Existen tantas formas de morirse como clases posibles de difuntos. Cada nacimiento es un hecho único y, al mismo tiempo, similar. Ninguno de los que aún estamos vivos, y mucho menos los muertos, alcanza a recordarlo. Las despedidas, en cambio, son inequívocamente dispares. Las hay de toda clase y condición: súbitas, inmediatas, agonizantes, correosas, crueles y hasta premeditadas. Morirse puede ser un calvario o un descanso, pero el recuerdo de ese instante categórico nunca pertenece al protagonista. Es el patrimonio tormentoso de aquellos que le sobreviven.
Lo mejor que puede decirse de la muerte es que no deja ningún recuerdo en el cerebro de quien la espera o la sufre, aunque sus vísperas sean obsesivas, insomnes y tormentosas, incluso para los sabios estoicos, resignados a la irrupción de lo inevitable. El novelista británico Julian Barnes (1946) todavía está –por fortuna– entre nosotros, pero ya se prepara, como hacían los héroes antiguos, para la batalla final que consiste en cruzar al otro lado de la Estigia. Fiel a su educación –la tradición british, siempre discreta– ha decidido decir adiós a sus lectores con un libro –Despedidas (Anagrama)– que es una suerte de memorias conscientes del “principio del fin”, atravesada por una narración (simbólica), y con la voluntad de incurrir en un tercer género: el ensayo.
Julian Barnes (2019)
El libro es un prodigio de buen gusto: fabrica un motivo narrativo accesorio para lo que perfectamente podría haber sido –sin artificio de ninguna clase– una especie de cuaderno de postrimerías cuya coda es el agradecimiento (sincero) a sus lectores por haberle acompañado a lo largo del camino. Haber ido directamente al grano, la descripción íntima de cómo Barnes experimenta su vejez, ese momento en el cual el único futuro imaginable es la experiencia de la decrepitud, acaso hubiera sido demasiado rotundo.
Por eso el autor de El loro de Flaubert, cuyos libros acostumbran a usar recursos muy simples para disfrazar toda su carga de profundidad –y Despedidas no es, por supuesto, una excepción–, elige, tras un arranque al modo proustiano (una meditación sobre la memoria y sus fantasmagorías), y una parte final confesional (que es lo mejor del libro) intercalar, a modo de divertimento, la historia de dos amigos que fueron novios pasajeros durante sus años universitarios y, cuatro décadas después, tras vivir cada uno de ellos sus vidas por separado, se reencuentran y deciden casarse. Una historia con un principio y un final con una inmensa laguna en el medio.
'El loro de Flaubert'
La peripecia, que tiene un sentido alegórico, sirve a Barnes para huir de la gravedad de lo que en el fondo quiere contar: tiene un cáncer en la sangre –“incurable pero tratable”– se aproxima a los ochenta años, es otra persona tras la muerte de su esposa (la agente literaria Pat Kavanagh) y, aunque no pierde su sentido del humor, sabe que ya está en tiempo de descuento. ¿Abordar todo esto en crudo hubiera sido excesivamente duro? Probablemente, pero sobre todo hubiera sido una incoherencia: el escritor inglés siempre gustó de intercalar diversos géneros en busca de una naturalidad compositiva y retórica que haga accesibles sus libros.
Nunca ha sido un escritor efectista. Así que estas Despedidas, traducidas por Jaime Zulaika, cuyo título original en inglés juega con la ambigüedad entre el singular y el plural del término Departure(s), no podían ser una excepción a su trayectoria. Tanto más si se tiene en cuenta que su reflexión sobre la vejez, al modo de un viaje acerca de la identidad personal, sobre el proceso existencial de irse haciendo que demora toda nuestra vida y que, al cabo, termina deshaciéndose entre nuestras manos, se cierra con un adiós emocionante ante su público, los lectores.
Julian Barnes
“Terminar mi último libro en vida y después guardar silencio tiene al menos una consecuencia positiva: significa que no me interrumpirán en plena escritura. Es una forma de negarle potestad a la muerte. Aunque sea de un modo ínfimo, hay que reconocer”. Barnes elige una despedida humilde, sin épica, terrestre. Sabe muy bien que los muertos siempre son –en términos numéricos– muchos más que los vivos y que su recuerdo se reducirá a una mera colección de anécdotas (las que rememorarán aquellos que sobrevivan tras su desaparición) y a una estantería llena de libros. Eso es todo.
El novelista inglés admite, con sorna, que no entiende las ventajas del hecho de estar muerto –porque no existen– y, a pesar de su resignación, acepta que “la vida es una farsa con un final trágico o, como mucho, una comedia ligera con un final triste. O, como dijo aquel, una comedia para los que piensan, y una tragedia para los que sienten”. Es un final realista, sin grandes palabras, se diría que modesto. Y una actitud elegante ante la inevitabilidad de un final que todavía es ficción pero que, a medida que el tiempo se esfuma, cobra mayor grado de verosimilitud.
'Despedidas'
Con el ánimo de dilatar el momento en el que caerá el telón, Barnes, hace un exordio sobre la capacidad evocativa de los recuerdos, disfrazada de una disquisición sobre Proust, y usa la narración sobre el reencuentro de sus amigos de juventud (Jean y Stephen), ahora con una edad similar a la suya, como una manera de liberar la amargura del desvelamiento que implica la cierta decadencia de la vejez. El escritor británico, el más discreto de su generación, que es la de Martin Amis y Hitchens, Rushdie, Ishiguro o la editora Carmen Callil, no abandona por completo su habitual mirada humorística e irónica, pero esto no significa que el proceso de ir a menos sea una experiencia feliz.
No podría serlo: la vida es lo único que realmente conocemos y, como reza la Milonga de Juan Manuel Flores –letra de Jorge Luis Borges y música de Aníbal Troilo– “(…) me duele / decirle adiós a la vida, / esa cosa tan de siempre, / tan dulce y tan conocida”. Barnes no es poético. Su despedida es prosaica y, justamente por eso, emocionante. No recurre al viejo tópico del canto del cisne. Prefiere entonar su adiós como el au revoir de un hombre que sabe que lo que se extinguirá con su cuerpo son sus recuerdos, cuya existencia depende de su memoria, asunto que ya abordó en obras anteriores, como Nada que temer o El sentido de un final. Otro de los signos de la edad: la repetición ritual. La necesidad de un asidero.
'El ruido del tiempo'
La muerte es contemplada con una perspectiva narrativa: nosotros mismos somos los únicos que, igual que haría un narrador omnisciente tradicional, conocemos (aunque hasta cierto punto) todas las experiencias de nuestra vida –el recuerdo ajeno es inexacto y forzosamente azaroso–, de forma que con la extinción de este único testigo, a pesar de las reverberaciones ajenas, lo que acontece es el final de la obra de toda una vida. Un nudo sin desenlace. Un viaje sin destino. Envejecer es como un regreso a la semilla: se revive la infancia mientras los años intermedios –la época de la madurez– van poco a poco difuminándose.
Barnes, como buen novelista, no abdica de su oficio: ha preferido ser él quien ponga el punto y final a su propio relato, antes de que el tiempo lo alcance y cierre el libro de su existencia mediante un borrón o una elipsis. Gana así una batalla aunque la guerra esté definitivamente perdida. ¿La muerte? No es nada personal. “Tan sólo es el universo, haciendo lo suyo”.
