Transitan por estas páginas, que aproximadamente un par de veces al mes se dedican a la traducción, muchos libros que se vierten a nuestro idioma y, también, en proporción menor, otros escritos en nuestra lengua que mudan de piel y pasan a otras. He hablado de piel, y la palabra exacta para ese tipo de traslado es la de injerto. No obstante, también podría hablarse de trasplantes: esto permite hablar de órganos vivos que pasan a ocupar otro cuerpo y en él prosiguen una nueva vida, aunque en puridad son ellos los que otorgan vida nueva, durante un tiempo, a la carne mortal que los acoge. Y quién duda que entre esos órganos el más delicado e importante es el corazón.

Marina Perezagua es una de nuestras escritoras actuales con mayor magnetismo y una personalidad más marcada. Hace años que vive entre dos lenguas: el inglés y el español, pues reside en Nueva York aunque pase temporadas en nuestro país. Pero también vivió en Francia y en Japón, y todos los escenarios de su vida se han ido incorporando a sus narraciones, entre las cuales hay dos poderosos libros de cuentos (Criaturas abisales y Leche), más tres novelas: Yoro (Premio Internacional Sor Juana Inés de la Cruz), Don Quijote de Manhattan y la reciente Seis formas de morir en Texas, con la que se ha incorporado a Anagrama, y que de un corazón transmigrante trata.

Marina Perezagua / MIGUEL LIZANA (ANAGRAMA)

Revelar la trama de la novela no es, desde luego, el cometido de estas líneas. Sí, señalar algunos de sus rasgos: lo mucho que se apoya en los intercambios epistolares, la capacidad de presentar situaciones extremas y pensamientos extraños, las dotes líricas en algunas páginas en las que las líneas son breves, como versos, y el lenguaje poético se erige en motor. Así sucede con la anáfora “Dieciséis”, edad a la que la protagonista fue encerrada en una celda. También, por su brillantez metafórica, por el dominio de la analogía, algunas de las cartas incluidas en el libro. Como contrapeso, hay sobrada información de las prácticas chinas de trasplantes forzados, con documentos citados en notas y traducidos directamente por la autora, que no teme en ocasiones discurrir por la senda de la crónica o del ensayo

El lector, dado lo rocambolesco del argumento, descubre en sí mismo una tendencia a hallar deslices o incongruencias. Pero no hay tales, todo tiene su explicación y en más de una ocasión es él quien desbarra como cuando se pregunta cómo diablos la protagonista va a leer las cartas que recibe en prisión, si es ciega desde los siete años. Hallará respuesta. Siempre, desde el inicio de su escritura, Perezagua bordea lo inverosímil, cuando no directamente esto deja de importarle. A ella le interesa, creo, utilizar la trama en una tensión al límite para plantear problemas, dilemas, hondas preocupaciones. 

Bien mirado, es lo que hacen los grandes escritores. Shakespeare no escribe Macbeth para urdir un relato de brujas; no compone Hamlet para hacer el cuento de un fantasma. Los temas de ambos dramas son otra cosa, aunque se sirvan de esos episodios. Podemos pensar en Coleridge cuando habló de la necesaria suspensión de la incredulidad. Es algo que hay que tener presente a leer a la autora, a la que no arredra lo improbable, lo insólito.

Ya en el pequeño sello en el que comenzó a publicar, Libros del Lince, había sido traducida a nueve lenguas, algo insólito. Sin duda, el mérito es de su calidad, pero no deja de ser curioso que el editor que la descubrió, alentó y dirigió, Enrique Murillo, sea él mismo un destacado traductor (de Truman Capote, Vladimir Nabokov o Martin Amis). Tener una buena agente también ha facilitado las cosas, y todo indica que continuará esa multiplicidad de traducciones. La temática de esta última novela es propicia a ello: la pena de muerte; los trasplantes forzados o inferidos; la crueldad y el despotismo; la persecución que la dictadura comunista china, sin hacer ascos al dinero, ejerce sobre la secta o escuela espiritual Falun Gong; y el sistema capitalista estadounidense que se comporta con sus reclusos, y más con los que hallan en el corredor de la muerte, como si de la despótica China se tratara.

Ya en el pequeño sello en el que comenzó a publicar, Libros del Lince, había sido traducida a nueve lenguas, algo insólito. Sin duda, el mérito es de su calidad, pero no deja de ser curioso que el editor que la descubrió, alentó y dirigió, Enrique Murillo, sea él mismo un destacado

Yoro fue vertida al inglés con el título de The Story of H por Valerie Miles, una excelente traductora, profesora del Máster de Traducción Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. En portugués, italiano y polaco se mantuvo el título Yoro (nombre de la protagonista). En alemán se optó por el topónimo del lugar donde estalla el argumento: Hiroshima. Son estos cambios habituales, como lo es que muden los rostros que llevan un mismo corazón.

La traducción es un trasplante necesario si se quiere trascender el cuerpo propio, el propio idioma. Y el donante se entrega, confiado, en las manos del cirujano: el traductor. De la impericia de este, y no de las características de aquel, o del receptor, depende el rechazo. Lo bueno de los trasplantes de lengua, de las traducciones literarias, es que el órgano trasplantado, la obra, puede seguir viviendo en el cuerpo del que sale y, simultáneamente, oh milagro, en el que lo recibe.