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Es autor de novelas tan destacadas como El peso de vivir en la tierra, con la que obtuvo el V Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, u Olegaroy, gracias a la cual fue reconocido con el Premio Xavier Villaurrutia y elIberoamericano de Novela Elena Poniatowska. Ahora, con su nueva novela, El ejército ciego, el escritor mexicano David Toscana ha sido reconocido con el Premio Alfaguara. Autor singular y difícil de emparejar, gran lector de los clásicos y devoto de Cervantes, Toscana nos cuenta la historia de unos solados búlgaros que, tomados como prisioneros por los bizantinos. El emperador Basilio decidió castigarles sacándoles los ojos. El zar de Bulgaria, al ver regresar quince mil soldados ciegos, no pudo hacer frente a la situación y murió a los pocos días. La novela plantea una reflexión sobre la mirada, sobre de qué manera no ver despierta el potencial de la imaginación.

En El ejército ciego, como en algunas de sus novelas anteriores, encontramos una reflexión sobre la literatura y la imaginación, en este caso a partir de la idea de la ausencia de vista.

Cuando leemos una novela, de algún modo, no acudimos a los ojos. La vista nos hace ver las palabras, pero las palabras las podemos escuchar e incluso tocar, como hacen los ciegos a través del Braille. Entonces, no acudimos al ojo cuando tenemos delante una novela, acudimos, por el contrario, a la imaginación, al entendimiento, a la sensibilidad. Estos son los llamados que nos hace la literatura. Al respecto, Chéjov tiene un personaje que dice que cuando alguien lee un clásico y no se comunica con él el problema no está en el texto, sino en el lector, al que -dice el personaje- le falta vida. Estoy de acuerdo en el sentido de que la literatura nos exige ser buenos lectores; una buena novela lo es cuando tiene buenos lectores.

Hay una escena en su libro en la que el patriarca se suma a los ciegos que están en un espectáculo de malabarismo. Cierra los ojos y, al final, es el que más aplaude un espectáculo... que no ve.

En esta escena, que me alegra que menciones, se plantea precisamente el ejercicio de recreación que se lleva a cabo con la imaginación. Se ve también en la escena en la que los ciegos van corriendo al bosque porque se les han infectado las cuencas de los ojos. Entonces, uno comenta: los que lo vieron, vieron lo mismo, mientras que los que no lo vimos, pudimos recrearlo de muchas maneras distintas. De lo que se trata es de preguntarse hasta qué punto el ojo, en tanto que es el órgano que nos permite ver nos regala algunas cosas y, al mismo tiempo, limita nuestra percepción de otras.

David Toscana YOLANDA CARDO

De hecho, leemos: “¿De qué sirve tanto tuerto si con un ojo ven todos lo mismo y relatan la misma cosa?”.

A la hora de escribir una novela uno puede escribirla de puertas abiertas o de puertas cerradas, como suelo decir yo. A mí me gusta narrar de puertas cerradas, es decir, narrar sin contarlo todo. Me gusta que el lector imagine aquello que está pasando detrás de la puerta. Si como autor te abro las puertas y las ventanas y lo enseño todo entonces lo que consigo es que todos lean la misma novela, porque no tendrán que imaginar nada. Novelas como Pedro Páramo, que no nos cuenta todo, que solo nos da intuiciones, hacen posible que cada lector perciba e interprete cosas distintas.

Su novela comienza con una cita de Ioannis Skylitzes que nos hace pensar, precisamente, en relación con la vista, a la literatura oral; es decir, a la literatura contada en voz alta, no leída individualmente.

La cita de Skylitzes proviene de un texto escrito que se conserva en la Biblioteca Nacional: Sinopsis de la historia. Escrito en torno al año mil, está acompañado de ilustraciones muy bellas. Pero es cierto lo que comentas en cuanto a que este cronista le contaron la historia que relata. De hecho, él mismo hace patente en el texto que lo que narra es algo que le contaron. Es decir, que la historia que narra tiene su origen en un testimonio oral. 

'El ejército ciego'. ALFAGUARA

El ejército ciego está ambientada en el año mil. ¿Por qué esta predilección suya de ambientar las novelas en el pasado?

Porque a mí, como escritor, lo que me mueve a pasarme dos y tres años trabajando en un proyecto es la posibilidad de descubrir cosas nuevas y que no conocía. Esta es la primera razón por la cual no he escrito ninguna novela ambientada en la contemporaneidad. Me gusta mirar atrás y sorprenderme y apasionarme con los hallazgos. Cuando comencé a escribir El ejército ciego sabía muy poco acerca de Bulgaria y de los bizantinos; a medida que investigaba me fui entusiasmando. Leí mucho, investigué mucho, siendo consciente de que, sin embargo, toda la información y el conocimiento que estaba adquiriendo no lo podía compartir dentro de la novela. De hacerlo, la novela hubiera tenido dos mil páginas. Uno de los peligros que corren ciertos autores es tratar de convertirse en historiadores, pero hay que saber, como novelista, que probablemente descubrirás hechos y datos fascinantes, pero que no puedes incluirlos porque no encajan en la novela. Yo estudié, por ejemplo, la estrategia militar de la época, cómo eran las armas…pero no podía contarlo todo en la novela, por muy fascinante que pudiera ser.

¿Lo más complicado para un escritor es saber qué sobra?

Siempre he dicho que la mejor amiga de los escritores no es la tinta. Es la tijera. Los textos son como ruedas de una bicicleta, en el sentido en que puedes ponerle muchos rayos, pero, en realidad, funciona con solo tres. Como escritor tienes que preguntarte qué tanto le puedes sacar a la novela y que siga siendo sólida y funcional.  Esta cuestión me lleva en los antiguos griegos,en buena medida mis maestros: para ellos era muy importante la concreción y diría que en parte es porque escribían sobre pergamino, un material caro y difícil de encontrar. No podían tirar palabras de más.

De todas formas, usted dedicó una novela, El peso de vivir en la tierra, a los escritores rusos, que no son precisamente de pocas palabras.

Cierto y parece que me contradiga. Sin embargo, para mí el gran escritor ruso es Chéjov, que es el más conciso, breve y concentrado de todos.

David Toscana YOLANDA CARDO

Pensando en su último trabajo, pero también en El peso de vivir en la tierra, ¿el pasado histórico en literatura puede leerse como alegoría del presente?

Sí, sobre todo cuando las novelas no tienen una agenda muy particular sobre el presente. Solo así se pueden leer una vez tras otra. Si hablamos de los rusos, hicieron una novela del realismo socialista cuyo objetivo era dirigirse directamente a la gente de aquel momento para transmitir eslóganes; por esto, hoy esa literatura nos dice muy poco. Sin embargo, los que trabajaron con elementos más clásicos, sin una agenda particular, tratando de ver al ser humano, de descubrir la belleza, de encontrar elementos poéticos o de indagar en las emociones, han perdurado.  Hoy leemos a Homero y nos sigue hablando. Leemos a los clásicos del siglo XIX y nos siguen hablando. Hoy se escribe mucha literatura, pero ¿cuántas obras tienen esta solidez que les permite sobrevivir el tiempo?

En El peso de vivir en la tierra, nos hablaba de cómo la literatura incomoda al poder. Aquí lo hace sobre cómo los soldados que vuelven de la guerra son un problema para ese mismo poder.

Los historiadores apenas tienen datos de su historia porque no se escribió nada acerca de estos ciegos. De hecho, una vez que regresan, y se muere el zar Samuel, ya no encontramos testimonios y lo único que nos queda es especular en torno a lo que pudo haber pasado. Lo que está claro es que el emperador Basilio prefirió mandar al zar Samuel quince mil ciegos antes que quince mil cadáveres. Sabía que quince mil ciegos era una carga mucho más pesada. Y no es exagerado pensar que, sobre todo tras la muerte del zar, la gran pregunta fue qué hacer con todos ellos.

Esta historia me hace pensar en las consecuencias políticas y sociales que tuvo en su momento en regreso a Estados Unidos de los soldados que fueron a la guerra de Vietnam.

El caso que comentas es particularmente trágico, porque estos solados regresaron a Estados Unidos heridos, no como héroes. Además, volvieron de una guerra que no interesaba a nadie. Se supone que en torno al año 1000 el hecho de participar en una guerra tenía todavía un halo de heroicidad, ante todo porque prácticamente todos los hombres iban a la guerra y, aunque derrotados, al menos se les concedía el valor de la heroicidad. 

La guerra, visto el contexto actual, sigue enamorando a los hombres.

Sí, aunque si leemos con atención la literatura griega nos daremos cuenta de que hay siempre un elemento antibélico; la guerra no es buena, nos dicen los griegos, recordándonos que, mientras en la paz los hijos entierran a los padres, en guerra los padres entierran a sus hijos. Al mismo tiempo nos dicen que la guerra tiene algo de heroico. Sócrates era famoso porque peleó en tres batallas y lo hizo heroicamente. No era una excepción. Entonces la guerra era algo cotidiano, todos combatían.

La guerra era tan cotidiana como la muerte. 

Sí, para nosotros, aparentemente, lo más importante es prolongar la vida. Sin embargo, la enseñanza que nos transmiten los griegos es que es mucho más digna una vida corta y heroica que otra larga y sin lustre.

'El peso de vivir en la tierra'

Hablamos de héroes, pero su novela trata sobre todo de las víctimas anónimas.

Cuando uno lee todas las crónicas de aquella época se da cuenta de que los soldados aparecen como una simple cifra. Piensa que en torno al año 1000, que es cuando tiene lugar mi novela, había batallas donde se mataban a veinte mil personas o había veinte mil empalamientos; los cadáveres se acumulaban y no se recuerda ni el nombre de cada uno de ellos. En las novelas de la Primera Guerra Mundial empezamos a encontrarnos el individuo con arma, osado o atemorizado, que lucha desde la trinchera. Lo que la historia no nos ha legado, nos lo lega la literatura. 

Su literatura, y esta última novela no es menos, se define por el humor.

Para mí el humor es un estado natural a la hora de contar una historia. Siempre he pensado que incluso cuando nos ocurre algo malo, en el momento de contarlo, añadimos un toque de humor. Es necesario, pero no para el acontecimiento en sí mismo, sino para el relato del acontecimiento; al menos, lo es para mí. Y cuando hablo de humor no me refiero al humor del pastelazo, sino a aquel que nace del uso de las palabras y de la forma de contar. Un humor irónico. Obviamente, la ironía tiene que ver con el temperamento del escritor. De todas maneras, diría que en literatura hay dos cosas que son particularmente difíciles de manejar: el humor y el erotismo. A mí el erotismo no se me da bien y, como habrás notado, en mis novelas no hay momentos de erotismo. El humor, en cambio, se me da mejor.

El humor y la ironía también son herramientas críticas.

Yo me siento heredero de los moneros, que en México son quienes hacen cartones [caricaturistas] para la prensa. Es una tradición que se remonta al siglo XIX y tiene que ver con presentar una tragedia o algo desagradable desde el humor. Porque siempre hay la posibilidad de recurrir al humor, aunque no todos los autores lo hagan. La literatura griega separaba la tragedia de la comedia, pero la literatura moderna tiende a la mezcla. De hecho, ya lo hacía Shakespeare, al que se le criticó la escena del cementerio en Hamlet, al considerarse chambona y ridícula.

Hablando de humor: ¿El Quijote es un referente para usted?

El Quijote es mi padre. Siempre he tratado de tenerlo presente. Tiene elementos tragicómicos muy interesantes, puesto que con una misma escena te puedes reír o emocionar. Me gusta esa cuerda floja del humor en la que se mueve Cervantes, una cuerda que, evidentemente, depende mucho de cómo narra el autor, pero también del temperamento del lector, que puede inclinarse hacia lo cómico o hacia lo trágico en un mismo pasaje.  

David Toscana YOLANDA CARDO

Escuchándole hablar queda claro que usted es, ante todo, es un gran lector.

Un escritor tiene que ser un lector incisivo. Yo me defino como un mal lector, pero buen relector. Releo y releo: El Quijote lo he leído varias veces, a los griegos regreso continuamente y los clásicos rusos los he releído también. Tengo muchos autores a los que acudo una y otra vez y, como todo se convierte en una competencia con el tiempo, hace que haya muchas cosas que no he leído. Sin embargo, soy seguidor de Plinio, que decía que hay que leer mucho, pero no hay que leer muchas cosas. Cuando leí esta frase decidí hacerle caso: leer mucho, pero no muchas cosas. 

Y lee sobre todo a los clásicos.

Sí, porque si quieres ser escritor necesitas a los mejores maestros. Nunca quise llegar a la literatura creyendo descubrir el hilo negro. Son muchos los autores que tienen cosas que enseñarme y estos autores los he encontrado, por lo general, en el pasado, si bien, obviamente, hay obras contemporáneas que son fascinantes. 

Se percibe que es usted también lector de poesía

Sí, lo soy, aunque debo decir que mis maestros del ritmo son los clásicos del Siglo de Oro y, especialmente, su teatro. Me gusta leerlo en voz alta, porque tiene mucha poesía, pero también usa una forma de narrar y dialogar que, como novelista, me parece interesante. Cuando lo leo en voz alta no solo aprendo cuestiones sobre ritmo, sino que me siento el mejor actor del mundo.