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Durante treinta años estuvo al frente de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, los últimos diez (hasta 2022) como director. Poeta, narrador, crítico literario y ensayista –es autor de Antonio Machado. Vida y pensamiento de un poeta–, Juan Malpartida acaba de publicar El mundo como ensayo (Acantilado)un libro muy personal que adopta la forma de un diccionario donde se analiza el mundo que nos rodea. No importan tanto las respuestas como las sugerentes, poéticas y eruditas reflexiones.

Desembalar la propia biblioteca, decía Walter Benjamin, es una forma de trazar el retrato y la biografía de uno mismo. Me da la impresión de que usted hace algo parecido al elegir las palabras y nombres de su libro e intentar definirlas.

El lector no debe acercarse al libro pensando que es un diccionario. No lo es. Si bien recurre a la forma de las entradas de un diccionario o de una enciclopedia el libro no solo quiere ofrecer una definición exigente de los términos y conceptos seleccionados, sino que avanza un poco a la deriva en cuanto a que una palabra remite a otra y revela la subjetividad de su autor.

En líneas generales, en los diccionarios, como en la ciencia, la subjetividad del autor está naturalmente fuera, pues uno no debe proyectar su sombra sobre las cosas sobre las que indaga.  Hay excepciones: cabe recordar que, en su Diccionario del uso del español, María Moliner, introdujo elementos subjetivos, definiciones que son curiosas, maravillosas y que dieron a ese diccionario una dimensión literaria que nos permite seguir leyéndolo hoy. En mi caso he utilizado la forma del abecedario como un juego o una posibilidad literaria: cada voz es, en alguna medida, un personaje. Algunos personajes tienen una aparición escénica breve y otros,más largas. Todos están ahí para construir este libro con una intención literaria. No es un libro para usar, sino para habitar.

Juan Malpartida para Letra Global SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

En la entrada dedicada al término ensayo explica que el título del libro tiene que ver con la voluntad de ensayar sobre un mismo.

Hace algunos años publiqué Mi vecino Montaigne, un libro en el que trataba de acercarme al escritor francés y acercarlo a mí. Esto es lo que uno debe hacer con los clásicos: no se trata solo de ir hacia ellos, sino de traerlos al presente para que estén vivos, pero no como arqueología. Tienen que vivir en el mismo tiempo que sus lectores. Montaigne afirma que escribe sus ensayos para sí mismo y, por tanto, cuando se remite a los clásicos latinos y griegos, lo que hace es acercarlos a su momento, a su reflexión y a su existencia. Montaigne se hace a sí mismo escribiendo. En mi opinión, todo creador, todo poeta o narrador, incluso algunos científicos, cuando piensan, cuando realizan sus obras, se están haciendo a ellos mismos. Incluso, en la ciencia hay elementos subjetivos: el amor al saber nace de la subjetividad, es un impulso del sujeto.

Caminar –escribe– es una forma de pensar. Y el término caminar lleva a pasear, que usted define no como la acción de ir de un lugar a otro, sino como el movimiento en sí mismo. ¿Este libro es una forma de paseo, es una forma de caminar?

Y es también una forma de dejar a un lado toda actitud de pretenciosidad. Yo no escribo tratados, no escribo filosofía, no trato de demostrar nada. Lo que intento es hacer mi propio camino, pero para hacerlo dialogo con los otros y con la tradición: Petrarca, Jung, Borges, Octavio Paz, también con el vecino, el panadero a quien compro el pan por las mañanas. Para mí, caminar es la metáfora más acertada para describir las tentativas de las voces de este libro, que, sí, es una forma de pasear.

En este caminar encontramos a Italo Calvino, Chesterton, Antonio Machado, Heidegger, Camus… ¿De qué manera fueron apareciendo estos nombres?

Son los autores que me encontré durante el año en que estuve escribiendo este libro. Aparecen citados escritores que han sido muy importantes para mí, algunos con voz propia y otros que no la tienen, como es el caso de Octavio Paz, al que le dediqué, sin embargo, un libro. Con voz propia aparecen Rousseau o Antonio Machado, que apareció un día, a lo largo del proceso de escritura, y decidí hacer una semblanza de su obra y de su actitud reflexiva y poética.

'El mundo como ensayo' ACANTILADO

El mundo como ensayo no es un libro que yo haya pergeñado previamente. Se ha hecho en el camino, mientras se escribía. No tenía ni un mapa ni seleccionadas las palabras. No lo escribí siguiendo un orden, aunque es cierto que empecé por la A, pero luego pasé a la Z y la escritura fue un ir y venir adelante y atrás, hasta que me di cuenta de que había llegado al final. Evidentemente, quedan muchas palabras y nombres fuera, pero sentía que el libro se había cerrado. Y al cerrarse el libro me expulsó naturalmente como autor y me convertí simplemente en un lector posible.

Dice usted que lo más difícil es hacer de un libro una obra, puesto que “exige adentrarse en los enigmas y no resolverlos”. Usted ha estado treinta años en la revista Cuadernos Hispanoamericanos ¿Llegó a cansarse de la actualidad, de tantos libros y tan pocas obras?

La actualidad dura muy poco, esta es su naturaleza y, por lo tanto, hay que sospechar de ella. Atribuir una presencia fuerte a todo lo que es actual es caer en el error de la idolatría de la novedad, que es terrible porque está condenada a desdecirse continuamente. El propio Antonio Machado decía que él distinguía las voces de los ecos, y esto es lo que cabe hacer: frente a la productividad y a la publicidad desmedida de las ofertas uno necesita detenerse y escuchar entre los ecos alguna voz verdadera. No se trata de querer dictaminar de manera dogmática, pero creo que el exceso de publicidad y la velocidad de las novedades nos deshabita.

¿En sus treinta años en Cuadernos Hispanoamericanos notó que han ido en aumento los libros que no son obras?

Muchísimo más. Antes el comercio de los libros era inferior y las exigencias críticas de las editoriales eran mayores. Se podían equivocar o no, pero existía una exigencia crítica. Hoy día se editan muchísimos libros con un resorte de carácter comercial, libros que tienen una aparición y una desaparición inmediata, pero que producen una saturación de la sensibilidad incluso para quien quiere acercarse a las obras. Es muy difícil hoy encontrar libros valiosos que estén destacados, es decir, que no terminen confundidos en una montaña de escombros.

Juan Malpartida para Letra Global SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

Usted reivindica la necesidad de leer los clásicos y recomienda que en las escuelas, en lugar de enseñar tanta Historia de la Literatura, se lean las obras.

No le veo mucho sentido enseñar a niños y adolescentes de diez, once o catorce años Historia de la iteratura sin hacerles leer las obras literarias. Enseñar del renacimiento, del neoclasicismo o de la modernidad sin que se lean los libros es un error, no sirve para nada: una vez que se estudia, se olvida. Si durante los años escolares se leen tres o cuatro buenas novelas y quince o veinte buenos poemas eso no solo no se olvida y permite hacer a los alumnos lectores que, a posteriori, pueden interesarse en la historia literaria o en la estética…Sin una vivencia de lo literario lo demás no tiene sentido. Y cabe decir, al respecto, que los programas escolares son un desastre.

Dedica usted una extensa entrada en su libro al concepto de democracia.

La democracia es una cosa muy aburrida, y así debe ser. Lo terrible es que actualmente está retrocediendo de manera peligrosa, en parte porque le hemos pedido demasiado: metafísica,que nos dé una solución a todo, incluso a nuestra interioridad, emociones y angustias. La democracia tiene un papel más sencillo y más aburrido. De hecho, pensar la democracia como un aburrimiento nos permitiría realmente focalizar y poner nuestra atención en la vida verdadera, que es la que nos compete como seres libres. Esta libertad que poseemos nos la permite la democracia, pero no hay que olvidar que la libertad es una tarea personal que tiene que ver con las decisiones propias y con que tomamos en relación con los otros.

La libertad es algo personal y, a la vez, algo público. No hay libertad sin el otro: la libertad parte de la comunidad en cuanto a que es el propio individuo el que nace de la comunidad, que es quien crea al individuo. Todos nosotros tenemos que crearnos a nosotros mismos, pero sin olvidar que no hay individuo que no esté determinado por el lenguaje y las relaciones sociales. Existe una libertad de pensamiento, por supuesto, pero la acción en cualquier individuo es inevitable y la acción es siempre acción con los otros, que es cuando nos enfrentamos a los límites de nuestra libertad.

Juan Malpartida para Letra Global SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

Usted define la imaginación en relación con los otros en cuanto sostiene que es una forma de salir de uno mismo.

Hay una imaginación estúpida, como hay un deseo perverso; por esto es tan importante la educación poética, filosófica, científica y social del imaginario. El ser humano existe porque se imagina a sí mismo y porque imagina a los otros. La empatía es una forma de imaginación sensible de la mente del otro. Los seres humanos, si no nos imaginamos a nosotros y a los demás, no seríamos, porque nuestro ser consiste precisamente en imaginarnos y en desearnos. Spinoza concebía el deseo como el fundamento del ser, pero para que haya deseo debe haber imaginación. Sin ella no nos podemos constituir como seres humanos de la misma manera que tampoco nos podemos constituir sin libertad. Sin imaginación y sin libertad estaríamos vivos, pero no seríamos seres humanos, cuya primera condición de ser es la libertad. Es cierto que hay muchos científicos, no solamente ahora, sino también en el pasado, que niegan la libertad…

¿En qué sentido la niegan?

Sostienen que se ignora las causas verdaderas de lo que pensamos que son nuestras decisiones. Tú crees que decides, pero no tienes opciones, lo que pasa es que ignoramos las causas no manifiestas que nos llevan a actuar. Ciertos neurocientíficos dicen que todo está determinado [por las neuronas]. El ser humano funciona según las leyes naturales de causa y efecto y, si fuera así, entonces no puede haber libertad. Lo que se impone es el determinismo de la naturaleza. Sin embargo, si los seres humanos no fuéramos libres no seríamos seres morales y no tendríamos responsabilidades. Si una persona no es libre, ¿qué responsabilidad tiene? Que nos preguntemos si somos libres o no ya supone la libertad. No hay ningún pensamiento científico ni filosófico que pueda negar que los seres humanos han de ser libres sin estar postulando algo perverso.

Usted va de las ciencias a las letras, rompiendo ese muro que separa muchas veces el saber humanístico del científico.

La realidad es una y de una complejidad inmensa. Las separaciones son teóricas y útiles en la medida en que uno sabe que son convenciones. Es imprescindible tener una actitud crítica con respecto a las formas estancas de conocimiento. Separar filosofía y ciencia es absurdo. Tratar de comprender que el sentido último de la filosofía puede ser distinto de la ciencia es interesante y productivo, pero si separamos ambas disciplinas a partir de la idea de que la ciencia tiende a los conocimientos objetivos cometemos un error.

Juan Malpartida para Letra Global SIMÓN SÁNCHEZ Barcelona

El gran matemático y premio Nobel Feynman, en una de sus conferencias sobre la teoría de la relatividad, propone una reflexión de lo que significa para el ser humano la velocidad de la luz y su percepción de la temporalidad. Nos recuerda que la luz no puede percibirse a sí misma como tiempo, mientras que nosotros, sí. Esto lo lleva a reflexionar sobre las implicaciones que tiene que nos percibamos como una línea recta de la temporalidad a la vez que estamos rodeados de eternidad. Feyman parte de la matemática y termina en la filosofía. No es el único. Pienso en Karl Popper, que, como muchos otros, se interesó por la relación entre filosofía y ciencia. Una disciplina es útil en la medida en que somos conscientes de que estamos haciendo una abstracción de unos modos determinados de acercarnos al conocimiento.

Dedica una entrada, quizás una de las más autobiográficas, a su vocación de escritor.

Descubrí mi vocación literaria leyendo. Cuando lees y disfrutas leyendo  Los miserables, El Quijote o Fortunata y Jacinta te conviertes en una especie de creador. Leer un libro es encarnarlo. Mi vocación de escribir vino de la lectura: leía, pero quería responder con la escritura y con la literatura. A lo largo de todos estos años he ido cambiando de género, pasando de la poesía al ensayo, al periodismo y a la crítica, peo sintiendo que siempre hacía lo mismo: escribir. Reconocer la importancia de las páginas leídas es un gesto de humildad y subrayar la importancia de la lectura como punto de partida de la escritura, pero creo que cualquier creador no puede eludir tener un cierto orgullo de lo que se ha escrito porque lo que escribes es lo que te constituye no solo como autor, sino como individuo. Volvemos a lo que decíamos al inicio, a Montaigne: escribir como forma de hacerse a sí mismo, como forma de caminar por este mundo.