Leornardo da Vinci, por Farruqo

Leornardo da Vinci, por Farruqo FARRUQO

Ideas

El canon de Leonardo da Vinci en la mecánica cuántica del Artemis II

Los datos sintéticos sustituyen a los datos reales y por eso muchas veces no son útiles para validar los sistemas. La tecnología ha colocado al mundo ante el silencio de las máquinas; ha cambiado de idioma a la humanidad

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Las máquinas tienen alma propia; viven la nueva edad de oro de Lorenzo de Medici, en plena fugacidad del tiempo, en la que cada nuevo descubrimiento supera a su anterior. Las máquinas ya no son simples loros estocásticos, que solo dicen lo que escuchan. Durante el regreso de la misión Artemis II, tras la fase lunar de la carrera de fondo hasta Marte, se recuperó un debate sobre el hecho de que los robots de la misma serie nunca son iguales.

Los robots gemelos, el Spirit y el Opportunity de 2014, reaccionaron misteriosamente de manera diferente sobre la superficie de Marte, y a partir de aquel momento el campo de investigación ha aportado novedades jamás soñadas: la investigación sobre las redes neuronales es la base del Deep Learning actual. La robótica se encuentra ya en la autonomía creadora.

En la punta del edificio tecnológico actual, la humanidad recupera su visión prometeica. El Renacimiento italiano inventó a los autómatas, automa cavaliere, el mundo de la maravilla, antecedente antropomórfico del robot de la Revolución Industrial. La arquitectura humana se convirtió entonces en la referencia de la armonía; su belleza física fue el núcleo en el que se manifestaron la naturaleza y el espíritu. Y lo que todavía es más importante: “las proporciones anatómicas fueron moldeadas por la acción de las almas, tanto la universal que rige el ánima mundi como la de las individuales que impulsan la actividad psíquica de los seres humanos”, escribe Rafael Argullol en El Quattrocento (Acantilado).

En el sueño del arte, flotaban a la vez el creacionismo y la posibilidad de dotar de inteligencia al autómata, lo que tardaría siglos en llegar en forma de espejismo. Ocurrió el día de 1997 en que la computadora Deep Blue derrotó a Kaspárov, el gran campeón de ajedrez.

Portada del libro de Rafael Argullol

Portada del libro de Rafael Argullol

Los cibernautas consideraron entonces que habían derrotado al homo sapiens, pero cayeron atrapados en la paradoja de Hans Mosavec que plantea este acertijo digno de una Esfinge: “¿Por qué le resulta más fácil a una máquina dominar nuestras capacidades cognitivas superiores, como resolver un problema matemático, que aplicar capacidades motoras como doblar una camisa o abrocharse el cordón de los zapatos?”, expone José Ramón Jouve Martín en R.U.R. de Karel Kàpek (Ed Rosamerón).

Con los años, el salto computacional ha acabado por ser imparable. La capacidad de lectura de las máquinas es hoy mucho más que sobrehumana, en volumen, pero quizá no en comprensión, hasta ahora. En Artemis, la IA ha sido fundamental durante el paso por el lado oculto de la Luna, donde no hay comunicación posible con la Tierra. Los sistemas autónomos guiaron la nave mediante referencias espaciales, validando tecnologías esenciales para futuras misiones a Marte, donde las interrupciones de comunicación serán frecuentes. La nueva dimensión tecnológica aplica hoy sistemas predictivos para detectar tormentas solares, la mayor amenaza de un viaje largo. “Somos el espejo de la Tierra” verbalizaron los astronautas en la voz de Christina Koch; un mensaje de paz inaplazable.

Emociones humanas

Sea como sea, el gap tecnológico tantas veces proclamado ha presentado sus credenciales fusionando la mecánica cuántica con la conquista del espacio y las guerras modernas. La simbiosis entre el hombre y la máquina ya es imparable y esta unión se teatraliza en el mundo obsesivo de la Defensa, cada vez que la cibernética muestra su algoritmo aterrador a una civilización cansada.

Podría decirse que la IA de Palantir es la máquina de comparar datos simbólicamente metida dentro del Hombre de Vitruvio de Leonardo, con cables y sensores además de piernas y brazos. No puede calcular todavía la arquitectura de las emociones humanas, no ha superado al homo novus del Renacimiento, pero ya es el arma definitiva y silenciosa, que trabaja en las sombras, escudriña el rastro digital, nunca se cansa y no se queja.

La misión Artemis II a la luna

La misión Artemis II a la luna RTVE

Analiza blancos, crea el campo de Agramante -en el sentido de Caballero Bonald, en su novela Campo de Agramante, una narración contagiosa entre la cotidianidad y la alucinación y una gran exposición paródica con el Arcángel San Miguel en busca del silencio-, genera una confusión mayúscula y, además, es la estrella de Wall Street. Y hay más: su gasto público puede sufragarse sin reducir el Estado del Bienestar, como señala un trabajo del Kiel Institut alemán, detallando a los 20 países europeos que han reducido el número de excluidos tirando de fondos públicos sin desmoronarse.

Palantir, propiedad de Peter Thiel, no entrega su software y desaparece. No se limita a su espectacular actividad presencial. Despliega equipos completos dentro de su target y los incrusta en las sedes de su clientela. Sus tecnólogos trabajan como consultores instalados que personalizan, ajustan y, sobre todo, garantizan que los datos fluyan con eficacia. El objetivo es claro: integrarse tanto en la operativa diaria que su sustitución por otra entidad se vuelva impensable.

El empresario Peter Thiel

El empresario Peter Thiel WIKIPEDIA

Los técnicos y los astronautas actúan como robots humanos acoplados a las máquinas. Los jinetes del futuro ganan sin alterar las emociones; destruyen sin poseer. Entre los caídos en el combate tecnológico no hay ningún mortal demasiado concernido; solo quedan los restos de siglos de otros saltos industriales anteriores, con desempleados sin emblema, impregnados de recuerdos tristes.

“Puedes librar una guerra durante mucho tiempo o puedes fortalecer a tu nación. Pero no puedes hacer ambas cosas”. Este principio de Sun Tzhu, en el conocido texto El arte de la guerra, se hace visible en las lenguas de fuego y en la exploración del universo en contra, muchas veces, de la opinión pública conservadora ante el inmenso despliegue de medios. La defensa, dicen los tecnólogos, es anterior al peligro; refleja los valores y prioridades de quien la interpone. “La defensa expresa el valor de un significado. Se fundamenta en principios, en contraste con la débil ética de la amenaza” (Inteligencia artificial y defensa, de Enrique Martín Romero y Ángel Gómez; Ed. Catarata).

Portada del libro de Enrique Martín Romero y Ángel Gómez

Portada del libro de Enrique Martín Romero y Ángel Gómez

La preparación previa de los conflictos de la que habló Confucio palpita siempre.

A estas alturas del desastre en la Tierra (Ormuz) y el milagro en el cielo (Artemis), Sun Tzu orienta una vez más el pensamiento denso de todos los tiempos: “Utiliza la fuerza ordinaria para combatir y emplea la extraordinaria para vencer”. Sobre este argumento cabalga el programa de IA Project Maven del Pentágono utilizado por la NASA. No hay trofeos ni adornos del enemigo, como el cadáver del soldado desollado en el bauprés del barco de un gran pachá otomano, con destino al Cuerno de Oro.

Ilusión del progreso cuantitativo

Las guerras antiguas eran horriblemente bellas; las de hoy oscurecen el honor de la batalla; solo celebran a sus héroes cuando son el fruto de una frontera del conocimiento, como la tripulación que ha rodeado la luna.

El nuevo mundo de la industria tecnológica se basa en el dato y la conectividad; su ariete en materia de inversión y certidumbre es la IA. Pero estamos ante la falacia de Edgar Morin, el filósofo francés transdiciplinario de El pensamiento complejo (Paidos): “Vivimos la ilusión de un progreso cuantitativo imparable debido al exceso de información”. Los datos sintéticos sustituyen a los datos reales y por eso muchas veces no son útiles para validar los sistemas. La tecnología ha colocado al mundo ante el silencio de las máquinas; ha cambiado de idioma a la humanidad.

En la última misión espacial, el astronauta ha sido el centro de atención con la mirada puesta en la cara oculta de nuestro satélite. Su ejemplo es el piloto de la nave, Victor Glover, exmarine y padre de cuatro hijos, un Palinuro al timón de los nuevos Argonautas, la manifestación figurativa de las emociones y las ideas ante el cuadro de mandos. El último día de la misión, la cápsula Orion, atravesando la atmósfera a 40.000 kilómetros y a casi 3.000 grados simboliza el regreso del alter deus -así le llamaron a Da Vinci- comandado por la anatomía humana.