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La reflexión es de tal calibre, después de todo un aparato estadístico y de tomar en cuenta muchas variables, que es necesario leer las palabras textuales: “La relación estadística entre la desigualdad y la erosión (democrática) era muy robusta: por mucho que lo intentáramos, resultaba muy difícil librarnos de ese resultado estadístico. (..) “Menos desenchufar los ordenadores, lo probamos todo, sin conseguir que el efecto de la desigualdad desapareciera”.

El debate es de gran intensidad. Las interpretaciones son diversas. Es una guerra cultural, es el odio a los inmigrantes porque no se puede repartir la escasez, es la debilidad del liberalismo y de la izquierda, en concreto, que se ha centrado en inútiles debates identitarios. Sí, y no.

Todo se coloca en una coctelera y se agita para llegar a conclusiones que no admiten matices. Sin embargo, lo que ha sucedido en todo el mundo occidental y, de hecho, en todo el planeta, en los últimos cuarenta años, desde los años ochenta del pasado siglo hasta ahora, muestra una línea de continuidad: una polarización salarial paulatina.

Es uno de los mensajes fuertes de Susan C. Stokes, una de las más lúcidas, influyentes y respetadas de la ciencia política contemporánea. Catedrática de Ciencias Políticas en la Universidad de Chicago y directora del Chicago Center on Democracy, Stokes ha dedicado su vida académica a descifrar las complejas dinámicas de la representación política, la participación ciudadana y la salud de los regímenes democráticos.

Portada del libro de Stokes

Acaba de publicar Los regresores, líderes que erosionan sus propias democracias (Galaxia Gutenberg), donde muestra su profundo rigor empírico y analítico, el que le llevó a cofundar Bright Line Watch, un observatorio internacional de referencia dedicado a auditar, medir y alertar sobre las amenazas y erosiones que sufren las democracias occidentales en tiempo real.

¿Y qué sucede en el interior de esas democracias, desde Estados Unidos a Francia, Reino Unido o India, entre muchas otras?

La tentación autoritaria está cada vez más presente. Ya no hay golpes militares que acaben con las democracias. No hay tanques o soldados armados. Todo es mucho más sutil. Algunas voces señalan que lo que sucede en Estados Unidos, de otro modo, también se podría aplicar en España, con el choque frontal que se ha producido entre el poder ejecutivo y el poder judicial. Pero eso es interpretativo. No está en el radar de Stokes, que busca datos y los compara con diversos factores.

La autora de Los regresores disecciona cómo presidentes y primeros ministros que alcanzan el poder legítimamente en las urnas se convierten en los principales sepultureros del sistema que los eligió.

Donald Trump EP

Lejos de romper drásticamente la baraja institucional, estos "regresores" operan mediante una erosión paulatina y calculada, socavando los contrapesos del Estado de derecho con el beneplácito, o al menos la indiferencia, de una parte sustancial de la ciudadanía.

Pero, ¿por qué lo tienen más fácil que en otros momentos de la historia reciente? Stokes bucea en las raíces estructurales del descontento y sitúa a la desigualdad económica como el principal combustible de la vulnerabilidad democrática.

Las consecuencias de la globalización tardía y la brecha persistente de ingresos –que se inicia tras las revoluciones neoliberales de Thatcher y Reagan en los años ochenta del siglo XX-- han dejado a amplios sectores de la población sumidos en la frustración y la intemperie social.

Este malestar acumulado fertiliza el terreno para que germine una profunda polarización partidista, facilitando la llegada al poder de liderazgos de signo muy diverso —desde populistas de izquierda hasta nacionalistas identitarios de derecha— cuyo denominador común es la explotación sistemática del resentimiento cívico.

Son dirigentes, como Trump o ¿Abascal con Vox en España, con el aplauso del PP?, que canalizan el hastío popular convenciendo a las bases de que las instituciones tradicionales, desde los tribunales de justicia hasta la prensa independiente, no son más que reductos de élites corruptas e incompetentes que conspiran contra el pueblo.

La catedrática de Ciencias Políticas Susan C.Stokes Universidad de Chicago

El éxito táctico de estos gobernantes radica en su habilidad para vaciar de contenido la democracia sin derribar formalmente su fachada. Es difícil considerarlos dictadores clásicos, porque todo se hace de forma más pausada, con ayuda de las redes sociales y de una apabullante información que, en realidad, desinforma.

Mantienen un caudal de apoyo popular basado en la confrontación permanente, normalizan la agresión a los árbitros electorales, la persecución de la labor fiscalizadora y la cooptación silenciosa de los jueces.

Para sus simpatizantes, cada ataque a la legalidad se percibe erróneamente como un acto de justicia frente al adversario político, lo que adormece las alarmas democráticas de la sociedad. Esta dinámica de desgaste institucional se nutre de la erosión de las normas no escritas que regulan la convivencia política, sustituyendo el consenso y la tolerancia institucional por una lógica de suma cero donde el adversario político no es un rival legítimo al que derrotar en las urnas, sino un enemigo existencial al que hay que aniquilar o deslegitimar por completo.

Normas no escritas

Lo que hace Stokes es señalar el gran problema que se suele dejar de lado. Las democracias liberales se basan en pactos que no están en las Constituciones, en cuestiones que se entienden que forman parte del acervo cultural y político, como una relación fluida entre gobiernos y partidos de la oposición, con el respeto de esas normas no escritas que pasan por reconocer la legitimidad del adversario.

Vale la pena aquí recordar uno de los apuntes de José María Lassalle en su libro La persistencia de la memoria. Lassalle, un intelectual cooptado por el poder político, que fue secretario de Estado de Cultura y Agenda Digital en el Gobierno de Mariano Rajoy, escribe en su diario el miércoles 3 de noviembre de 2004:

“Bush reelegido con el mayor apoyo popular de la historia. Ha sacado casi cuatro millones de votos a Kerry. Este ha reconocido la derrota con la elegancia de un caballero de Nueva Inglaterra. Su fair play dice mucho de lo que se ha perdido al no tener en la Casa Blanca a un discípulo de Henry Adams que todavía piensa que la democracia es una conversación civilizada en un porche de los Hamptons al atardecer”.

Salvando ese aire aristocrático, que resulta divertido, lo que señala Lassalle es lo que se ha acabado perdiendo: la imposibilidad de mantener una conversación pública sin desear que el ‘otro’ acabe entre rejas.

Stokes incide en su libro en el elemento paulatino. El retroceso democrático rara vez ocurre de la noche a la mañana. Es, más bien, un proceso de degradación gradual donde las instituciones van perdiendo sus anticuerpos protectores debido a la presión constante del Ejecutivo.

Los mandatarios que practican esta regresión aprenden a caminar sobre la cuerda floja constitucional, utilizando subterfugios legales, reformas exprés y nombramientos partidistas para domesticar los órganos de control.

Y de este modo, logran un doble objetivo perverso: por un lado, neutralizan cualquier intento de fiscalización sobre sus abusos de poder y, por el otro, mantienen un barniz de legalidad formal que les permite presentarse ante la comunidad internacional y sus propias bases como líderes democráticos que simplemente están limpiando el Estado de interferencias oligárquicas.

El libro aborda diferentes situaciones con distintos países involucrados, entre ellos Estados Unidos, uno de los países que ha experimentado una más rápida erosión democrática en los dos mandatos de Donald Trump. Junto a los norteamericanos aparecen Turquía, Serbia, Senegal, Polonia, México, India, Hungría, Benín, Brasil, Filipinas, Zambia, Nicaragua, Bolivia, República Dominicana, Botsuana, Sudáfrica, Ecuador, Macedonia, Ucrania, Venezuela y Moldavia. Y es importante que para Stokes no hay diferencias respecto al color político: los regresores son populistas de izquierdas o etnonacionalistas de derechas.

¿Una sociedad civil fuerte?

Están en todo el abanico de opciones ideológicas y se aprovechan de la frustración y del resentimiento debido a una cada vez mayor polarización que ha facilitado e impulsado una globalización que ha beneficiado en mayor medida a las élites que a las clases trabajadoras o medias de cada país.

Ahora bien, hay salida, hay una posibilidad de cambiar esa tendencia hacia el autoritarismo. Las democracias pueden sobrevivir.

Todo dependerá, a juicio de Stokes, de los mecanismos de resistencia ciudadana e institucional necesarios para frenar esta deriva autoritaria. La defensa de la libertad exige una movilización activa y coordinada donde el periodismo riguroso, la firmeza de las organizaciones no gubernamentales, la independencia judicial y la responsabilidad de los partidos democráticos de oposición actúen como un dique de contención infranqueable.

La sociedad civil y las élites comprometidas con la república deben aprender a reconocer, por tanto, las señales tempranas del autoritarismo competitivo antes de que los canales institucionales de rectificación queden clausurados por completo.

No habrá liberadores. Habrá sociedad, si es que interioriza el problema, y, si es así, si está dispuesta a trabajar por mantener un sistema de libertades. Y eso no está tan claro, pese a los buenos consejos de Stokes.