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La banalización ha sido estrategia fundamental del neoliberalismo. Desde la falsificación de la vida en las pantallas hasta las ridiculeces de Donald Trump, que lo han convertido en la estrella de las redes sociales dándole una proyección que ha consolidado su poder y omnipresencia en todo el mundo.

El mal es el fruto de la obediencia a una Mentira, en mayúsculas, convertida en sistema. La Mentira no se opone a la Verdad, la falsea.

A menudo, por alguna razón —creo yo, moral— se da por sentado que la verdad ejerce una fuerza demoledora, superior, todo lo puede, nada la vence. La verdad puede escribirse en minúscula y en mayúscula, es el bien supremo, martillo de Thor y escudo élfico. La verdad hace buenos e invencibles a los héroes que, al final, siempre ganan entre celebraciones. La mentira suele verse como su contraria en sus atributos. Subsidiaria, dependiente y relativa, se escribe en minúscula.

Se la vincula a Satanás —el gran mentiroso— y a todos los malos que en el mundo han sido que, como suelen ser tontos y sin saberlo ni intuirlo, acabarán siendo irremediablemente vencidos por esa fuerza iluminadora que les redimirá rendidos ante su fracaso. La mentira es una fuerza pequeña pero venenosa, visible aunque escurridiza, ruidosa a la vez que taimada. Su destino es ver su cabeza aplastada bajo el imponente, majestuoso, inexorable proceder de la verdad.

Hermoso, si no fuera mentira. Mal que nos pese, la Mentira se escribe también en mayúscula y de eso Hannah Arendt rindió cumplida cuenta en su Eichmann en Jerusalén (seguramente más conocido como La banalidad del mal). Y sí, hay mentiras (en minúscula y en plural) que contradicen verdades (en minúscula y en plural), que resultan relativamente peligrosas en cuanto sus tramas se deslíen tan pronto como se enredan con la realidad.

Portada del libro 'Eichmann en Jerusalén' Lumen

La inseguridad que crea la verdad

Pero la Mentira, esa razón que busca colmar los vacíos inherentes al inevitable desconocimiento del todo, que se infiltra por las inseguridades que resultan de negar nuestra fragilidad, que se nutre del miedo al margen y engaña con la ilusión de la excepcionalidad, sabe hacerse su lugar.

Lucha con la violencia de la negación a la obviedad, corre un tupido velo sobre la imagen que la verdad devuelve. Cegando toda empatía, troca trivialidades por hechos incontestables. La Mentira no contradice, falsea; no refleja, proyecta; no precisa de argumentos sólidos, los liquida; no cuestiona, banaliza.

Roy Lichtenstein, Mujer en el baño (1963)

Saturados de imágenes en redes sociales que muestran vidas de lujo, personas pagando miles de euros por nimiedades funcionales como quien no quiere la cosa. Paradisíacas vacaciones perpetuas —modos de vida insostenibles—; viviendas de siete (ocho, nueve) cifras, inhabitables para ser inhabitadas, páramos de mármol, cristal y cemento, con piscina.

No son campañas publicitarias que, al fin y al cabo, juegan con el deseo sin ocultar la ficción; sino estrategias de mercado que han logrado hacer del mundo su imagen y semejanza, lanzando anzuelos existenciales con que atrapar el verdadero producto objeto de compra-venta, los ojos que admiran.

La banalización implícita del mundo virtual en que nada es de verdad, ni los muertos ni los vivos, se traduce en trucos de la imaginación que alimentan la fantasía de que haciendo lo que se debe —cumpliendo órdenes— habrá sentido, abrirán el camino hacia la excepcionalidad, realizarán.

Hace unos meses estalló una reacción contra el fenómeno influencer. Fue solo una señal de que algo se estaba moviendo. Pudimos asomarnos brevemente a la realidad tras las pantallas de quienes, obedeciendo los dictados del mercado de la personalidad, se debaten por alcanzar el mismo espejismo que reflejan. Con el cambio de enfoque, la verdad del propio rostro ha acabado por revelarse sobre la pantalla y, bajo la nueva perspectiva, se ha hecho evidente la profundidad del mal.

Oswaldo Guayasamín, Mujeres llorando IV (1963)

La banalización de la vida que reduce a los seres humanos a las columnas del deber y el haber siempre acaba arrojando un saldo negativo. Ojalá hubiera una Verdad iluminadora que acabase con el mal, que llevase a la paz y al bienestar, que hiciera que, simplemente, se girase la espalda hacia quienes frivolizan con chistes y chascarrillos el sufrimiento con que se enriquecen.

O hacia quienes, una vez más, alimentan la Mentira prometiendo soluciones finales a base de liquidar derechos que ya se cobraron demasiadas vidas.

Cuando se juega a la ruleta de las ilusiones, la banca siempre gana. Ha llegado el momento de darle la vuelta a la mesa, el momento —si se quiere— de la verdad. El juego se acabó. Toca verse las caras.