La editorial Lumen ha tenido el detalle de exhumar la novela de Ken Greenhall (Detroit, 1928 – 2014) Elizabeth, tal vez para tener un detalle con los lectores de literatura fantástica, inquietante y un pelín perversa que tan poco material de nuestro peculiar gusto encontramos en las librerías españolas. Por el mismo precio, se rescata a un autor muy interesante del que no habíamos oído hablar (por lo menos, yo). Un autor que se tomó su tiempo para arrancar (publicó su primera novela, Elizabeth, a los 48 años), pero que, una vez cogida carrerilla, dio a luz otras seis antes de despedirse de este mundo cruel del que lo que más le interpelaba era lo paranormal.
La juventud del señor Greenhall no suena muy estimulante: paso por la universidad, por el ejército, traslado a Nueva York, trabajos entre discretos, alimenticios y simplemente aburridos (The Encyclopedia Americana y The New Columbia Encyclopedia), vida sentimental discreta, esporádica o inexistente…Así hasta que un día se pilló una excedencia de su labor enciclopédica y escribió Elizabeth bajo el seudónimo de Jessica Hamilton, que era el nombre de soltera de su madre.
Portada del libro de Ken Greenhall
Elizabeth cuenta la extraña historia de la muchacha del mismo nombre y de catorce años de edad, quien considera que el paso de los trece a los catorce la ha convertido en una genuina mujer. Elizabeth cree ser la descendiente de una estirpe de brujas como las de Salem, carece de sentimientos tales como la empatía, la sinceridad o la capacidad de amar, y se dedica exclusivamente a servirse de su físico para manipular a los demás y acceder a un sexo frío y mecánico con el que ya se siente a gusto, no entendiendo por qué la gente se empeña en enamorarse.
Bruja quemada
Tras el ahogamiento de sus padres en aguas extremadamente plácidas (ella cree haber propiciado la catástrofe), nuestra querida niña acaba en la casa de su abuela en Manhattan, a dos pasos del río Hudson, donde también habitan el hermano de su padre, James (con el que fornica sin dejar de despreciarlo), la mujer de este, Katherine (a la que también atrae), el hijo de ambos, Keith (coleccionista de serpientes), su preceptora, la señorita Barton (que también bebe los vientos por ella) y Frances, una presencia en el espejo que remite a una bruja quemada siglos atrás… Vamos, que la niña es como Terence Stamp en la película de Pier Paolo Pasolini Teorema.
Estamos ante un cuento cruel, una historia gótica ambientada en la Nueva York de 1976, el mismo año en que se estrena Taxi driver y solo tres años después de El exorcista, dos de las mejores rarezas de aquel nuevo Hollywood que no duró mucho, pero fue bueno mientras duró. Elizabeth es también una rareza, una novela que va por libre y que no refleja en lo más mínimo la vida en el Manhattan de los años 70. No les cuento más cosas para no incurrir en el spoiler, pero todo lo que ocurre en ella es extraño, anacrónico y profundamente perverso, aunque la historia esté narrada por la propia Elizabeth, siempre capaz de teñir de aparente inocencia las cosas que dice y hace.
El estilo del señor Greenhall hace que la novela se devore a gran velocidad y te deje con ganas de leer sus siguientes libros. ¿Se publicarán entre nosotros si este primero funciona mínimamente bien?
Por si acaso, creo que me haré con los originales en inglés, que prometen lo suyo (si es que no han sido descatalogados): Hell Hound (1977, narrado por un perro con muy malas pulgas y llevado al cine por el francés Jerome Boivin en 1989 bajo el título de Baxter y con el guion escrito a medias con Jacques Audiard, mucho antes de que éste se volviera tonto y rodara la indigesta Emilia Sánchez), Childgrave (1981), The companion (1988), Death Chain (1991) y Lenoir (1998), cuyas tramas, que les voy a ahorrar, parecen incidir en algunos de los aspectos menos bondadosos de la humanidad y, por consiguiente, más del agrado del maltratado lector de literatura fantástica, misteriosa y paranormal.
Nada me gusta más que descubrir a un autor y tragarme del tirón todo lo que ha escrito. ¡Gracias, Lumen! Seguiremos informando. O no.
