismo narrativo y la lectura de la sociedad en función de identidades como el sexo, el origen o la filosofía woke. Todas son fórmulas que contribuyen a la polarización social. Esto es: al pasado del que veníamos huyendo. Nada –excepto los actores– distingue la vieja censura de la cancelación. De ahí que sea más necesario que nunca entender que la tradición no consiste en replicar el pasado, sino en aprovechar sus enseñanzas literarias para poder comprender el presente.
En literatura el modo es tan importante como el asunto. Ninguna de estas novelas inspiradas en el 15M, aquella réplica ingenua del sesentayochismo cuyas proclamas traicionaron sus propios clérigos, ha tenido excesiva fortuna. Los cambios sociales influyen e inspiran a los novelistas, pero esta génesis no hace que un libro sea necesariamente literatura ni tampoco logra convertirlo de forma automática en el reflejo (artístico) de la Nueva España que acaba de dejar atrás el primer cuarto de un siglo al que todavía le restan cuatro más para extinguirse, igual que hace el sol cada día.
–––––––––––––––––––––––
[Este ensayo de Carlos Mármol, Coordinador Editorial de Letra Global, es la introducción al monográfico del noveno número en papel de la revista cultural de Crónica Global, dedicado a los cambios sociales y a la cultura española durante las últimas tres décadas. Más información aquí ].