Se habla mucho y cada día más de la autoficción, de la literatura del yo, de dietarios. Es un tipo de libros, una serie de géneros que parecen corresponderse con la época. Vemos que a veces novelistas competentes, literariamente exigentes, obtienen sus éxitos mayores, por lo menos en cuanto a la atención que recibe su obra, cuando apartándose de la ficción pura cultivan este tipo de textos más comprometidos con su propia biografía.

Pienso que Marguerite Duras fue mejor en El Dolor o en El amante que en otros libros suyos. Ahora entre nosotros, así a bote pronto, recuerdo ejemplos como Marcos Giralt y su Tiempo de vida que le valió el premio Nacional de narrativa; Ordesa, donde Manuel Vilas narra el desmoronamiento de su familia y que la crítica celebra con unanimidad, y dietaristas como Andrés Trapiello que cada año entrega un volumen –son ya veintitantos— de su Salón de los pasos perdidos, su “novela de la vida”. En otros países está la serie de Karl Ove Kanausgard Mi vida o las novelas autobiográficas que comenté aquí semanas pasadas, Recuerdos durmientes de Modiano e Historia de la violencia de Edouard Louis, o los justamente celebrados libros de Emmanuel Carrère.  

Hay gente a quien estos híbridos de ficción y autobiografía le parece mal. Lo respeto, siempre que no queramos hacer pasar por razones lo que a veces son cuestiones de gusto. De todas las refutaciones del dietario y las memorias y autobiografías, la más lapidaria es la que anotó Hugo Ball, el fundador del movimiento dadá, en La huida del tiempo el 10 de noviembre del año 2015: “Los hombres que anotan sus vivencias son hombres rencorosos, vengativos, cuya vanidad ha sido herida. Se aferran compulsivamente a su certificado, a sus pruebas y documentos como Shylock. Creen en una suerte de Juicio Final. Entonces presentarán sus libros de notas. Un gesto del Creador frunciendo las cejas y señalando hacia la izquierda les recompensará. Hay que guardarse de caer en esta especie de misantropía. El realismo del último siglo revela una fe pedante en la justicia primitiva. ¿Para qué sirve si no toda esa cantidad de diarios, epistolarios y memorias anticipadas?”

En parte tiene razón: el diario es l’esprit de l’escalier, y el género dietarista se presta al narcisismo patológico, del cual tenemos entre nosotros casos fragantes de egolatría ridícula, que no me apetece señalar. Pero claro, esta condena del dietario la  escribió Ball… en su dietario.

Montaigne fue, creo, el primero, en atreverse a decir “yo”; se le considera padre del ensayo, pero sabía sacar de cada minucia de la vida cotidiana una meditación filosófica que la trasciende. Pascal rápidamente –tardó menos de un siglo-- sentenció que “le moi est haissable”.

La refutación más arbitraria es la que he leído en Evasión, de César Aira. Aliquando bonus dormitat Homerus, también a veces se duerme el buen Homero.

En Evasión, Aira pone como alto ejemplo de literatura la novela La flecha negra, alto ejemplo imposible de alcanzar no ya porque no se formen talentos como Stevenson sino porque ya no es posible escribir novelas de verdad, todo lo domina la literatura de la egolatría en la que el autor dice si le gusta más Tom Waits que Leonard Cohen o al revés.

Aira me encanta, admiro su Pintor viajero, sigo pensando de vez en cuando y con la misma inquietud en Los fantasmas, me gustaron Los dos payasos y tantos otros relatos suyos. Pero si me va a tocar las narices le recomendaré a ese maldito argentino que en vez de reprochar a otros escritores su coquetería aproveche el tiempo para reflexionar en por qué, cuando dejas un par de días un libro suyo a medio leer luego ya no vuelves a tomarlo: ¿no será porque en su estética juguetona lo que cuenta de hecho importa demasiado poco?

Ni Ball, ni Aira, ni otros menos venerables que también critican el auge de la llamada “literatura del yo”, de la “autoficción”, de la “novela de lo real”, de lo confesional, todas esas aproximaciones a una nueva forma de encarar la ficción literaria que primero se ensayaron en el laboratorio de la poesía (de aquella penosa “poesía de la experiencia” en la que el poetastro ante el armario de la ropa contempla sus corbatas como serpientes muertas que le provocan enorme melancolía, y una chaqueta de pana le recuerda cuando era joven y revolucionario, y las bragas de su mujer le recuerdan lo bien que se lo pasaron en la luna de miel…)

…ni Aira, ni Ball, ni otros tienen en cuenta, creo, que el auge de esa corriente se ha asentado a consecuencia de la aplicación de los criterios de producción industrial a la ficción, multiplicándola tanto que todo ya es ficción, todo son marquesas que salen a las cinco de la tarde, no se ve otra cosa en nuestras ciudades, en nuestros libros y en todas partes, lo cual por supuesto afecta a la relación del lector con la “suspensión de la incredulidad”, que ya es casi imposible, e incluso a la relación con el mismo soporte físico donde la marquesa sale… ve que está empezando a chispear y entra de nuevo en el portal, para subir a por un paraguas.

--¿Qué hora es? –le pregunta al portero.

--Las cinco de la tarde, señora marquesa.

Ball se equivocaba honestamente, pero Aira se hace trampas al comparar a Stevenson con cualquier desdichado pavo real dietarista, y no, por ejemplo, con Renard, que eran contemporáneos. Si fueras a releer uno de esos dos libros, te pregunto, a sabiendas de que la pregunta es indecente: ¿cuál elegirías? ¿Qué prefieres? ¿La entretenida novela de Stevenson o la obra maestra de Renard? No hay color, ¿verdad?