Establece comparaciones entre diversos sistemas políticos, indaga en los índices de corrupción y busca un difícil equilibrio entre el análisis de las ideologías y sus efectos prácticos. Es Víctor Lapuente, (Chalamera, Huesca, 1976), autor de obras importantes como El retorno de los chamanes, Organizado el Leviatán o Decálogo del buen ciudadano. Lapuente ha querido, sin embargo, adentrarse en la ficción para poder analizar mejor qué nos ocurre, cómo la modernidad ha dejado muchas cosas por el camino y las comenzamos a añorar.
Se trata de Inmanencia (AdN). El politólogo, ensayista y profesor universitario desplaza al terreno de la novela sus preocupaciones sobre la libertad, la democracia, la tecnología y el individualismo contemporáneo, pero lo hace sin sacrificar la dimensión estética del relato.
Su escritura busca tensión, atmósfera y pensamiento a la vez. Y el resultado es una obra que dialoga con la tradición de la novela de ideas, aunque se lee con el pulso de un thriller filosófico y la melancolía de una reflexión sobre el precio moral de la modernidad.
Convencer y permanecer en el tiempo. Es lo que reclama Lapuente, que no se limita a exponer una tesis ni a ilustrar un diagnóstico político o social. Convierte esas preocupaciones en una experiencia de lectura, muy adecuada para el verano, cuando se dispone de más tiempo para paladear lo que se lee.
¿Cómo lo logra? El lector se irá identificando con los personajes, sin que Lapuente haya querido ofrecer un programa cerrado.
La novela se articula en tres planos temporales, entre 1996 y 1997; 2024 y 2025; y 2085 y 2086. Hay una evolución de los personajes, la propia también de un modelo político y de gestión.
En el pasado, una experiencia juvenil vinculada a un misterio de resonancias simbólicas deja una huella duradera. En el presente, un personaje despierta en medio de una trama que lo obliga a reconsiderar su relación con el mundo. Y en el futuro, una sociedad tecnológicamente administrada revela el reverso sombrío de una promesa de armonía.
El juego de épocas produce una sensación de continuidad inquietante. Lo que en un momento aparece como inocencia, en otro se convierte en herida. Lo que parecía una búsqueda, acaba revelándose como una forma de destino.
Desde el punto de vista literario, esa composición permite a Lapuente trabajar una de las dimensiones más interesantes de la novela: la del eco.
Cada bloque temporal parece responder a otro, de manera que el lector avanza por resonancias antes que por simple sucesión de acontecimientos. Esa técnica da a la narración una cualidad casi musical, en la que los motivos se repiten transformados y las preguntas retornan bajo nuevas formas.
Portada del libro de Víctor Lapuente
El pasado no queda atrás, el presente no se cierra en sí mismo y el futuro no aparece como una invención arbitraria, sino como la prolongación lógica, aunque de forma extremada, de ciertas pulsiones contemporáneas. Lo que nos ocurrirá, por tanto, ya lo tenemos en el presente. No se tratará de ningún salto en el vacío.
¿Qué le preocupa al politólogo que ha preferido exponer sus ideas a través de una novela? La alerta roja llega cuando se comprueba la fragilidad del individuo ante sistemas cada vez más sofisticados de control.
Pero sería reducir mucho si leemos Inmanencia solo como una distopía tecnológica.
La presencia del algoritmo, de la inteligencia artificial o de la administración total de la vida no funciona únicamente como advertencia futurista, sino como imagen de una transformación más profunda. Se trata de la sustitución de la experiencia por el cálculo, del vínculo por la optimización, de la decisión moral por el ajuste automático.
La novela no teme mostrar ese horizonte, pero lo hace con una sobriedad que evita el exceso apocalíptico. En lugar de un futuro espectacularizado, ofrece un futuro reconocible, casi plausible, y precisamente por ello produce más miedo.
El politólogo Víctor Lapuente, autor de 'Inmanencia'
Uno de los méritos de la prosa de Lapuente es su capacidad para sostener ese equilibrio entre claridad conceptual y densidad atmosférica.
La escritura no se desborda en ornamentación, pero tampoco se conforma con la sequedad expositiva. Lapuente quiere ser preciso, pero deja espacio para la ambigüedad y para la sombra.
Lo decisivo no es solo lo que ocurre, sino el tono en que ocurre: una mezcla de extrañeza, reflexión y desasosiego que acaba impregnando toda la obra.
Inmanencia se aleja de la mera novela de tesis y se acerca a una tradición más valiosa, aquella que entiende que narrar consiste también en oscurecer lo suficiente para que el lector siga pensando después de cerrar el libro.
Aunque la novela discurre en torno a grandes ideas, como la democracia, la libertad, la fe en el progreso, la soledad contemporánea, el maximalismo individualista, no se limita a presentar a los personajes que puedan representar esos conceptos. Hay experiencias concretas y eso es lo que aporta Lapuente, consciente de que los politólogos pecan, en muchas ocasiones de análisis fríos, sin alma. Hay, por tanto, decisiones íntimas, lealtades rotas, dudas continuas y siempre aparece un cuerpo vulnerable, el de las personas, los ciudadanos, que se enfrentan a cambios vertiginosos.
Aparece el elemento, tal vez, central y más problemático. ¿Qué hacemos frente a la idea de progreso? ¿Es positivo el progreso? ¿En qué consiste?
La novela somete la idea de progreso a una lectura crítica, mostrando cómo las buenas intenciones pueden desembocar en formas de dominio más eficaces que las antiguas porque se presentan como neutrales, técnicas o incluso benévolas.
¿Qué se esconde? La sospecha de que el mayor peligro no siempre procede de la violencia explícita, sino de la normalización de un orden que ya nadie discute porque parece inevitable. La distopía, entonces, no surge de un golpe brusco, sino de una sucesión de pequeñas renuncias. Algo que sucede cada día.
Más técnica, más vulnerabilidad
El tiempo, para Lapuente, puede ser un problema moral. El pasado no es un depósito sentimental ni el futuro una simple proyección imaginaria.
Ambos se entrelazan para mostrar que cada decisión contiene una dimensión de responsabilidad que excede el instante en que se toma. Así, Inmanencia se convierte en una meditación narrativa sobre la herencia, la memoria y la transmisión: qué dejamos, qué repetimos, qué olvidamos y qué precio tienen nuestras ilusiones de libertad.
El ser humano ha avanzado, pero hasta un punto que todo lo que quiera llevar a cabo puede ser regresivo para la propia naturaleza humana. Lapuente indaga en el coste humano de querer hacerlo todo perfectamente calculable.
Cuanto más aumenta nuestra capacidad técnica para ordenar la vida, más vulnerable parece volverse la experiencia humana cuando se reduce a parámetros, métricas o algoritmos.
¿Hay beneficios en ello? Claro, pero no se puede dejar de lado el juicio de cada uno, la memoria, el deseo o la compasión.
Lo que apunta Lapuente es que la catástrofe no siempre llega como ruptura, sino como continuidad de lo que ya éramos, y eso crea un enorme pavor.
¿Qué mundo queremos? El que estemos dispuestos a construir. Lapuente ofrece esperanza. Sin embargo, ¿quién da los primeros pasos para cambiar, aunque sea ligeramente, de dirección?
Los personajes de Lapuente ofrecen pistas. Martín, Miriam, Pablo o Emma, la empresaria tecnológica, llevarán al lector hacia un mundo que puede asustar. Sobre todo si lo dirige FRIDA, la Inteligencia Artificial que puede destruir al propio ser humano.
