Roman Krznaric (Sídney, 1971) transmite con los ojos. Brillan. Conecta con su interlocutor. Asegura que ha querido, por lo menos, ofrecer “esperanza”. Considera que es posible ir más lejos, aprender de experiencias del pasado y encontrar fórmulas para afrontar los grandes retos de la humanidad. Es fundador del cuerpo docente de The School of Life en Londres y asesor en materia de empatía en organizaciones como Oxfam y Naciones Unidas.
Filósofo público, que escribe sobre el poder de las ideas para cambiar la sociedad, ha escrito Historia para el mañana, mirar al pasado para caminar hacia el futuro, editado por Capitán Swing, con traducción de Clara Ministral.
Krznaric reclama, en esta entrevista con Letra Global, realizada en la Biblioteca Jaume Fuster, en el barrio de Gràcia de Barcelona, que en las escuelas se enseñe “la historia aplicada”, en un momento en el que la Historia se orilla en los sistemas educativos. Lo que enseña la historia, las experiencias humanas que indican, por ejemplo, que la democracia es mucho más que la democracia liberal representativa que ha abrazado Occidente. Es lo que le interesa a este filósofo, que tiene claro cómo debemos ver a Donald Trump. “Trump tergiversa la historia, no aprende de ella, y actúa como un mafioso”.
Los historiadores pueden evitar guerras. Lo defiende con convicción Krznaric en su libro, cuando recuerda que John F. Kennedy recurrió a la lectura de Los cañones de agosto, de Barbara W. Tuchman, el libro en que la historiadora relataba todos los errores y malentendidos de los dirigentes políticos y militares que habían contribuido a la I Guerra Mundial. Kennedy quiso evitar la guerra, en la crisis de los misiles de Cuba. Y tuvo muy presente a Tuchman.
Roman Krznaric, en la entrevista con 'Letra Global', en la Biblioteca Jaume Fuster
¿Qué hacemos con la historia, cómo la tratamos, cuando la quieren arrinconar como materia en los sistemas educativos occidentales, particularmente en España? “Yo creo más en enseñar en las escuelas una especie de Historia aplicada, con casos concretos, mostrando que en distintas épocas las sociedades han encontrado soluciones frente a graves problemas. Nos hemos olvidado de que todo ese legado está ahí y que hay que saber encontrarlo y entenderlo”, señala Krznaric, nacido en Australia, de familia polaca, y educado en universidades británicas.
Sobre España hay historias que este filósofo ha valorado de forma especial. Una de ellas es la del Tribunal de las Aguas de Valencia. “A lo largo de los siglos se ha mantenido, como una forma de dirimir los problemas entre los agricultores. Frente a la Catedral, se reúnen cada semana, y hay datos desde el siglo XV, con un tribunal con miembros escogidos por votación”, señala Roman Krznaric, con la idea de que es posible dirimir conflictos sobre el agua, un bien que será cada vez más escaso, y que enfrenta a distintas comunidades en muchos lugares del planeta.
Roman Krznaric, en la entrevista con 'Letra Global', en la Biblioteca Jaume Fuster
La experiencia de Al Ándalus también ha interesado al autor de Historia para el mañana. ¿Era tolerante realmente la ‘España’ de ese momento? “Hay una gran controversia entre historiadores. Unos hablan de violencia entre comunidades y otros destacan los procesos de integración y de convivencia. Claro que había momentos de violencia, pero hay evidencia de que hubo tolerancia entre cristianos, judíos y musulmanes. La gente diversa cuando convive junta llega a la integración, a pesar de que pueda haber momentos de conflicto. Conocer al otro es la garantía de la convivencia, por lo que un ‘mix’ será cada vez más necesario”, asegura.
Muchas de las lecciones de la historia surgen ahora con el mandato de Donald Trump, que insiste, entre otros proyectos, en la compra de Groenlandia y en la idea de que Estados Unidos se la dejó a Dinamarca tras la II Guerra Mundial.
Sobre Trump surge en la conversación con Krznaric una idea. El filósofo abunda en su libro en la importancia de las “alas radicales” en distintos colectivos. La opción rupturista puede beneficiar al reformista que quiere cambios, sin provocar desastres. Un caso es el que se desarrolló en Estados Unidos, con las protestas por los derechos civiles de la población negra en los años sesenta. A Martin Luther King le fue bien, a juicio de Krznaric, la presión de los Panteras Negras, por ejemplo, que tenían un proyecto más amplio, como el de crear un estado para los negros.
¿Actúa siguiendo esa fórmula Trump, como el negociador que pide la luna para alcanzar después acuerdos más modestos? “Trump podría parecer que sigue ese juego, pero no es así. Presiona y amenaza a todo el mundo. Trump tergiversa la historia, como vemos con Groenlandia, la manipula, no aprende de ella, y actúa como un mafioso, con técnicas claramente mafiosas”.
Una consideración interesante de este filósofo es la que muestra en el libro acerca de los cafés en la época georgiana de Inglaterra. En 1700 había más de 2.000 cafés sólo en Londres. Para Krznaric tuvieron un papel esencial en el intercambio de información. Se hablaba entre desconocidos, fluían las noticias de todo tipo. Hoy no está tan claro que eso sea posible, con redes sociales en las que cada uno dice lo que quiere, pero donde no se percibe una verdadera conexión humana, con la posibilidad de convencer con argumentos a un interlocutor.
¿Hay que recuperar esos cafés, esa idea de un verdadero diálogo? “Las personas necesitan conversar entre ellas, necesitan tiempo para argumentar, para intercambiar impresiones. Está demostrado que las personas que votan a partidos de extrema derecha lo hacen porque creen que no se cuenta con ellas, que no pueden participar en los procesos de decisión. Y por eso votan a partidos que quieren romper con la actual situación. La democracia que se necesita es la que cuenta con la gente, la que permite procesos de deliberación, la que incluye a los ciudadanos y les hace sentir que cuentan, que se valora lo que piensan”, asegura.
Portada del libro de Roman Krznaric
Pero, claro, los cafés han cambiado. Hay cafeterías de grandes cadenas. ¿Qué ofrecen? “Adentrarse en la experiencia de aquellos cafés de Londres es increíble. La gente quería comunicarse con otros y estaba dispuesta a intercambiar impresiones y opiniones. Y la disposición física en los cafés lo facilitaba, porque había grandes bancos, dispuestos para que varias personas se sentaran unas frente a otras. ¡No sé si los bares quieren hacer esas reformas para que se siente gente en espacios comunes!”, indica Krznaric, que entiende que todo ha cambiado demasiado. Pero insiste en el ejemplo para advertir de la falta de comunicación, real, efectiva, entre los miembros de las comunidades.
Ello lleva a una reflexión sobre la democracia. ¿Cómo ha cambiado la concepción sobre ella? ¿A qué se ha reducido? “La democracia, claro, no es solo votar cada cuatro años. Hemos visto a lo largo de la historia que la democracia no se puede entender solo como la democracia representativa, la democracia liberal. Es necesario recuperar esa la idea de las asambleas, de los espacios abiertos para debatir e intercambiar".
En el libro hay abundancia de ejemplos sobre ‘otras democracias’. No se trata de evocar de forma reiterada la experiencia de Atenas. El lector podrá asistir a las deliberaciones de las comunidades de Djenné-Djeno, en Mali, o podrá comprobar la experiencia de las ciudades-estado italianas o la del Estado Libre Rético, en Suiza. O las formas de gobierno de los Igbos, en Nigeria. Krznaric señala que el pueblo kurdo ha puesto en práctica una democracia participativa en los distintos territorios en los que ha logrado autogobiernos basándose, precisamente, en las prácticas de los Igbos.
En el centro de muchas de esas experiencias está el papel de la mujer. ¿Hay que buscar soluciones a partir de un mayor protagonismo de la mujer? ¿Con qué experiencias? “El movimiento de las mujeres ha sido determinante, y en el libro explico el caso en un estado de India y en Finlandia. Es indudable el dinamismo y la fuerza de las mujeres, que han logrado grandes avances para sus comunidades. Hay que ahondar en la historia y aprender de esas experiencias”.
El autor de Historia para el mañana rompe un tópico, o una idea muy arraigada. ¿Los cambios radicales llegan cuando ya no queda más remedio, cuando las cosas se han puesto muy negras? Sí y no. La historia, señala, ofrece casos claros. En épocas de mucha escasez se desarrollaron prácticas que hoy denominaríamos como propias de la economía circular. Es el caso de Edo, la actual Tokio, donde se aprovechaba absolutamente todo y se reciclaba todo el material al alcance de la comunidad.
Pero los cambios también son producto de las luchas constantes en el tiempo. “Eso sucedió en Finlandia, con la construcción del estado de Bienestar. Y lo podemos ver aquí, en esta biblioteca pública (la Jaume Fuster de Barcelona donde se desarrolla la entrevista). Hay luchas anteriores, de nuestros padres, madres, abuelos y abuelas. Lograron empujar y hacer posible que se construyan infraestructuras que puede que nos resulten lógicas, pero que no lo eran en tiempos pasados”.
¿Cambios radicales y menos reformas? El filósofo responde sin prejuicios. En algunas cuestiones no parece razonable la reforma, como todo lo relacionado con el cambio climático. “Aquí habría que actuar con celeridad, no podemos esperar. El ejemplo claro es el movimiento por la abolición de la esclavitud. Los propietarios de esclavos querían un periodo largo de adaptación y fuertes recompensas. Eso no era sostenible. Y los sectores que llamamos bajo la etiqueta de ala radical, dentro de un determinado movimiento, son necesarios, como se comprobó con la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Luther King sabía que los Panteras Negras abrían espacio al movimiento y fueron importantes para conseguir avances”.
¿Mensaje? “Algo de esperanza”, reitera Krznaric, para poder afrontar los grandes retos de la humanidad, como la desigualdad, la escasez de agua, la transición de los combustibles fósiles a la energía renovable, la destrucción de la democracia o mantener las máquinas bajo control.
