Cuando no se quiere ver o reconocer la realidad (“aquello que encuentro tal como lo encuentro”) se echa mano de formas de distorsión y ocultación. Una de ellas es recurrir al empleo de etiquetas, una especie de amuletos fijos. Así, es habitual que ‘ser de derecha’ o ‘ser de izquierda’ lo explique todo: unos son los buenos y otros son los malos, y viceversa. Pero, como Ortega dijo, son dos de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil.
Así sucede que, la realidad del cambio climático, comprobada científicamente, es negada con ahínco, desfigurada y ocultada, porque poderosísimos intereses económicos no están dispuestos, bajo ningún concepto, a modificar sus negocios; y difunden, por sistema, prejuicios e información errónea.
Se confunde a la opinión pública y la razón científica es desplazada por la razón ideológica que lo califica de invención izquierdista; para lo cual encuentran apoyo en sus adversarios políticos, que se alimentan unos a otros en bucle.
Por el contrario, la idea de calentamiento global no es discutida por nadie, tal es la evidencia que experimentamos todos sin excepción: el aumento de la temperatura media anual de la superficie de la Tierra. Pero ambos conceptos, ligeramente distintos, están íntimamente ligados.
El gran delirio (Capitán Swing), subtitulado ‘el cambio climático y lo impensable’, es un libro publicado hace diez años y cuyo autor es el escritor bengalí de obras de ficción Amitav Ghosh (ha sido traducido a más de treinta idiomas, es economista y ha formado parte de los jurados de los festivales de cine de Locarno y Venecia).
Portada de 'El gran delirio'
La escasa ficción de la crisis climática
La realidad conjunta del paso del tiempo y la estructura geológica (con sus movimientos de placas tectónicas, en especial) nunca ha dejado de influir en la historia de la humanidad, pero quizá más ahora —señala Ghosh— en forma directa e implacable. Por esto se pregunta por qué el actual e inquietante cambio climático ha proyectado pocas obras de ficción.
Asimismo, se plantea si la ciencia ficción es más adecuada que la ficción literaria habitual para abordar el cambio climático, acumulativo e irreversible, que nos llena de extrañeza; se habla entonces de ficción climática, cli-fi, un término acuñado hace unos veinte años. Una ficción con aire de irrealidad que facilita tomar conciencia de la crisis climática, sin ejercer de woke.
No hablemos ahora del Sol apagado, la Tierra helada, el cielo sin Luna del Darkness de Lord Byron, tampoco del Frankenstein de Mary Shelley, recurramos al conocimiento almacenado en Oriente para no silenciar lo que no es humano y es inaudito e improbable.
Nos puede impregnar una ansiedad climática en la previsión de futuros refugiados climáticos y de la necesidad de alejar del mejor modo, cuando es posible, a millones de personas de la costa ante tormentas descomunales. Veamos algunos datos:
Hace veinte años, se produjo en Mumbai (Bombay) un aguacero sin precedentes: 944 litros de lluvia por metro cuadrado en 14 horas. Y hace cuarenta años, hubo en el Camerún (en el lago Nyos) una erupción repentina de miles de toneladas de dióxido de carbono se extendió por las aldeas colindantes dejando muertas a más de 1.700 personas y a numerosos animales. Una experiencia en términos de azar y casualidad, la importancia de lo improbable.
Siguiendo con la India, Ghosh destacaba hace diez años que el 24 por ciento de la tierra allí cultivada se estaba convirtiendo poco a poco en desierto, y que “un aumento de dos grados centígrados de la temperatura media mundial reduciría en una cuarta parte el suministro de alimentos del país”. Recordemos el libro del profesor José María Baldasano Dos grados más no son para tanto.
Portada de 'Dos grados más no son para tanto'
Con respecto a China, que tiene el 7 por ciento de las tierras cultivables del mundo y alimenta a más del veinte por ciento de la población mundial, la desertificación —recalcaba Ghosh— está causando pérdidas directas anuales de 65.000 millones de dólares.
Por cierto, podemos preguntarnos por qué China, donde hace mucho que el carbón es apreciado y utilizado, no hizo antes que Gran Bretaña la transición a una economía del carbón a gran escala. Se conjetura que quizá porque las reservas de carbón no estaban situadas en zonas de fácil acceso.
Parece ser que en los pueblos del valle del Ganges abundaban los hombres capaces de mantener en servicio una flotilla de barcos de vapor. Dwarkanath Tagore, abuelo de Rabindranath (premio Nobel de Literatura en 1913), fue clave en la historia de la economía del carbono en la India.
Promocionó el ferrocarril, como empresario tomó la iniciativa de construir una infraestructura comercial y compró yacimientos de carbón de Raniganj, en el estado de Bihar, uno de los principales proveedores de la Bengala Occidental.
Fracasó, no por falta de ingenio y laboriosidad, sino por no recibir el apoyo necesario de la Compañía de las Indias Orientales: la potencia colonial no quiso que los indios desarrollasen sus propios sistemas energéticos basados en el carbón. No se olvide.
La no independencia política
Hay responsabilidades intergeneracionales a largo plazo que siempre hay que considerar y nunca esconder. Amitav Ghosh insiste en que las estructuras políticas formales de hoy son incapaces de hacer frente por sí solas a la crisis climática. Y gira la mirada hacia la capacidad de movilización de las organizaciones religiosas, que él entiende incomparable. En especial, valora la encíclica Laudato sí, del Papa Francisco, acerca del cuidado de la casa común.
Los estamentos militares y los llamados servicios de inteligencia son más conscientes de la realidad que nos circunda de lo que su silencio habitual podría hacernos presumir. En el caso estadounidense, no pueden creerse la pamplina de que la reducción del uso del petróleo suponga un asalto contra los valores culturales de los Estados Unidos.
Hace trece años, el teniente general James Clapper, director de la Inteligencia Nacional de Estados Unidos, dijo en el Senado:
“Los fenómenos meteorológicos extremos (inundaciones, sequías, olas de calor) afectarán cada vez más a los mercados de alimentos y energía, lo que exacerbará la debilidad de los Estados, provocará movimientos migratorios humanos y dará lugar a disturbios, desobediencia civil y vandalismo”.
Hablemos por último del calor extremo, de unas condiciones difíciles para aclimatarse. Ghosh destaca que, en 2003, la ola de calor causó 46.000 muertos en Europa, y que, en 2010, originó 56.000 muertes en Rusia: “Estas cifras son muy superiores a las de la ola de calor de 2015 en Asia meridional y la región del Golfo Pérsico, que registró índices de calor de hasta 72,8 grados centígrados” de sensación térmica. VII-26
