La España saturniana, por Farruqo

La España saturniana, por Farruqo FARRUQO

Ideas

La España saturniana y liberal de Francisco de Goya y Rosario Weiss

Sergio del Molino, estilo liviano, toque culterano y muñeca atómica, cuenta los martirios del corazón sobre el relieve de la época. Pone en pie 'La hija', una novela de casi 700 páginas imposible de olvidar en la mesita de noche o en un vagón del metro; su realidad-ficción mejora el humor del lector

Llegir en Català
Publicada

A Juan Antonio Rascón, el hombre que sueña con un amor pubescente, se le escapan las lágrimas ante el Saturno de Goya, aquel cuadro del maestro que tanto molesta a la carcunda bien pensante. Rascón, convertido en sesentón y diplomático vacante, identifica el falso Goya, en el curso de una visita a la exposición del Trocadero parisino. Se da cuenta de que a Saturno le han sustituido la verga por un palo rígido que va desde el sacro del dios caníbal hasta las brujas desdentadas del pintor aragonés.

Lo cuenta el narrador de una historia escrita en primera persona por Sergio del Molino, La hija (Alfaguara). Es la vida de Rosario Weiss, junto a su madre, Leocadia, la mujer que ha compartido la vida con Goya, en la Quinta del Sordo, el domicilio y atelier del maestro, donde la joven aprende a pintar en días densos y en noches insomnes por la presencia de fantasmas de ultratumba, fruto de la guerra y los malentendidos en los que Goya vuelca su pesimismo existencial.

Casada con la pintura

En el arte del grabado, el pintor domina el aguafuerte, el aguatinta, la punta seca e incluso la litografía. Todo converge en las estampas que resumen todas las técnicas. Rosario, descubierta por Goya bajo un mismo techo, se convierte en la ahijada del pintor, se hace artista en la Academia de San Fernando y poco después enseña el arte de la paleta y el color a dos infantas de la corona española. Una noche de 1843, a la salida de palacio, Rosario muere a los 28 años, víctima de un ataque de pánico al cruzarse con un motín popular.

Portada del libro de Sergio del Molino

Portada del libro de Sergio del Molino

Ocurre al día siguiente de la caída de Espartero, héroe de las Guerras carlistas, duque de la Victoria y príncipe de Vergara; y el terrible suceso provoca una encendida necrológica en la Gaceta de Madrid a cargo de Juan Antonio Rascón, silente enamorado de la joven que yace amortajada.

Él y Rosario, adolescentes enamorados del amor, comparten del pasado los andares maravillosos en el Retiro; ella, cogida de su brazo, diciéndole a menudo que nunca se casará con nadie porque está casada con la pintura. “Qué arte teníamos entonces para no mancharnos los zapatos de barro ni pisar a los ciegos y cojos que nos miraban al pasar”, dice Rascón ante la pobreza y miseria, que torturó la mente de Goya, pegada a la razón que engendra monstruos. Lo comenta saliendo de la Madraza, como le llamaban al palacete de los Madrazo, la saga de pseudoartistas -revoloteada alrededor del pintor José Madrazo- con capacidad financiera para competir con los Cisneros a la hora de levantar el Prado.

Los personajes de La hija viven en un país de liberales y serviles; de besamanos y palabrería, “lleno de Esproncedas que proclaman sentimientos nobles, mientras se preocupan de pulir sus pedestales”.

Alternancia en el poder

Su autor, Sergio del Molino, confiesa en el pórtico que se trata de un Manuscrito encontrado de Juan Antonio Rascón, escrito en París el 12 de julio de 1878. El texto se desliza sobre una prosa elegante y suelta; el experiodista del Heraldo de Aragón y columnista de El País, ha publicado ficciones como Los alemanes (Premio Alfaguara) y, entre un montón de entregas, es el autor de La España vacía, aquel ensayo sobre las urgencias del mundo rural, que la política convirtió en el motor gripado de las buenas intenciones y las malas decisiones.

Detrás de los cruces entre la pintura, el piano, los otoños del Guadarrama, las ausencias y los principios, se cierne el decorado ibérico del ochocientos, la centuria malograda, pero magnífica en la que Espartero, Narváez y O’Donnell se alternaron en el poder, siempre después de algún pronunciamiento.

Leandro Fernández de Moratín (1799), retratado por Goya.

Leandro Fernández de Moratín (1799), retratado por Goya.

El país en el que cada día se creaban nuevos periódicos y se cerraban los ya existentes; con la calle infectada de folletos en una agitación de imprentas jamás vista. Es el siglo de los trienios, sexenios, asonadas y motines en el que la monarquía nacía, moría y renacía; y se repetían los episodios violentos, la accidentada trayectoria de los héroes, como Rafael del Riego -símbolo del Motín de Cabezas de San Juan- que ocultaban, detrás del grito, el fondo de su causa: europeísmo e idea.

Conspirador

Cuando desaparece la Weiss, hace más de tres lustros que ha muerto Francisco de Goya, Paco para los que no conocen la pulcritud de la distancia, el pintor de ideas ilustradas contrarias a las instituciones retrógradas del país. La convulsa España del XIX atraviesa la guerra contra el francés y sufre la monarquía de Fernando VII, fruto de la invasión de los Cien Mil hijos de San Luis que acaba con el Trienio Liberal, la recuperación de la Constitución de 1812, la Carta Magna de Cádiz, basada en la división de poderes y la eliminación de los privilegios de la nobleza y el clero.

Todo se lo fuman a dúo el nuevo monarca y el duque de Montpensier, Antonio de Orleans, albacea de San Telmo (Sevilla) y conspirador de la restauración absolutista ayudado por la llamada Santa Alianza -Rusia, Prusia, Austria, a los que se unieron Francia y el Reino Unido- la trinchera de la fe romana, levantada contra la España liberal y el republicanismo de la Bastilla.

Motín de Esquilache, atribuido a Francisco de Goya (1766)

Motín de Esquilache, atribuido a Francisco de Goya (1766)

Cuando cae Riego, Goya se refugia en casa de un amigo, el canónigo José Duaso, muy respetado en la corte. Como pintor de cámara, solicita al rey una licencia de seis meses para trasladarse al sanatorio de Plombières, en el este de Francia.

Goya abandona un país pobre, faltón y cuarteado de pimpollos. Aparece en Burdeos y es recibido por Leandro Fernández de Moratín: "Llega sordo, viejo, torpe y débil, y sin saber una palabra de francés y sin traer un criado, y tan contento y deseoso de ver mundo". Goya pinta un retrato del poeta que compartirá el exilio del pintor. De su etapa en Francia data especialmente La lechera de Burdeos, un lápiz con paleta de grises y marrones, realizado un año antes de su fallecimiento. Rosario Weiss es la modelo.

En Madrid renace la calcografía gracias a las 228 láminas donadas por el pintor aragonés a la Academia -interpretadas por Juan Carrete en el texto Goya, los Caprichos- donde se resume su idea del arte: “un arcano invencible de la naturaleza”. En los Caprichos se revela la esencia goyesca, el sarcasmo, por ejemplo, sobre el poder de Godoy, el Príncipe de la Paz, que llegó a favorito contando con la exuberancia maliciosa de la Reina.

Esfuerzo impotente

En uno de los grabados (el 38), Goya ridiculiza el absurdo currículo de sangre noble que se le adjudica al engolado señor Godoy y Álvarez de Fabra Rios haciéndole pasar por un descendiente de reyes góticos. En la estampa 55 sale tocado el duque de Osuna y en el número 29, el duque de Parques, que lee libros mientras su asistente le peina para que no se le escapen las ideas.

En otras estampas aparecen oficiales del mayor rango militar en pleno abuso político y, en otras más genéricas, el artista pinta los males de España: el fanatismo y la superstición, a hombros de la ignorancia. El capricho 59, titulado Aun no se van, es el símbolo más doloroso del esfuerzo impotente; el fragmento sombrío de poesía y amarga irrisión producido sobre el tema de la muerte. La palabrería teológica, la avaricia, la suciedad general y la rapacidad de los monjes se ven claramente en otras láminas.

Tras la desaparición física de Goya (1828), la España conservadora impone el “olvido” del pintor, propuesto por Joseph de Maistre en Francia. Muchos repiten en público el rechazo a lo “extremadamente grotesco” de Goya, denunciado por Mesonero Romanos.

Pero bajo los aires del romanticismo francés, el mago de la pintura negra renace en Europa; cobra interés, especialmente cuando Delacroix muestra las piezas adquiridas del pintor español y abre las puertas del mercado de París para que el impresor Motte ponga a la venta copias litográficas de los Caprichos. Por su parte, Charles Baudelaire (Le présent) se siente impresionado por el “artista aterrador”. Considera que ni siquiera Dante ha logrado un efecto tan sofocante.

Mejorar el humor del lector

El contorno internacional de Goya se amplía y así, la caricatura, la fisionomía o la mueca, recurrentes en la obra del artista, amplían sus fronteras. Regresa a la memoria de los elegidos la imagen del mito sobre el potro de la vida cortesana, pintor de Corte.

Mucho después, en los balnearios alpinos y en los salones del Marais, se le recuerda cabalgando en compañía de la duquesa de Osuna (a espaldas del duque) o pasando el tiempo en Liria con la duquesa de Alba, que ha sido, como mínimo, su modelo.

Sergio del Molino, estilo liviano, toque culterano y muñeca atómica, cuenta los martirios del corazón sobre el relieve de la época. Diseña una novela de casi 700 páginas imposible de olvidar en la mesita de noche o en un vagón del metro; su realidad-ficción sirve de guía a los historiadores visitados por esta crónica y mejora el humor del lector. Se lee de corrido, un camino largo en el que pasan por delante el arte sublime de Goya, la biensainté culta de Rosario y los liberales del impávido Rascón.