Samuel Beckett
Samuel Beckett: las elipsis y los destellos de los últimos días
Ediciones del Subsuelo publica la sugerente y original evocación de André Bernold sobre su amistad crepuscular con el escritor, dramaturgo y premio Nobel irlandés
“Sólo los tontos tienen muchas amistades. Tener gran número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez”, escribió, fiel a su encantadora misantropía, el gran Baroja, el hombre malo de Itzea. Las verdades indiscutibles de la vida, como ésta, suelen ser desagradables y acostumbran a tener mala prensa. Sobre todo en estos tiempos en los que la bondad se tiene por una obligación marcial y el odio –ese sentimiento tan humano– ha pasado a considerarse un delito gravísimo. Ahora hay que ser bueno por decreto, del mismo modo que uno no puede limitarse a (sobre)vivir, sino que debe disfrutar de la vida. Entre los dogmas de la ola de buenismo que nos rodea figura la sacralización de la (falsa) amistad, que antaño era un ritual celebratorio, jocundo y venerable que solía festejarse con alcohol, tabaco y, a menudo, soltando la lengua.
A nadie ahora se le ocurriría tener un amigo y quedar con él para no hablar. Y, sin embargo, el indicio más sólido de la verdadera fraternidad consiste en estar con otra persona y no necesitar decirle nada. Es una costumbre que siempre han practicado algunos británicos, educados en la discreción y con el envidiable buen gusto de no contarle a los demás, ni bajo amenaza de muerte, su más estricta intimidad. El silencio en compañía es el gesto más alto de respeto y de aprecio que existe. El escritor Samuel Beckett y el poeta, traductor y ensayista André Bernold mantuvieron esta clase de relación hace cuarenta años. Quedaban y no siempre se hablaban. A veces musitaban cosas. Otras se hacían gestos. Muchas veces no se decían nada, igual que los personajes teatrales de Beckett, atrapados en mitad de la nada y anclados en el vacío.
Samuel Beckett
El dramaturgo irlandés, premio Nobel, vivía en la década de los años ochenta en París. Apuraba la última década de su vida, antes de que un enfisema y un parkinson le recluyeran en un sanatorio. Tenía 83 años y era un mito absoluto: padre del teatro del absurdo, genio del vanguardismo, artista del minimalismo. Una criatura rara y elegante. Inolvidable. Sus devotos espiaban el portal de su apartamento (una modesta vivienda del Boulevard Saint-Jacques) o rondaban por las calles adyacentes con la vana esperanza de contemplar, a una prudente distancia, fruto del respeto y también de cierto pánico, alguno de sus sosegados paseos. André Bernold, bibliófilo y un letraherido de libro, fue uno más de ellos, pero nunca pudo sospechar que un día, en una de sus incursiones a la caza de Beckett, el dramaturgo irlandés le regalaría su cortesía.
Se conocieron en un encuentro casual en un semáforo del distrito XIV y, con los libros como pretexto, empezaron una correspondencia que terminaría en encuentros regulares, siempre extraños. Tres años después de la muerte de Beckett –“No volvimos al Hotel Internacional, no buscamos otro [sitio], ya sólo quedó el teléfono, y luego el silencio definitivo”– Bernold escribió un breviario (cien escuetas páginas llenas de escenas fragmentarias, como los encuentros entre dos fantasmas) sobre estas citas. El libro se publicó en Francia en 1992 en el sello Éditions Hermann. La editorial barcelonesa Ediciones del Subsuelo acaba de traducirlo al español –Anne-Hélène Suárez Girard es quien firma la traslación– en una edición concebida para los fanáticos del irlandés, ya que se trata de un cuadro de orden impresionista y subjetivo, más que de una biografía al uso. Bernold intenta devolver a la vida al Beckett crepuscular a través de un retrato que tiene algo de cubista. Su evocación del escritor, sugerente y original, se aparta de la hagiografías y de las diatribas sobre su literatura.
Caricatura de Samuel Beckett
La amistad de Beckett (1979-1989), que es como se llama este volumen, donde se incluyen fotografías de John Minihan, nos habla de un hombre septuagenario, amabilísimo y cortés, con las manos llenas de hematomas, que salía de su casa con un zurrón vacío, que llegaba al lugar del encuentro “de perfil, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, sombra parda que a veces llevaba unas cartas o una bolsa de tela marrón, o una de plástico, o un macuto de color oliva (de alguna tienda de excedentes de ropa militar norteamericana o similar) en bandolera, bolsas en las que tan pronto, por lo general, no había nada, como había un lápiz y una hoja de papel, unos cuantos pañuelos del mismo material, los puros que me regalaba, muy de vez en cuando algún ejemplar del último aborto, como llamaba a veces a alguno de sus libros para, acto seguido, si se daba el caso, destacar la calidad de la impresión”.
Aquel sujeto, en su juventud, había sido secretario de James Joyce, el autor del Ulysses. Había jugado al ajedrez con Marcel Duchamp. Se había convertido en un dramaturgo críptico, autor de los libros más pesimistas del mundo, un vanguardista negro, un testigo irónico de la vida humana. Era premio Nobel. Pero nada de esto importaba. “Su maravillosa sencillez” –explica Bernold– “venía de su no ocuparse de nada, de su naturalidad en no ser nada, de abandonar a menudo su capacidad de concentración y dejarla errar ante sí, en un rincón de la mesa. Bastaba con acomodarse allí con él; sentías entonces que el vacío del momento, y también la alegría, que la alternancia de zonas grises y claras no eran sino dos aspectos de una misma actitud puesta de manifiesto, sobre todo, por el carácter extraño de su belleza. Porque era extraña. Se solía decir que se asemejaba a la del ave, a la del águila. Cierta vivacidad al girar, al bajar la cabeza, una manera de pasar sin transición de un estado a otro, todo ello contribuía, al igual que el famoso perfil, a rodear de espacio su apariencia”.
'La amistad de Becket'
Bernold no describe a un inmortal. Escribe sobre un individuo modesto y cercano que no se da importancia a sí mismo y que no parecía necesitar especialmente compañía. Los encuentros entre ambos nunca consistían en beber juntos o en conversar. “No debatimos, salvo brevemente”. Las citas se asemejaban a las puestas en escena de sus obras de teatro: gestos sin palabras, comentarios banales, una cierta austeridad expresiva. A veces una broma seca. Otras, ni eso. La amistad entre aquellos dos hombres parecía seguir un ritual: alguna confidencia de bibliófilo, un whisky compartido, alguna crueldad en carne propia, la generosidad con la que Beckett trataba a todos quienes se le acercaban para mostrarle su admiración.
El escritor irlandés parecía desmentir con su actitud la conducta de de sus personajes, excepto por su laconismo. ¿Por qué aquellos hombres se habían hecho amigos? Se diría que no existían motivos poderosos para que existiera un vínculo íntimo entre ellos. Beckett era una celebridad y Bernold un exalumno de Derrida y Deleuze. El puente entre ambos no llevaba a ningún destino. Su amistad no era finalista, sino desinteresada. No perseguían nada. No buscaban nada. Y no dejaría más fruto que los recuerdos compartidos entre ambos y este modesto libro que, ahora que ninguno de ellos camina ya en este mundo, nos descubre el secreto de la verdadera amistad, que es la que carece de motivos. “Esa sencillez, que casi sólo los grandes hombres se atreven a permitirse, y cuyo contraste muestra todo lo que tienen de extraordinario” (Fontenelle).