Recuerdo que en los tiempos en que Marisa Blanco dirigía el suplemento cultural de El País, Babelia, le reservaba cada semana la última página para publicar sus crónicas, rítmicas, poéticas, descoyuntadas, que me parecían algo extemporáneas del contexto de actualidad periodística, por más que evidenciaban que era un buen y muy original prosista. Esto me llevó a leer media docena de sus libros, de los que recuerdo especialmente En el culo del mundo y Esplendor de Portugal, testimonio y recreación deslumbrantes del horror y los efectos psicológicos de la guerra colonial en Angola, donde estuvo destacado como alférez médico, si no recuerdo mal. Es un autor no siempre de lectura fácil, pero tenemos también la suerte de que lo tradujese muy bien al español Antonio Sáez Delgado.
El escritor Lobo Antunes
Mi querido amigo Quito Leal me ha enviado esta crónica bellísima, y característica del estilo tan personal de Lobo Antunes, que circula por las redes en abierto, lo que supongo que me autoriza a traducirla y ofrecerla al lector de Letra Global, como homenaje e invitación a la lectura de las novelas. El lector reparará en la curiosa partición de las frases, en la simultaneidad de presente y recuerdo, en la simpatía. La crónica se titula Van Gogh y dice así:
“La cosa más bonita que he visto hasta hoy no fue un cuadro, ni un monumento, ni una ciudad, ni una mujer, ni la pastorcita de loza de mi abuela Eva cuando yo era pequeño, ni el mar, ni el tercer minuto de la aurora del que hablan los poetas: la cosa más bonita que he visto hasta hoy eran veinte mil hectáreas de girasoles en la Baixa do Cassanje, en Angola. Salíamos antes del amanecer y entonces, con la llegada de la luz, los girasoles alzaban la cabeza, todos a una, en dirección a levante, la tierra entera llena de grandes pestañas amarillas a ambos lados de la picada en una ocasión me acuerdo de una banda de mandriles en una ladera, quietos, observándonos. Después se cansaban de nosotros y desaparecían en la sombra de los tallos. La cosa más bonita que he visto hasta hoy fue Angola y, a pesar de la miseria y del horror de la guerra, sigo queriéndola con un amor que no se extingue. Me gusta el olor y me gusta la gente. Tal vez los momentos que tuve más próximos de aquello a lo que se llama felicidad me sucedieron cuando hacía un parto.
Yo resolvía los problemas que las mujeres o mi colega hechicero
Euá Kimbanda no eran capaces de solucionar; cuando terminaba salía de la casucha de la enfermería como si todavía llevase en las manos una vidita trémula y me sentía feliz. Los mangos, inmensos, restallaban sobre mi cabeza, el señor António espiaba desde la cantina. Es curioso: en las horas difíciles la memoria de la Baixa do Cassanje me ayuda. Recuerdo al soba de Macau
Euá Muata
y me digo a mí mismo:
— Tumama tgituamo
y me sereno. Si voy a la ventana apuesto a que, incluso en Lisboa, veinte mil hectáreas de girasoles hasta perder de vista, las pestañas rubias, los mandriles. La increíble belleza de las muchachas, su piel tan suave, la tía Teresa, gorda, enorme, que mandaba en una choza de putas en Marimba y sabía mucho más de nuestra condición que cualquier otra persona que he conocido.
— EUÁ TÍA Teresa
Euá liamba.
Conversaba con la tía Teresa a última hora de la tarde cuando me venían nostalgias de todo. A veces me endosaba a una de sus criadas:
nunca fui capaz de aceptar. Mandaba traer una palangana con agua, jabón, una toalla, y nos lavábamos ambos, solemnemente, la cara. Un día me entrega una lata de polvos de talco, con la idea de protegerme del mal de ojo. A lo mejor me protegió. Y, con las palmas del color de los pantalones, comíamos moamba juntos. Ella es el Kimbanda Kindele, es decir, el médico blanco. Yo, que tantas veces, en África, tuve vergüenza de serlo. Mi cuerpo tan desgraciado. Si apoyaba mi oído en un árbol no sabía, como la tía Teresa, quién venía.
Pero el soba Kaputo me invitó a ser padrino de su hijo, la mayor distinción que he recibido hasta hoy: por educación, nadie se burló de mi manera de bailar.
Una vieja, con la brasa del cigarro dentro de la boca, apretó mis dedos con sus dedos:
Y ya vieja
me aprieta los dedos otra vez: estoy escribiendo esto con una alegría grande, la misma con que los domingos por la mañana fumaba mutopa, pipa de calabaza, con los hombres, los oía hablar, jugaba con ellos a una especie de backgammon de piedrecitas mientras miraba una jaganda cruzar el río Cambo, bajo los murciélagos del crepúsculo, con los faroles de Chiquita a lo lejos.
Los girasoles agachaban la cabeza para poder dormir, los mochuelos volaban contra los faros del jeep, de camino a la hacienda de tabaco del señor Gaspar, con sus calaveras de hipopótamo. El señor Gaspar sonreía dentro del bigote.
Euá señor Gaspar.
Nos sentábamos en la veranda.
— Tumama tchituamo
y su mono, a gritos, haciendo tintinear la cadena: le daba miedo la oscuridad. Allí venía la palangana de agua, el jabón, la toalla. En medio de la miseria y del horror había momentos de un contento tan grande. Una paz de eternidad que no he vuelto a encontrar. Lo que más quiero en el mundo son los girasoles de la Baixa do Cassanje y yo caminando,
volando,
entre ellos.
— Euá vieja
vuelve a apretarme los dedos”.
