A estos artistas les sucede lo que en el poema a Pablo Neruda: no saben si la mar les enseña música o conciencia. Fueron pintores y escultores de bamboleo marinero. Tipos que pensaron en olas bajo cualquier emparrado. O en medio de un jaleo de tranvías. O directamente echados al agua en un día de calima con el vals metálico de las jarcias golpeando los palos de un velero. En ellos el mar no fue sólo una estética, sino el espacio donde contornear un mundo propio. Sabían que es un lenguaje difícil de descifrar. Un idioma sin piedad. Pero en sus obras buscaron el origen de ese morse, la pulsión que impone el Mediterráneo en algunos hombres, como un código originario. 

Porque existe una rara magia sonámbula en este mar. Es un paisaje alucinado y veteado de energías intactas que, desde los últimos años del siglo XIX, atrajo a artistas de tradiciones muy distintas. Era mucho antes del derrape hortera de los millonarios con yate y diente de oro. Antes de casi todo. Y, sin embargo, el Mediterráneo ya estaba en los mapas de tantos exploradores de luz o de silencio. Lo que comenzó como un territorio de afán desordenado y cierta extravagancia local se fue consolidando como credencial de una geografía en la que recalaron creadores de gran potencia en busca de algo aún indescifrado, casi empujados por el afán de sumergirse en lo fundacional. 

Paisaje alucinado y con energías intactas

Así, en pocas décadas, se armó a orillas del Mediterráneo una galaxia fenomenal de artistas, casi todos pobres como ratas pero capaces de apurar la vida hasta donde alcanza el límite de la integridad física. Ellos se bebieron el veneno nuevo de todo aquel paisaje antiguo para saltar con una libertad extrema al centro mismo del circo del arte ataviados con una dialéctica de soles infinitos, apetito de cuerpos nuevos y un alma de pantalón corto para arrear contra las convenciones. “Desde ayer estoy instalado y nado en la alegría (…). Delante, las orillas doradas del Golfo, las olas azules viniendo a morir en una pequeña, mi playa”, escribió Paul Signac en Saint-Tropez.   

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El bronce de Aristide Maillol ‘Mediterráneo’, junto a obras de Picasso y Torres-García / MUSEO THYSSEN MÁLAGA

Ese espíritu es el que envuelve la exposición Mediterráneo. Una Arcadia reinventada, desplegada hasta el 9 de septiembre en el Museo Carmen Thyssen de Málaga como la topografía plástica de una revelación. Porque en su artillería de sesenta y dos obras, entre pinturas, esculturas, cerámicas y grabados, parece que se está convocando un misterio, un enigma, una claridad que aspira a decir más de lo que dice. Algo así como un saber que no lo es a tientas, sino que vendría de lo hondo de las cosas, de aprender a mirar la vida sin exigir en aquello que se ve el caudal de una respuesta. La lección de adivinar que el hombre está en el mundo alojado en derrota, pero nunca en doma.

El Mediterráneo ya estaba en los mapas de los exploradores de luz o de silencio, creadores de gran potencia en busca de algo aún indescifrado

“El Mediterráneo es el marco, el hilo conductor de la exposición. Es el espacio que subyugó e inspiró a importantes artistas, de diversos estilos y procedencias, y que les sirvió como pretexto, como deleite o como oasis en medio de los vaivenes de las vanguardias”, señala la comisaria y directora artística del centro, Lourdes Moreno. A partir de aquí, la muestra propone llevar a este territorio una reflexión que se abre mejor en dos motivos. De un lado, como revisión y recuperación de un lenguaje clásico planteado con voluntad de rebeldía; de otro, como espacio generador de una visión hedonista y sensual, con obras protagonizadas por la luz y el color.

Curiosamente, este extravío marítimo arrastró al mismo tiempo a creadores franceses, italianos y españoles atraídos por la belleza del escenario. Aunque el asunto apareció a finales del siglo XIX, en paralelo al descubrimiento social de las vacaciones, se convirtió en revuelo y travesía obligada, sobre todo, a principios del XX. Es la feliz desmesura que otorga haber dado cobijo por un tiempo a artistas presentes en la muestra como George Braque, Pierre Bonnard y Henri Matisse, quien ejecutaría desde Niza una serie de lienzos con el Mediterráneo fijado a través de unas ventanas abiertas: “Sueño con arte equilibrado, puro, apacible, cuyo tema no sea inquietante ni turbador”.   

Noucentisme catalán

Es el mismo timbre del bronce Mediterráneo, que plantó a Aristide Maillol entre los grandes de la escultura moderna al poco de su presentación en París en 1905. “Es hermosa, no significa nada. Creo que hay remontarse muy atrás en el tiempo para encontrar una ausencia tal de preocupación por algo más que la simple manifestación de la belleza”, dirá de ella el crítico André Gide. La pieza acabaría convirtiéndose en el icono inaugural del nuevo clasicismo y, por tanto, referencia fundamental para artistas como Enric Casanovas, Manolo Hugué y Josep Clará, representado aquí con una escultura cedida por el Museu de la Garrotxa de Olot.      

El Mediterráneo es el hilo conductor de la exposición. Un espacio que inspiró a artistas de diversos estilos y procedencias en medio de los vaivenes de las vanguardias

Junto a ellos, la escudería del noucentisme catalán –el movimiento impulsado por Eugenio D’Ors desde las páginas del periódico La Veu de Catalunya como reacción a la superficialidad decorativa del modernismo- suma en la exposición del Museo Carmen Thyssen de Málaga los dos lienzos fundamentales de Joaquim Sunyer: Mediterráneo y Pastoral, ambos expuestos por primera vez en 1911 en la galería Faianç Catalá de Barcelona. Este almacén con ventanas al mar lo completan los catalanes Santiago Rusiñol, Hermenegildo Anglada Camarasa, Nicolás Raurich, Julio González, Joaquim Mir y Josep de Togores y los valencianos Ignacio Pizano y Joaquín Sorolla.  

También, claro, Pablo Picasso, que lo fue todo en el arte. Y lo fue a solas, sin compañeros de viaje. El malagueño, un tipo capaz de vampirizar el aire, hizo propio aquello cuanto tocó con las córneas, incluido el Mediterráneo. Fulminó escuelas y academias. Reinventó su mundo varias veces y nunca dejó de ser Picasso. Incluso cuando trabajó contra sí mismo. Y siempre con el mar a modo de bujía. Como generador del voltaje imprevisible de aquel tipo inflamable, representado en esta exposición por una veintena de obras. Él, “casi un griego antiguo”, despejó un camino inédito para entrar como el buen salvaje, sin dios ni amo.