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Si lo que se persigue es la convivencia y la verdad, desde la honestidad intelectual, y no se sigue las consignas de un colectivo, impuestas por un grupo que ensalza al líder porque considera que no ha cometido ningún error, entonces el futuro será mejor que se trabaje en otros lugares.

Nos situamos en julio de 2004. Las heridas están abiertas. España se ha dividido en dos partes irreconciliables, tras una experiencia traumática. Los atentados del 11-M, que marcaron las elecciones generales del 14-M y que dieron la victoria al socialista Rodríguez Zapatero, por encima del candidato de José María Aznar, Mariano Rajoy, han dejado una huella muy profunda.

José María Lassalle (Santander, 1966) vive ese momento. Y ha recuperado los diarios de aquella época, recogidos en un libro sobrecogedor y ameno: La persistencia de la memoria, Diarios I (2001-2006). (Taurus).

Lassalle forma parte en esos años del núcleo de poder, un intelectual liberal, con una tesis doctoral sobre John Locke, que ha sido cooptado por los pretorianos de Aznar. Es profesor en la Universidad Carlos III, dirige y organiza seminarios en Faes, publica en ABC, dirige la Fundación Carolina –proyecto de Aznar para potenciar la colaboración con Latinoamérica—y está llamado a ser una pieza fundamental para el PP y los gobiernos del PP.

En esos meses el aznarismo no puede soportar lo que ha ocurrido. Ha perdido el poder, Mariano Rajoy no es el dirigente que se considera adecuado para esa nueva circunstancia, y el propio Aznar comienza a levantar un muro frente a Rajoy.

A Lassalle lo han acompañado en esas esferas de poder Miguel Ángel Cortés, Javier Fernández-Lasquetty o la propia Esperanza Aguirre. Uno de sus mentores es José Romay Beccaria. Y Aznar, en persona, se interesa periódicamente por sus problemas en la Carlos III con el rector Gregorio Peces Barba, que, casi como un Papa que exige fidelidad absoluta, recela del joven intelectual que se aproxima a la política y que –a sus ojos—rivaliza periodísticamente con él con artículos en los que ha defendido la posición de Aznar de acercarse a Estados Unidos e, incluso, de apoyar la guerra de Irak.

El apunte del 18 de julio de 2004 es ilustrativo de la posición de Lassalle, la que defiende en todo momento y que resulta necesario destacar para poder hallar algún camino de entendimiento en la política española.

“Fue sintomático del estado de ánimo de la guardia de corps el comentario que hizo Lasquetty a mi tercera en ABC: ‘Veo que empezó el revisionismo sobre la guerra. ¿También lo hará Rajoy?’ Le contesté: ‘Hace un año hablábamos de armas químicas. Ahora de torturas. Siempre pensé que aparecerían las primeras y nunca pensé que tendríamos las segundas. ¿Acaso no luchamos por la democracia?’. No hubo despedida”.

Acaba de ser elegido diputado en las elecciones generales de 2004. Está a las órdenes de Zaplana en el grupo parlamentario del PP. Pero Lassalle quiere abrir una nueva etapa. Está en el equipo de Mariano Rajoy, redacta discursos e intenta influir para pasar página lo antes posible, sin el resquemor de los aznaristas –“Zarzalejos, siempre con un rostro que denota mal humor"—y considera que el manejo de la guerra de Irak fue un desastre y todavía más “la gestión de la comunicación”, tras los atentados del 11-M, con la obsesión sobre la supuesta autoría de ETA.

El libro de José María Lassalle

Lassalle entiende que no se puede cuestionar la legitimidad del nuevo gobierno de Rodríguez Zapatero, a diferencia de ese núcleo de Aznar que se ha enrocado en el anti-Zapatero.

El ya político se pregunta, analiza sus decisiones, busca respuestas ante situaciones nuevas. Se ve frágil en un mundo en el que se ha visto inmerso. Aunque lo hace de buen grado.

Quiere seguir una vida académica, pero la política le atrae. Y esos años son muy golosos en un contexto en el que Aznar ha ganado por mayoría absoluta y desea implementar muchos proyectos y necesita una argamasa intelectual. Lassalle produce, organiza, acumula mil lecturas y entiende que España necesita abrir una ventana liberal, pero real, comprometida con la democracia.

Los diarios destilan esa voluntad, con comentarios jocosos, también sutiles, sobre una derecha española que, a su juicio, está anclada en la tecnocracia franquista. Sobre esos ‘supuestos’ liberales que medran alrededor de Esperanza Aguirre, la capitana de la Comunidad de Madrid, Lassalle no se corta y señala que confunden a Curro Jiménez como un liberal porque lleva las mismas patillas que Lord Byron.

Para el lector estos diarios resultan adictivos. Puede recorrer la reciente historia de España, con la visión de alguien que no oculta lo que es y que refleja un problema más concreto de la derecha española.

José María Lassalle, autor de 'La persistencia de la memoria'

Lassalle habla de Santander, de sus padres, de sus relaciones también con sus parejas. Es interesante el comienzo de su relación con Meritxell Batet, diputada socialista en 2004. Comenta también sus comidas de trabajo, sus sobremesas con una élite intelectual y política que gobierna España desde siempre, y que lo encuentra natural.

Alaba a Valentí Puig y también a Pancho Pérez (PRISA), que es de los primeros que le auguran un buen porvenir político, al considerarlo como un “intelectual” que desea influir para hacer política.

Es sintomático el comentario de César Alonso de los Ríos. La conversación con Lassalle se alarga. Corre el mes de abril de 2002. Y el periodista, que fue asesor de Javier Solana en el Ministerio de Cultura, le espeta: “Gente como tú necesita la derecha española. Personas cultas con mentalidad abierta, capaces de romper los esquemas de la izquierda y la derecha”.

El entonces todavía profesor e intelectual, con una relación ya muy intensa con el círculo de Aznar, reflexiona sobre la frase de Alonso de los Ríos: “Al despedirnos me dijo lo que intuyo será mi condena política”.

¿El recorrido? Apabullante. La crítica a las posiciones de Jiménez Losantos es demoledora. Lo que apunta en el diario es más contundente que lo que reflejaría en una reseña en ABC sobre un libro del agitador derechista sobre su relación con Aznar.

Considera que Aznar le “plantó la puerta en las narices” a Losantos por clasismo, al entender que el periodista venía de un falangismo rural (JONS), de familia modesta, frente a la educación franquista de Aznar, perteneciente a una familia acomodada que vivió de maravilla bajo la dictadura, con el reconocimiento a su abuelo Manuel Aznar y a su padre.

El engaño del PSOE

Esa cuestión es vital. Lassalle, un ‘señorito’ de Santander, clase media (con abuelo republicano), analiza en profundidad la evolución de España. Para él, la tecnocracia franquista dirigió la Transición, a través de la UCD. E impidió grandes cambios, con una estructura cultural que no ha variado en exceso.

El poder, en ese Madrid que conoció para ejercer de profesor en la Carlos III –acabaría fuera de ella, por la animadversión de Peces Barba— es el objetivo de toda una suerte de funcionariado con relaciones familiares en el franquismo tecnócrata que ve como algo natural manejar los resortes del Estado.

Una élite que se desvive por leer y comentar las ‘terceras’ del ABC. Un mundo que ha quedado atrás, pero que, para esa derecha, sigue vigente.

Los apuntes acaban en marzo de 2006. Pero Lassalle debe tener preparados ya las entradas de los siguientes años, con una carrera que le llevó a ser, con Rajoy, secretario de estado de Cultura y de Agenda Digital.

En los últimos escritos de este primer volumen deja constancia del gran problema que llegará desde Cataluña con el Estatut, y la posición incómoda de Josep Piqué como presidente del PP catalán, que no pudo negociar nada frente a la total oposición de Ángel Acebes.

Pero constata el “engaño” del PSOE, cuando se estuvo a punto de lograr un acuerdo entre el PP y los socialistas para sacar adelante el Estatut. Un acuerdo que rompió el PSOE al pactar con Artur Mas, el líder entonces de CiU, dejando descompuesto al propio PSC y al presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall.

Lectura trepidante de alguien que no tiene ningún rubor en mostrar los manejos del poder, las dudas de un intelectual que coloca un espejo frente a sí y descubre también sus propias debilidades.