La distancia generacional y el peso de una "Transición fallida" marcan la mirada de los bisnietos sobre la Guerra Civil, que preguntan y quieren respuestas, ya no solo sobre lo que pasó en la Guerra Civil, sino sobre los nombres y apellidos de aquellos que mataron a otros. Arnau Fernández Pasalodos es uno de ellos. Doctor en Historia, investigador de la Universidad de Granada, Fernández ha querido saber el pasado de su propio bisabuelo y lo plasma, junto a otros casos, en ¿Mató tu bisabuelo al mío? (Crítica).
En esta entrevista con Letra Global, Arnau Fernández aborda la pervivencia del trauma, la búsqueda de los verdugos, el papel de la memoria intergeneracional, el blanqueamiento histórico y el impacto de todo ello en el actual escenario político y electoral. Y señala que hay un proceso de blanqueamiento del franquismo: "Pérez Reverte es hoy uno de los referentes del revisionismo franquista", con figuras como Pío Moa a la cabeza y congresos con títulos como 'La guerra que perdimos todos'.
¿Por qué hay este interés renovado sobre la Guerra Civil a partir de los bisnietos que vivieron y sufrieron el conflicto?
Lo atribuyo principalmente a la distancia generacional. La generación de los bisnietos —nacida entre los años 80 y 2000— ha crecido y se ha educado en democracia, lejos de la dictadura o de la propia Transición.
Es una generación que quiere saber la verdad. No está marcada por el miedo, el silencio o el "no hables que te vas a meter en problemas" con el que educaron las abuelas y abuelos a sus hijos. Los nietos a menudo no preguntaron porque vieron en casa terror y miedo. Los bisnietos, en cambio, se hacen preguntas precisas: quieren saber con nombres y apellidos quién mató a quién, por qué, en qué momento y dónde están enterrados.
El tema de los verdugos es clave aquí. La generación de los hijos y nietos nunca se planteó señalar a quienes perpetraron la represión. Poniendo en común muchas ideas para este libro, nos dimos cuenta de que somos una generación que no solo quiere desenterrar los huesos, sino señalar al verdugo: al varón que provocó esas muertes, las condujo a las fosas y se benefició económicamente y socialmente de participar en la represión. Es un elemento muy novedoso en los más jóvenes.
En tu caso personal, ¿cómo influye esto en tu carrera como historiador? Tu bisabuelo aparece en el libro.
Mi bisabuelo Manuel es una de las 150.000 víctimas mortales de la violencia franquista. Lo mataron en 1948 dos guardias civiles —Agustín Serrano y Marcelino García, cuyos nombres descubrí investigando en los archivos— por ser enlace de la guerrilla antifranquista. Le pegaron un tiro en la cabeza estando arrodillado y esposado, aplicándole la falsa ley de fuga.
Arnau Fernández, en la entrevista con 'Letra Global'
En mi familia eso no se sabía. Mi abuela contaba una versión totalmente distinta y despolitizada, como tantas familias traumatizadas. Fueron los documentos los que me conectaron con la historia contemporánea y dieron inicio a esta investigación. Él era militante de la CNT e implicado en la resistencia armada: iba a Francia a buscar metralletas para la agrupación guerrillera del Alto Aragón que buscaba derrocar la dictadura.
Esto demuestra que la represión y la persecución continuaron mucho después de 1939.
Claro. La dictadura se sostiene sobre un pilar clave: la represión sistemática de la población vencida. La guerra no acabó nominalmente en el 39. La lucha contra los maquis en el monte en los años 40 es la prolongación directa del conflicto. A eso se suman 200.000 personas en prisiones y cientos de miles de exiliados. El régimen se encargó de aplastar y eliminar la disidencia política, destruyendo las redes de la izquierda de un modo tan exitoso que tardaron décadas en recuperarse. No se entienden 40 años de dictadura sin ese terror.
Ese silencio y ese trauma familiar se han transmitido de generación en generación, a menudo a través de un salto en los nietos.
Sí. Si los nietos de la guerra civil, con el movimiento memorialístico de los años 2000, no hubiesen abierto el camino, habría sido imposible lograr los avances actuales. Pero al escribir el libro vi algo muy común: en muchas familias, los nietos no quisieron presionar a sus padres porque percibían el miedo en el ambiente. Han sido los bisnietos quienes han buceado en los archivos, han hablado con los mayores de los pueblos y han acabado descubriendo la verdad que sus propios padres ignoraban.
Yo lo viví en casa: mi madre apenas sabía nada de su abuelo. Todo parte de una conexión emocional profunda con las abuelas y abuelos. Cuando ves de pequeño que tu abuela te habla de su infancia en voz baja y de golpe se le desencaja la cara, se te enciende una alarma. O casos como el de María Rosa Aránega, que encontró la foto de su bisabuelo —un republicano que se suicidó antes de que entrasen los sublevados— escondida dentro de un sobre en el álbum familiar para evitar que siguiera siendo 'derrotado' tras su muerte. Mi propia abuela guardó el secreto de haber escuchado el disparo mortal de la Guardia Civil a escasos metros de su casa. Sobrevivieron con un estrés postraumático que jamás pudieron verbalizar.
Portada del libro de Arnau Fernández Pasalodos
¿Y esa memoria también se entrelaza con la cultura y referentes de identidad, como ocurre con la figura de Federico García Lorca?
Exacto. Por eso los productos culturales recientes son tan valiosos. Cuando los chicos y chicas jóvenes, homosexuales o bisexuales, ven la historia de Lorca, con la película La bola negra, conectan de inmediato con el pasado a través de su propia identidad. Comprenden que en una dictadura no solo se persigue la política, sino también la orientación sexual. Es un puente fundamental para conectar a las nuevas generaciones con la memoria democrática.
Denuncias también los límites de la Ley de Memoria de 2022 respecto a la figura del bisnieto. ¿Por qué?
Me sorprendió mucho ver que la ley del 2022 establece que la cuarta generación —el bisnieto— es la última con cobertura legal y derecho a solicitar ayudas públicas estatales para abrir una fosa común. Abrir una fosa es costoso y requiere equipos de arqueólogos. Esto significa que los hijos que vengan detrás ya no tendrán respaldo legal para buscar a mi bisabuelo Manuel.
Es una vergüenza que un gobierno progresista ponga un tope legal al dolor y al trauma. El derecho internacional estipula que los crímenes de lesa humanidad no prescriben; ¿cómo es posible que una ley estatal ponga fecha de caducidad al derecho a la verdad y a la reparación?
Esto choca con posturas como la de David Rieff, que aboga por el olvido para sanar conflictos muy profundos.
Entiendo esa postura, que fue la que adoptó España en la Transición: perdonar a los verdugos y construir la democracia sobre el olvido en lugar de sobre la justicia. Pero no la comparto ni como historiador ni como bisnieto. El pasado hay que mirarlo de frente y sin tapujos. Reconciliación sí, pero con rendición de cuentas. En España, los represores murieron plácidamente en la cama.
Mientras en países como Argentina o Chile los descendientes de los verdugos han creado asociaciones para revisar el pasado de sus padres o abuelos, en España hay un silencio absoluto. Como investigador, he intentado hablar con familias de verdugos identificados y se han negado a hablar. La Transición facilitó un relato de justificación que ha evitado esa revisión.
Arnau Fernández, en la entrevista con 'Letra Global'
¿Qué faltó por hacer tras la Transición? El Estado ha tenido cincuenta años.
El contexto de 1977 era complejo por el miedo a un golpe militar. Pero a mediados o finales de los 80, con las tres mayorías absolutas de Felipe González (1982-1996), el proceso era muy distinto. ¿Por qué no se abrieron las fosas entonces, cuando los hijos de los fusilados aún vivían? Porque el PSOE y otros partidos decidieron que mirar al pasado era incómodo. Esa desidia la pagamos hoy con la herencia del trauma y con abuelas que murieron sin encontrar a sus padres. Esa es la gran asignatura pendiente de una Transición fallida.
¿Crees que este debate sigue latente en la política actual y en citas electorales como las que se acercan?
Hay un clima totalmente polarizado. Me llama la atención la contradicción de la derecha y la ultraderecha: nos acusan a los académicos de 'guerracivilistas' por investigar, mientras ellos instrumentalizan el pasado con fines partidistas. Lo vimos en el congreso organizado en Sevilla con Arturo Pérez-Reverte y José María Aznar, pidiendo que nos abracemos. Yo no quiero abrazarme con los verdugos de mi bisabuelo. Sí lo haría, claro, con los familiares después de conversar con ellos. Pero esa conversación no ha sido posible.
¿No te llamaron para participar? ¿Era acertado el título, 'La guerra que perdimos todos?
El título de aquel congreso, La guerra que perdimos todos, es una provocación que roza lo delictivo. Hubo vencedores y vencidos. Hubo quienes mataron y quienes fueron asesinados. Para mi libro hice un llamamiento general y apenas recibí testimonios de familias de la violencia republicana, lo que demuestra que su trauma fue encauzado y resuelto por el franquismo durante 40 años, al contrario que el de los vencidos.
Arnau Fernández Historiador, autor de ¿Mató tu bisabuelo al mío?, en la entrevista con 'Letra Global'
¿Por qué sigue costando tanto alcanzar un consenso sobre lo que significó el franquismo?
Por la falta de depuración y justicia tras la Transición. Si los asesinos y beneficiarios no rinden cuentas ni devuelven lo robado, la memoria queda enferma. Hoy vemos a políticos blanqueando la dictadura, inventando que Franco regalaba casas, o a intelectuales como Pérez Reverte —siguiendo la estela de Pío Moa— instalados en el relativismo de que 'todos fueron malos'. Con ello se exime de culpa a los golpistas que destruyeron una democracia legítima con ayuda del fascismo europeo. Pérez Reverte es hoy uno de los referentes del revisionismo franquista.
El relato hegemónico actual sigue blanqueando la dictadura, y eso tiene consecuencias peligrosas. Lo vemos en los institutos: profesores escandalizados al ver a chavales jóvenes reproduciendo consignas fascistas y machistas que consumen en redes sociales. Si no defendemos un relato veraz, ponemos en riesgo el futuro de la propia democracia.
¿Estará presente el franquismo, de nuevo, en las próximas citas electorales con el avance de la ultraderecha?
Totalmente. Lo estamos viendo en discursos institucionales, como los de Isabel Díaz-Ayuso alertando de supuestos fraudes o intentando culpar a la izquierda de conducir al país a un nuevo conflicto, cuando el 36 fue el resultado de un golpe militar contra la legalidad democrática.
En comunidades donde ya gobiernan PP y Vox, como Andalucía o Aragón, ya se han derogado las leyes de memoria histórica autonómicas para imponer normativas de corte marcadamente franquista, recortando fondos públicos para la apertura de fosas y contraviniendo el derecho internacional. Vox es un partido abiertamente de extrema derecha que afirma sin ambages que, si llega al poder, eliminará las leyes de memoria y de género. Cuando vemos discursos de odio normalizados y a muchos jóvenes replicando consignas reaccionarias en las aulas, entendemos que la falta de un reconocimiento institucional firme del fascismo histórico está pesando como una losa. Estas elecciones no van solo de siglas, sino de defender los derechos humanos más elementales y el futuro de nuestra propia democracia frente a discursos que buscan erosionarla por completo.
