Teo Camino

Teo Camino SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

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Teo Camino Rodés: "Mi padre hizo siempre las películas que quiso hacer"

El periodista publica Aunque ya no me leas (Funambulista), un libro de memorias centrado en la figura de su progenitor, uno de los cineastas claves de Barcelona

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Aunque ya no me leas (Funambulista) es un libro de Teo Camino Rodés dedicado a su padre, el director de cine Jaime Camino, autor de películas como Las largas vacaciones del 36 y de documentales como Los niños de Rusia. Entremezclando ficción y no ficción, recurriendo a escritos de su progenitor y a sus propios recuerdos, Camino Rodés traza un retrato de la figura paterna, a la que va descubriendo paulatinamente a medida que desembala sus papeles del apartamento familiar de la calle Balmes.

“Me he convertido en un marchante de arte y de actividades, un sacador de secretos y un pésimo telefonista que va regalando pedazos de ti”, escribe. Supongo que no debió ser fácil adentrarse en la vida de su padre, incluso en esa parte de su existencia de la que usted no formó parte.

Fue un momento difícil. Soy hijo único, así que me enfrenté solo a ese apartamento donde estaban todos sus recuerdos, el mismo apartamento en el que él había nacido en 1936. Allí había vivido su familia; luego, vivió solo. Era su campamento base, donde fue acumulando muchísimas cosas. Por ejemplo, había una habitación que estaba repleta de cuadros apoyados uno encima de otro. En ese apartamento fui descubriendo papeles personales, íntimos, cientos de cartas enviadas por sus amigos que me han servido para retratar a mi padre a través de la mirada de los otros. 

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Teo Camino SIMÓN SÁNCHEZ

Su padre murió en 2015.

Exacto. Lo primero que hice fue seleccionar todo aquello que quería quedarme, principalmente documentación familiar. Cedí parte de su archivo a la Filmoteca de Cataluña. En 2023 pedí una excedencia de cinco meses porque me di cuenta de que necesitaba tiempo para estudiar el material que tenía en mis manos y para escribir. Hasta entonces había escrito solo la primera parte, cuya redacción, de todas maneras, me llevó mucho tiempo, pues empecé en 2018. Esos meses fueron claves porque había muchísima documentación por analizar; recuerdo encontrarme con cuatro o cinco carpetas a rebosar de cartas. Aquellos cinco meses fueron esenciales para la escritura del libro y fueron bonitos porque descubrí esa vida de mi padre anterior a mí. 

¿La escritura siempre acompañó a su padre?

Siempre. Desde muy temprana edad. Lo que más admiro de él es esa capacidad y esa voluntad por mantener una correspondencia con sus amigos, siendo ya un adolescente. Es sorprendente ver la riqueza de vocabulario que tenían. Mi abuelo murió cuando mi padre tenía once años. En ese momento se encerró en cierta manera en el mundo de los libros y del cine. Tras la muerte de mi abuelo, mi padre vivió con su madre, pero rodeado de silencio. Se encerró en la música, en los libros y en el cine. Solía ir a buscar siempre los libros más criticados, en parte porque estos libros, prohibidos en el contexto franquista, le permitían refugiarse en ellos. Mi padre pronto se dio cuenta de que el arte era un lugar de refugio, más aún bajo una dictadura. 

Él vivió toda la dictadura.

Cierto. Mi padre nace en 1936, el mismo año en el que los nacionales vaciaron la casa de sus vecinos, pero sin encontrarle, porque ya se había ido. De la República solo supo lo que le habían contado: la conoció a través de los relatos de su abuela y su madre, pero no la vivió en persona; por esto parece idolatrarla. El origen de su familia es modesto; mis abuelos empezaron a trabajar muy jovencitos, a los catorce años, pero consiguen progresar social y económicamente.

Teo Camino

Teo Camino FUNAMBULISTA

Hay un momento en el que su padre anota que todos sus personajes están en un lugar y luego se van. ¿Algo de autobiografía en ello?

Sin duda. Mi padre nace en Barcelona, pero enseguida su familia se traslada a Gelida, donde tenían una casa de veraneo. En teoría van por unos meses, pero pasan ahí toda la guerra. Mi padre, además, tenía un punto viajero, nómada. Si bien siempre conservó su campamento base en la calle Balmes, vivió en muchos sitios; quizás esta era su manera de no echar raíces. Quizás este rechazo a permanecer en un lugar tenía que ver con el contexto bélico en el que nació, con su infancia, o con la pérdida prematura de su padre. 

Sin embargo, su padre echa raíces a través de la memoria: los recuerdos lo anclan. 

Totalmente. Volvemos así a la escritura, a su necesidad de dejar constancia de ese mundo que se ha ido. Mi padre era un nostálgico y yo creo que he heredado también este sentimiento. El ejercicio de rememorar, de recordar, para él era algo esencial, si bien, al mismo tiempo, como explico en el libro, tenía conflictos con respecto al recuerdo de su padre. Rememoraba momentos, pero era muy pequeño cuando falleció, así que sus recuerdos más bien se basan en los relatos de su madre y de su abuela. Lo mismo pasa con la guerra y la primera posguerra: era muy pequeño, ¿hasta qué punto podía recordar? ¿Hasta qué punto sus recuerdos no eran sino los relatos de los demás? Pero es a través de estos relatos que tiene constancia del pasado, de ahí la importancia que tuvo para él la escritura y las narraciones sobre el pasado.

El cine no fue su primera inquietud laboral.

No, antes intentó ser pianista, pero fue un fracaso. Estudió Derecho, como tantos otros de su generación que, luego, se dedicaron al arte. De su generación nadie estudió cine. Todos eran autodidactas. Empezó trabajando en un despacho de abogados, pero rápidamente vio que aquello no era lo suyo. Ese periodo de su vida está poco documentado, pero es entonces cuando descubre que escribir y, luego poner imágenes a lo escrito, era un ejercicio fascinante. Pero no sé cómo llega hasta ahí, quizás por los libros o por ver tantas películas. Lo que sí sé es que descubre ese mundo y termina dedicando toda su vida al cine.  

Anna María Iglesia y Teo Camino

Anna María Iglesia y Teo Camino SIMÓN SÁNCHEZ

No le gustaba que lo considerasen un cineasta de la memoria.

A él le gustaba ir a contracorriente. Está claro que seis de sus trece películas giran en torno a la Guerra Civil, pero el resto nada tienen que ver con este tema. Sus otras siete películas no abordan el conflicto bélico; de ahí su rechazo a que le pusieran una etiqueta. En este rechazo había un cierto espíritu rebelde. Lo que es incuestionable es que nunca pudo olvidarse de lo vivido en su infancia y juventud. En una de sus anotaciones escribe que ha visto más la cara de Franco que la cara de su padre. Esas circunstancias debieron permanecer en su memoria e hicieron que dejase constancia de lo sucedido durante la guerra y después. De ahí que apostara, a través del cine, por narrar distintos episodios de relevancia entre los años 1936 y 1939, pero desde distintos puntos de vista porque, cuando has nacido en un ambiente como aquel, es imprescindible contarlo para que no vuelva a suceder.  

En 1977 fue un pionero al hablar sobre la guerra.

Cierto. El otro día me contaba Lola Larumbe [dueña de la librería Alberti de Madrid ] que aquellos últimos años setenta no fueron fáciles. La librería sufrió ataques fascistas entre 1975 y 1976, lo que les obligó a tener apostado un coche de la policía. La librería estaba muy vinculada a Alberti y los cofundadores eran próximos al Partido Comunista. Mi padre fue el primer director que hizo que un actor interpretase a Franco en la pantalla. Independientemente de si sus películas gustan más o menos, Dragon rapide o La vieja memoria, entre otras, son obras claves en la historia del cine español.

También fue unos de los primeros en abordar la historia de los niños españoles que crecieron en Rusia.

Si lo piensas bien es increíble. Sorprende ver que hasta 2001, que es cuando estrena Los niños de Rusia, no se hubiera tratado a fondo esta cuestión. Es un hecho desgarrador. Me cuesta entender cómo, a lo largo de estos años de democracia, los distintos gobiernos han mirado para otro lado. Ni tan siquiera han intentado repatriar los restos de quienes se quedaron ahí, en Rusia, y nunca volvieron. Se calcula que fueron 3.000 niños los que permanecieron en Rusia, pero es un tema que todavía falta por aclarar. Por eso estoy muy contento de que el 12 de junio el documental Los niños de Rusia vaya a proyectarse en la Filmoteca de España. Para mí esta es una película especial y particularmente emotiva: mi padre tuvo tres primos que, provenientes del País Vasco, fueron enviados siendo jovencitos a Rusia. Lo que me sorprende es que, con esta historia familiar, mi padre tardara tanto en llevar a cabo este proyecto. De hecho, comienza con él cuando ya tiene 56 años. Es el último documental que hace. 

Hizo documentales y películas de ficción, ¿en qué género se sentía más cómodo?

Siempre lo elogiaron por sus documentales, La vieja memoria y Los niños de Rusia, pero presumía de las ficciones que había rodado. Iba a contracorriente. Estaba muy orgulloso de El largo invierno, que, para mí, es una película bonita y amena y que tuvo éxito de crítica. Sin embargo, con Luces y sombras tenía sentimientos encontrados porque consideraba que el público no la había terminado de entender.

Teo Camino

Teo Camino SIMÓN SÁNCHEZ

Usted la define como su película más autobiográfica.

La vi de jovencito y la volví a ver una vez que mi padre falleció. Esa segunda vez me sorprendió ver cómo en los gestos y en la personalidad del protagonista, que, además, se llama Teo, había elementos de mi padre.

En su gesto de dejarle a usted cartas se percibe su miedo a morir precozmente.

Mi padre pensaba que se iba a ir del mundo antes de tiempo, que no me vería crecer. Era su gran temor: tenía miedo morir joven, como su padre, su hermano, su sobrino Paco… tenía miedo de seguir su camino y perpetuar la maldición de los Camino. Sobre esto escribe cuando le diagnostican el primer cáncer; al curarse, respira aliviado, cree haber esquivado esa maldición familiar, pero, por miedo a no esquivarla, me dejó escritas dos cartas, una para cuando tuviera dieciséis años y otra para cuando cumpliera dieciocho. Pudo habérmelas entregado en su momento, pero no lo hizo. Eso sí, las guardó en un buen sitio para que yo pudiera encontrarlas el día de mañana, cuando ya no estuviera. 

Su padre mantuvo una estrecha amistad con Juan Marsé, a quien nunca le gustaron las adaptaciones cinematográficas de sus novelas.

Sí y tenían un proyecto que, sin embargo, no pudieron llevar a cabo. Con Marsé tenía una muy buena amistad, así como con Jaime Gil de Biedma, pero a este yo no lo llegué a conocer. Sí recuerdo a Marsé, recuerdo ir a su casa y también que venía muchas veces a comer a la nuestra. Recuerdo esas sobremesas en las que Marsé, Juan José Barreneche y mi padre jugaban a ver quién recordaba más frases de películas. Entre sus amistades estaba también Román Gubern, una persona clave, puesto que con él escribió la mayoría de sus guiones, aunque para mi padre escribir implicaba estar en soledad. Recuerdo verlo escribir y aislarse.

¿Tienes imágenes de él en los rodajes?

Tampoco tantas. Cuando rodó Luces y sombras yo acababa de nacer, así que el recuerdo que puedo tener es a través de las fotos en las que aparezco en sus brazos, pero ya está. Cuando rodó El largo invierno yo tenía cinco años, así que me quedan pocos recuerdos de aquellos días. En 2001 se fue a rodar a Cuba y a Rusia, así que lo vi poco. Lo recuerdo principalmente haciendo llamadas, lo recuerdo al teléfono tratando de sacar adelante sus proyectos. Y recuerdo también verle a hablar por teléfono con Vittorio Gassman; él había sido el protagonista de El largo invierno y recuerdo que, a veces, incluso después de la película, hablaban por teléfono. 

'Aunque ya no me leas'

'Aunque ya no me leas' FUNAMBULISTA

¿Qué películas le gustaban a Jaime Camino?

Nunca lo he contado: fue al cine a ver Torrente 1 y salió alucinado; le pareció una película rompedora, provocativa. Recuerdo que me dijo que fuera a verla porque valía la pena y era un experimento curiosísimo. Aparte de esto, le gustaba el cine clásico de Hollywood, el neorrealismo y la Nouvelle vague. Mi padre no era alguien que le hiciera feos a nada; es cierto que, en los últimos años, cuando íbamos al cine, había muchas las películas que le aburrían, pero seguramente debido a todo el cine que había visto desde niño. No tenía ningún director fetiche, aunque admiraba a Billy Wilder y a Fellini, pero no era un iconoclasta. Se dejaba influir un poco por todo. 

Imagino que despertaría en usted el amor por el cine.

Empecé de niño, viendo a Buster Keaton, Chaplin y a los clásicos del cine mudo. Mi padre siempre me pedía que le escribiese cartas y postales. Los fines de semana que estábamos juntos hacíamos dictados, me llevaba a exposiciones y al cine. En casa también me ponía películas, algunas de las cuales no terminaba de entender. Él quería enseñarme muchas cosas, pero lo hacía con tacto, nunca fue asfixiante. Mi aprendizaje fue muy paulatino. 

¿Sintió el reconocimiento del mundo del cine?

Tenía muy buenos amigos en el mundo del cine. Quizás echó un poco en falta que algunas de sus películas no hubieran sido mejor acogidas por parte de la crítica; había críticos a los que nunca mencionaba pero también tenía amistad con otros , especialmente con Lluís Bonet Mojica. De todas maneras, nunca lo oí quejarse por falta de reconocimiento. Hizo siempre las películas que quiso hacer.