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“Habría amado la libertad, creo yo, en cualquier época, pero en los tiempos en que vivimos me siento inclinado a adorarla”.

Es una cita del pensador Alexis de Tocqueville que, desde que fue escrita en 1840, ha sido recuperada miles de veces. Célebremente, más de cien años después, por Friedrich Hayek, que la eligió para encabezar su ensayo Camino de servidumbre.

Precisamente porque no hay época en la que la libertad no parezca amenazada, tampoco hay momento que no sea bueno para volver a un pensador que tanto empeño puso en defenderla de todo tipo de tiranías.

Por eso es de celebrar que un club de Barcelona que lleva su nombre, el Club Tocqueville, y que se define como el meeting point del constitucionalismo catalán, haya decidido iniciar este curso con una conferencia titulada Tocqueville y la Revolución de 1848.

Letra Global entrevista a su ponente, el catedrático de Filosofía del Derecho de la Universitat de Barcelona (UB) Ricardo García Manrique.

el catedrático de Filosofía del Derecho de la Universitat de Barcelona (UB) Ricardo García Manrique Cedida

A pesar de su importancia, Tocqueville no es hoy un autor muy leído por el gran público. ¿Cuál cree que es su gran aportación a la filosofía política?

Él es un gran analista de su tiempo, la primera mitad del siglo XIX. Cuando viaja a Estados Unidos para investigar la condición social y política del país, hace un diagnóstico de lo que es una sociedad democrática que, en cierto sentido, no ha sido superado. Es el primer gran diagnóstico de las características, las virtudes y los peligros de una sociedad democrática, un sistema que no existía todavía en Europa.

Habla de La democracia en América, pero vayamos primero al libro que fue objeto de su ponencia: sus Souvenirs. ¿Encuentra similitudes entre la sociedad previa a la Revolución de 1848 y la actual?

Son sociedades muy distintas. La sociedad francesa de mediados del siglo XIX todavía no era democrática; era muy poco igualitaria, mayoritariamente rural, la Revolución Industrial estaba en sus inicios. Pero a mí me llamó la atención, al volverlo a leer, el desarrollo de la Revolución y de la Segunda República francesa, cómo Tocqueville advierte del peligro que suponen los demagogos, los populistas, en el desarrollo de las políticas y de la propia República.

Ahora se habla mucho del auge de los populismos, de los radicalismos, de la demagogia como estrategia de comunicación política, pero no hay nada nuevo en eso, y ese libro lo refleja muy bien.

Hay dos grandes autores que han descrito esa revolución: uno es Tocqueville y el otro es Karl Marx.

Los dos son análisis magníficos. Son desde luego de lo mejor que se escribió sobre esa época, la Revolución del 48, y también de lo mejor de las obras de sus autores. Hay quien dice, y yo creo que no le falta razón, que El 18 de brumario de Luis Bonaparte es el libro mejor escrito de Marx.

Recuerdos de la Revolución de 1848, de Alexis de Tocqueville Trotta Editorial

¿En qué coinciden?

Es sorprendente que sus diagnósticos son muy cercanos. Es decir, los dos ven más allá de lo evidente: ven cuál es la lógica de lo que está sucediendo. Ambos detectan la aparición de la clase obrera como sujeto político autónomo, además de lo que en su día se llamaba el Cuarto Estado. El Cuarto Estado se desgaja del Tercero, y el enemigo deja de ser la vieja aristocracia y pasa a ser la burguesía. Eso ambos lo ven con suma claridad.

También ven el carácter y la mediocridad de Luis Bonaparte, pero anticipan el éxito político que va a tener entre el campesinado francés, lo que le llevará a la presidencia de la República y luego al Imperio.

Ambos ven también ese carácter que Marx llamó trágico-cómico, de farsa, de la Revolución. La Revolución del 48 es una revolución poco seria por contraste con la primera, la de 1789.

¿Y en qué difieren?

En la valoración. Tocqueville es un conservador: por nacimiento y por vocación es un aristócrata. Él ve con miedo la acción política de las clases populares. Y Marx lo ve con esperanza. Ve en el advenimiento de esa acción política de las clases populares un futuro más justo y, en todo caso, más representativo.

La Revolución de 1848 terminó derrocando la monarquía de Luis Felipe I, que era un régimen que Tocqueville había criticado. ¿Cómo se entiende, entonces, su rechazo?

Lo que le disgusta a Tocqueville es el propio fenómeno revolucionario, porque él es un hombre de orden. Cree que los cambios políticos revolucionarios son incontrolables, tiene miedo de la política callejera. Esa alegalidad, ese recurso a las vías de hecho, unidos a su carácter social o socializante, es lo que no le gustó.

A diferencia de la primera Revolución Francesa, los eslóganes de esta segunda eran eslóganes sociales vinculados con los intereses de los trabajadores. Y él, como buen liberal conservador de la época, creía que la política no debía ocuparse directamente de cuestiones sociales ni tratar de alterar la estructura social, sino articular un marco político en el que las fuerzas sociales se desenvolvieran por sí mismas.

Por ir a su obra más importante, La democracia en América. ¿Qué valoración cree que haría Tocqueville, que tan bien describió la democracia americana del siglo XIX, del estado en el que se encuentra en la actualidad?

Esto es casi espiritismo, pero poniéndonos en esa situación, yo creo que a Tocqueville le desagradaría sumamente un perfil político como el del actual presidente de los Estados Unidos. Porque Tocqueville era un hombre sumamente riguroso, educado, formal, intelectualmente sobresaliente, y detestaba la vulgaridad en todos los niveles, y desde luego más en el político.

Pero no le sorprendería esta deriva populista, porque precisamente él detecta en las sociedades democráticas una tendencia a la vulgarización cultural, social, de las costumbres; una igualación por abajo. Y en ese sentido, que un sistema democrático alumbre líderes tan vulgares, tan demagogos, tan poco ilustrados, no sorprendería a nuestro autor.

Lección del Club Tocqueville: "Tocqueville y la Revolución de 1848", con Ricardo García Manrique Club Tocqueville

Tocqueville es un aristócrata y, al mismo tiempo, un defensor de la democracia liberal. Es un personaje que puede decirse que está entre dos mundos, entre el fin del Antiguo Régimen y el inicio de la nación moderna democrática. ¿Eso le da una particular lucidez?

Desde luego, él era un hombre muy lúcido. No sé si por estar en esa tesitura histórica o por otras circunstancias, pero lo que sí es cierto es que está a caballo entre la tradición y la modernidad.

Él es vástago de una familia de aristócratas, de la nobleza normanda, que vive en un mundo donde la nobleza ha perdido su poder. Como mínimo, creo que esa situación de tránsito, en lo social y también en lo personal, su particular condición, le hace reflexionar sobre la rapidez con la que el mundo está cambiando. Y esa es también la brillantez de su diagnóstico en La democracia en América: anticipa cómo va a ser el mundo y cómo se va a regir. Él ve claramente que esa democracia norteamericana se extenderá, antes o después, por todo Occidente.

¿Cree que el tiempo le dio la razón al tener esos recelos sobre la igualdad social?

Él viene a decir que el amor por la igualdad es el motor de la historia europea, desde la Baja Edad Media, desde el siglo XI o XII. No es una cosa moderna, sino que él detecta en la cultura occidental una tendencia a la igualación de condiciones, con sus consecuencias sociales y económicas, que es inevitable.

Él es básicamente un sociólogo, un observador, un precursor de la sociología, si se quiere. No es tanto un moralista o un filósofo de la política que diga lo que está bien y lo que está mal, simplemente detecta en esa tendencia a la igualación una serie de males.

Hemos hablado de la vigencia de su pensamiento, pero ¿qué cree que ha envejecido mal de la obra de Tocqueville? ¿Hay alguna de sus ideas que crea que, en cierto modo, es hija de los prejuicios de su tiempo?

Donde Tocqueville se mostró menos abierto al futuro inmediato es en la valoración de la acción política de los trabajadores y en la valoración del propio fenómeno del socialismo, que él detestaba.

Uno puede detestar algunas de las formas del socialismo, por ejemplo las más autoritarias o las menos democráticas o menos respetuosas con los derechos individuales, pero el socialismo como fenómeno político al final ha acabado siendo indispensable en la historia política occidental, y también mundial.

Pensar que los trabajadores no se iban a organizar en busca de la mejora de su condición, o que eso no era bueno, o pensar que el Estado debía mantenerse en los términos estrictos de no intervención, que no iba a intervenir en las relaciones económicas o en la ordenación del mercado, eso se ha revelado como un diagnóstico, como mínimo, insuficiente.

Y ya para terminar, usted es miembro del Club Tocqueville de Barcelona. ¿Puedes explicarnos qué es?

El Club Tocqueville es una asociación de personas interesadas por la reflexión, el debate y el diálogo en relación con los asuntos de carácter político. Es una idea muy tocquevilliana. La idea de que las sociedades, para ser saludables, necesitan los llamados cuerpos intermedios: asociaciones de personas que contribuyan a formar opinión pública.

Pretende, modestamente, claro, contrarrestar el exceso de demagogia, de radicalismo, de polarización que caracteriza nuestra vida política. Si podemos contribuir, aunque sea mínimamente, a generar esa opinión pública ilustrada, alejada de esa polarización, pues tanto mejor.