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La venida del Papa ha ocurrido en el contexto del estreno de una película sobre los abusos sexuales en la Iglesia Católica, La luz (Fernando Franco, 2026). Una vez más, la trascendencia se anuncia entre visos de masculinidad. No voy a ser la primera —y al paso que vamos parece que tampoco la última— que se ponga en guardia ante la alarmante invisibilidad de las víctimas de sexo femenino de uno de los delitos más atroces —todos lo son— y destructivo —el que más— que se pueda cometer contra la infancia.

Hace unos años se desató una polémica parecida, todavía hoy vigente: la de los niños soldado. Las noticias de los abusos cometidos contra ellos corrieron como la pólvora y las recibimos con el corazón en un puño, aquello era lo peor que podía pasar. Hasta que un día unas cuantas voces se pusieron a señalar que así era, pero que el horror adquiría una nueva dimensión cuando se trataba de esas de las que nadie hablaba ni nadie parecía o quería acordarse: las niñas soldado. Sistemáticamente violadas, sufrían exactamente los mismos tremebundos e irreparables daños que sus compañeros masculinos solo que, para ellas, el calvario no había hecho más que empezar.

Embarazos no solo no deseados, sino angustiosamente inexplicables para unas niñas que a duras penas deben entender por qué se les para la regla o su vientre se hincha. Partos en condiciones salvajes, cuando no tienen que presenciar impotentes el infanticidio de sus bebés, eso si no se encuentran atravesadas por repetidos abortos que acaban mal. Asesinadas cuando su naturaleza se convertía en carga.

¿Cuándo empieza a importar?

Había hecho falta que alguien hablase de los niños para luego, como nota al margen, recordar que también lo sufrían las niñas. Qué es lo que hace que todavía se entienda lo femenino como minoritario, como coletilla, como el ahora que lo dices es cierto. Pero bueno, la argumentación generalizada es que hablando de niños ya se entiende que se incluyen a todos, como si el abuso de cuerpos que son naturalmente diferentes afectara por igual, sin apenas variaciones sobre un mismo tema.

Las cifras hablan por sí solas. En España, casi el 70 por ciento de las víctimas de abusos y violaciones menores de edad son niñas (en la población adulta, las víctimas mujeres en este tipo de delitos se aproxima al 98%), a lo que habría que sumar aquellos casos de los cuales nadie sabe nada, reprimidos silencio adentro a fuerza de vergüenzas profesadas en el bando equivocado de la historia.

Kazimir Severinovich Malevich, ´Cuadrado negro´

Es evidente que no defiendo que abusar de un niño sea menos grave, pero tampoco más. De la misma forma que parece que el escándalo sea mayor cuando el crimen se perpetra en el seno de la Iglesia Católica. No me sorprende del todo. Al fin y al cabo, se trata de la institución patriarcal por excelencia, (todas las iglesias lo son por cuanto Dios es la sublimación de la masculinidad).

En el seno de una todopoderosa asociación eminentemente masculina, el tema del abuso hacia un niño encuentra su correlato y reacción en la esfera pública, revelándose así eminentemente patriarcal (las mujeres tenemos más derechos, pero la sociedad no ha cambiado), porque ese crimen pone en entredicho su masculinidad, es decir, porque lo ha feminizado.

El poco valor del contexto

No importa cómo se vista un criminal de este calado, ya sea de cura, de obispo, de distinguido CEO de transnacional o de presidente electo de alguna república (dos veces); o que el escenario del crimen sea una iglesia, un zaguán, una discoteca, un hotel de lujo o un aparcamiento de mala muerte. Ni tampoco el sexo de la víctima, cual fuere, puede ser razón para calibrar el grado de indignación de una sociedad, su gravedad o determinar el radio de alcance de su denuncia o su visibilidad.

No me parece mal que se hagan películas sobre el asunto. Al contrario. Ya era hora. Recuerdo que cuando los primeros casos empezaron a saltar en Irlanda, aquí todavía se exhalaban suspiros de alivio porque eso aquí no pasaba. Solo que parece que cuando ocurre en terrenos diseñados por y para la masculinidad adquiere una preeminencia que solo acaba por condicionar, a partes iguales, el grado de dolor y su sentido de reparación según el sexo. Unos más que otros. Unos son atroces, los demás (el 70%) horribles pero bueno, son niñas: ya nacieron feminizadas.

Balthus, Thérèse soñando

Los derechos de la infancia deben protegerse. La infancia es un derecho. Inalienable por lo demás. Y esa infancia un día se hace adulta, si el delito no acaba de la peor manera posible. El problema se encuentra en las dinámicas de dominación (hetero)sexual que siguen perdurando, como las describió en su día Simone de Beauvoir. No es solo cosa de niños.