Hay una corriente de pensamiento que gana influencia y que se alimenta del gran descontento que ha provocado un modelo económico centrado en alcanzar el máximo rendimiento. Es el comunitarismo, la idea de que la comunidad, con objetivos claros, puede llevar a cabo importantes transformaciones siempre que se trabaje por el “bien común”.
En gran medida en ese terreno se inscribe la profesora de Economía Mariana Mazzucato, referente hoy de una izquierda que trata de levantar la cabeza. Mazzucato acaba de publicar Bien común, una nueva economía que funcione para todos (Taurus), un enfoque que es la continuidad de otros trabajos de la autora, como El estado emprendedor, El valor de las cosas o Misión Economía. Pero, ¿hay algo de ingenuo en esa posición? ¿Es un voluntarismo que no se vislumbra que pueda tener una traducción práctica?
Las posiciones se han polarizado mucho en los últimos años, gracias, también, a la influencia de las redes sociales, que sólo ofrecen a quien las consume aquello que ya saben que les agradará. El debate en España sobre la vivienda constata, en todo caso, que el cambio en estructuras muy asentadas es muy complicado, si, además, no se cuenta con amplios consensos, que es lo que defiende Mazzucato en su libro.
Pero, ¿qué es lo que no se tiene en cuenta y subyace siempre en las democracias liberales? ¿Serían posibles los cambios estructurales si se contara con grandes consensos y con la voluntad de trabajar por el ‘bien común’?
Portada del libro de Katharina Pistor
Aquí aparece el trabajo de la investigadora Katharina Pistor. En España lo ha publicado Capitán Swing, y se titula El código del capital. Y lo que señala es más bien pesimista: no hay mucho que hacer. El derecho ha logrado, a lo largo de los siglos, blindar la propiedad. No hay “bienes comunes”, hay propiedades.
Pistor y Mazzucato, frente a frente. ¿Qué nos enseñan? ¿Estamos atrapados irremediablemente en una arquitectura jurídica inamovible que prioriza la propiedad privada por encima de cualquier aspiración social, o es posible reescribir las reglas del juego económico para ponerlas al servicio del bien común?
Pistor adopta una mirada profundamente institucionalista y escéptica en El código del capital, demostrando cómo la ley privada y los juristas actúan como guardianes impenetrables de la riqueza. Mazzucato ofrece una perspectiva audaz e intervencionista.
Para la economista ítalo-estadounidense, --que ofrecerá este lunes una conferencia en Barcelona en el CCCB y es seguida por legiones de jóvenes-- el sistema económico no es un destino fatal regido por leyes naturales o candados jurídicos perpetuos, sino una construcción maleable que puede —y debe— ser redirigida mediante la acción colectiva y la política pública orientada a misiones, como sucedió con el viaje a la Luna, cuando, en Estados Unidos, todo giró a hacer posible ese acontecimiento, con investigaciones que fueron provechosas para el conjunto de la sociedad más allá del estricto viaje de los astronautas.
Pero Pistor aparece como la dama severa que recuerda los límites. Argumenta que los activos ordinarios como una patente, un terreno, o una deuda corporativa, no se convierten en capital por generación espontánea, sino porque son codificados jurídicamente.
Portada del libro de Mazzucato
Los abogados corporativos utilizan cuatro atributos fundamentales --la prioridad (quién cobra primero en caso de quiebra), la durabilidad (la capacidad de extender los derechos de propiedad en el tiempo), la universalidad (el reconocimiento global de esos derechos) y la convertibilidad (la garantía de transformar activos volátiles en liquidez segura)-- para blindar los intereses de los propietarios frente a las contingencias del mercado y las regulaciones del Estado.
Desde esta óptica, el pesimismo de Pistor está más que justificado. Cuando una sociedad intenta implementar reformas progresistas o redistributivas, choca sistemáticamente con un caparazón legal globalizado.
Los tribunales nacionales e internacionales, los tratados de libre comercio y los paraísos fiscales actúan como una armadura que hace que cambiar el statu quo parezca una quimera.
¿Cómo se puede hablar de "bien común" o de colaboración social cuando los dueños del capital tienen el monopolio de la técnica jurídica para blindar sus beneficios y externalizar sus pérdidas?
Mazzucato no es una ingenua. Conoce esos límites, esa arquitectura legal. No reacciona negando el poder del marco legal, sino desafiando el propósito con el que se diseña.
Si el capital es una creación jurídica, argumenta Mazzucato, la ley no es una ley de la física. Es una herramienta humana que puede ser descodificada y recodificada. Si el derecho ha servido para extraer valor en beneficio de unos pocos, puede ser rediseñado para generar y compartir valor en beneficio de todos.
¿Quién innova?
Eso es cierto. O puede ser posible, sí. El historiador Sven Beckert, recordaba en una entrevista en Letra Global, que el capitalismo no puede entenderse como algo “natural”, sino que es un modelo económico con muchos siglos de existencia “más bien bizarro”, que se impone a partir de una clase social: los mercaderes.
Mazzucato, por tanto, ofrece como uno de los pilares de su pensamiento la deconstrucción de la narrativa tradicional que sostiene que la iniciativa privada es la única creadora de riqueza, mientras que el Estado es un ente ineficiente que solo debe limitarse a corregir fallos del mercado.
Lo que ha apuntado en sus trabajos es convincente. Casa con la realidad. El Estado ha asumido riesgos, los que comporta la innovación. Los ejemplos son numerosos.
La narrativa común atribuye el milagro del iPhone a la genialidad solitaria de Steve Jobs y al dinamismo del capital de riesgo de Silicon Valley. Sin embargo, Mazzucato ha detallado cómo cada una de las tecnologías que hacen "smart" a un teléfono inteligente --desde internet (DARPA) y el sistema de posicionamiento global (GPS) hasta las pantallas táctiles, los microprocesadores avanzados e incluso el asistente de voz Siri-- fueron financiadas originalmente con dinero público, a través de agencias gubernamentales de investigación a lo largo de décadas.
Mientras el Estado asume el riesgo financiero inicial, cuando la probabilidad de fracaso es del 99%, el sector privado interviene en las fases finales de comercialización. Una vez en el mercado, las empresas privadas capturan la totalidad de las plusvalías (protegidas, por supuesto, por los códigos de propiedad intelectual analizados por Pistor), mientras que los ciudadanos, que financiaron la investigación con sus impuestos, rara vez ven retornos directos que financien el bien común.
Timonel audaz
Frente al fatalismo de Pistor, que ve este desequilibrio como una consecuencia inevitable de la codificación legal pro-élite, Mazzucato sostiene que esta asimetría es una opción política corregible. Si el Estado actúa como inversor de primer orden, tiene todo el derecho --y la obligación-- de exigir condiciones. Todo eso en teoría, claro. ¿Lo hace realmente? ¿Ha sido capaz de reclamar al sector privado?
Mazzucato propone abandonar las políticas económicas neutrales y adoptar un enfoque de "economía de misiones".
En lugar de regular ex post o simplemente ofrecer subsidios a ciegas a las corporaciones, el Estado debe actuar como una especie de timonel audaz que convoca a los sectores público, privado y social a colaborar en una misma dirección para resolver grandes desafíos concretos. Es decir, tomar un liderazgo que hoy no parece que pueda asumir.
Hay otros sectores donde se puede ver esa dicotomía. La misión de la transición verde y la descarbonización o la lucha contra las pandemias globales.
Bajo el modelo que critica Pistor, las empresas energéticas o farmacéuticas reciben subvenciones públicas o incentivos fiscales sin compromisos claros, utilizando posteriormente sus recursos para recomprar acciones propias o blindar patentes exclusivas que encarecen los medicamentos o las tecnologías limpias.
En el modelo de misiones de Mazzucato, la colaboración público-privada se rige por un principio de condicionalidad. Si una farmacéutica recibe fondos públicos masivos para desarrollar una vacuna, los contratos estipulan que los precios deben ser razonables y que la propiedad intelectual no puede utilizarse como un monopolio depredador que excluya a los países en desarrollo.
Si una empresa automotriz o energética recibe financiación pública para la transición ecológica, se le exige reinvertir una parte de sus beneficios en I+D verde, compartir las innovaciones mediante licencias de código abierto o garantizar salarios dignos y transiciones justas para los trabajadores de las cuencas mineras o sectores afectados.
Esta aproximación combate la tesis de Pistor. En lugar de aceptar que la propiedad privada y las patentes bloquean el bien común de forma permanente, Mazzucato demuestra que se pueden introducir cláusulas de interés público en el corazón mismo de los contratos económicos y tecnológicos.
La concepción del valor
Pero, ¿qué pasa con la concepción del ‘valor’? Para Pistor, el valor financiero y legal es una realidad incontestable porque está respaldado por el sistema judicial global. Un título de propiedad o un derivado financiero vale lo que los tribunales y los acreedores estén dispuestos a hacer valer por la fuerza de la ley.
En cambio, Mazzucato argumenta que hemos confundido el ‘precio’ con el ‘valor’. En la economía contemporánea, actividades puramente extractivas --como la especulación inmobiliaria, la titulización de deudas o la recompra de acciones para inflar artificialmente el valor bursátil-- generan enormes precios y fortunas privadas, pero destruyen valor social y económico a largo plazo.
¿Qué hacer, como diría Lenin? Mazzucato aboga por reformar profundamente la gobernanza institucional. Y eso pasaría por reescribir los contratos corporativos. Las empresas deben dejar de regirse por el dogma del "valor para el accionista", impulsado precisamente por los códigos legales descritos por Pistor, para adoptar un modelo de "valor para los stakeholders" (partes interesadas: trabajadores, comunidades, medio ambiente, usuarios).
También pasaría por crear instituciones financieras públicas que no busquen simplemente replicar la lógica de la banca comercial, sino canalizar crédito hacia la economía real, apoyando a pymes innovadoras, cooperativas y proyectos de infraestructura social que el mercado financiero tradicional ignora por considerarlos poco rentables a corto plazo.
Andamiaje capitalista
Y se apostaría por la democratización de la gobernanza, con consejos de administración donde la voz de los trabajadores y del sector público tenga un peso real, evitando que las decisiones estratégicas de las grandes corporaciones se tomen exclusivamente en función de maximizar el beneficio legalmente blindado de los accionistas ausentes.
¿Resignación o audacia e imaginación? Pistor muestra lo que hay, la argamasa que se ha construido para hacer casi imposible cualquier cambio de envergadura. Mazzucato insiste en construir una sociedad distinta, en parte porque estará en su interés más egoísta hacerlo: ¿no hacemos nada ante el cambio climático que lo puede destruir todo?
El análisis de Pistor actúa como un mapa de advertencia. Muestra las cadenas invisibles pero de acero que la ley ha tejido para consolidar la desigualdad. Ignorar estas estructuras jurídicas lleva al fracaso a cualquier movimiento reformista, pues los tribunales y los códigos del capital neutralizarán cualquier intento de cambio si este no ataca el corazón de la arquitectura legal.
Sin embargo, la propuesta de Mazzucato incide en la voluntad política transformadora que nos impide caer en la parálisis.
Recuerda la autora italo-norteamericana que el capitalismo no es una fuerza sobrenatural, --como dice Beckert-- sino un andamiaje institucional construido por seres humanos.
Si la sociedad es capaz de organizarse en torno a misiones colectivas claras, de condicionar el apoyo financiero público al beneficio social, y de disputar el sentido y la codificación del valor y de la propiedad, la colaboración masiva para resolver los grandes problemas de la humanidad deja de ser una utopía inalcanzable para convertirse en una tarea inaplazable.
Este es hoy el dilema que no se acaba de interiorizar. El debate sobre la vivienda lo muestra con crudeza. En España y en todo el mundo. Por cada Mazzucato que busca una salida, hay una Pistor que enseña las columnas del andamiaje capitalista.
