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¿No os pasa que alguien que podría ser vuestro padre os aventaja en vitalidad y en fuerza física? A eso está condenado quien se considera amigo de Fernando Castillo (Madrid, 1953), porque no para y es incapaz de sentarse y no hacer nada durante unos días. Hasta en las presentaciones de libros este fenómeno de la naturaleza toma notas sobre ciudades y mapas, o dibuja casas o planos, es algo digno de ver. Y tras Los años de hierro (2020) y Fervor del acero (2023), para citar solo los títulos más afines a su nuevo libro, llega El último vuelo. Fugitivos de la República y la Colaboración (1939-1945), y sólo citamos estos porque si los añadiéramos todos no acabaríamos nunca. Aunque se parezca más, por los temas tratados, a La extraña retaguardia. Personajes de una ciudad oscura. Madrid 1936-1943 (2018), a Los años de Madridgrado (2016) o a París-Modiano. De la Ocupación a Mayo del 68 (2015).

Todos libros imprescindibles. La nueva propuesta de Fernando Castillo es sorprendentemente original: documentar hasta el último detalle huidas de políticos e intelectuales comprometidos con bandos en guerra entre 1939 y 1945, los peores años de la historia europea y mundial. Explica él mismo sus porqués en el prólogo: “En el siglo XX, tras la Gran Guerra, aparece un nuevo medio de transporte, caro y escaso, que por su rapidez y por lo arriesgado de su naturaleza, incrementa el dramatismo de la huida. Se trata del avión, de ese aparato veloz que al despegar consigue que los pasajeros sientan que en solo unos instantes se encuentran a salvo. Quienes logran huir en avión, el medio de transporte más escogido, suelen ser unos privilegiados”; no como otros protagonistas de los éxodos de 1939 y 1944 y 45, que tuvieron que caminar bajo la lluvia helada, la nieve, los obuses o las balas de ametralladora.

Con esa perspectiva nace este libro coral, El último vuelo (Renacimiento), en el que el autor elabora varias cosas a la vez: una sinfonía sobre el naufragio de la Humanidad (en un tono parecido al de la Séptima Sinfonía de Shostakovich, Leningrado); un relato centrado en figuras tan inaprensibles y fascinantes como los comunistas Manuel Tagüeña, Carmen Parga, Irene Falcón, Fernando Claudín, Rafael Alberti, María Teresa León, Pasionaria y los fascistas Abel Bonnard, Georges Guilbaud, León Degrelle, Jacques Doriot, Marcel Déat, Pierre Laval, jefe de gobierno de Vichy, o Joseph Darnand; una antiepopeya trufada de cobardías, sacrificios, ansiedades y puros azares; una enciclopedia sobre los últimos momentos de la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial; un catálogo de modelos de aeronaves que nos permiten conocer mil y un aspectos técnicos de la aviación de los años treinta (presentándonos Castillo a los imprescindibles Douglas DC-2, Junkers JU-52, Havilland DH 89 Dragon Rapide, Polikarpov R-Z Natacha, Focke-Wulf FW 200 A Condor, Savoia SM-83, Junkers JU-88 y Heinkel  111 H-23); además de un repertorio biográfico que se incluye al final y que viene a responder a cierta vocación enciclopedista.

'El último vuelo' RENACIMIENTO

Y a la vez, el libro es un mapa, una geografía humana, técnica y política, porque también presenta en cuadros aparte los aeródromos de Los Llanos (Albacete), el aeropuerto real de Madrid durante los tres años de guerra; el de Ariana, de donde partió el Junkers-52 con el que el esquivo Guilbaud logró salir de Túnez hacia Sicilia; el aeródromo de Bolzano, desde el que volaron Pierre Laval y sus acompañantes rumbo a España; el de El Fondó, en Monóvar, desde donde salieron el gobierno de Negrín y los comunistas a quienes no se les encargó quedarse; el de Gardermoen, en Oslo; el aeropuerto de Milán o el de El Prat, en Barcelona. Para los pilotos que se jugaron el tipo y los soldados sin nombre que protegieron a los políticos republicanos pagándolo con su vida tiene Castillo siempre palabras emocionadas.

He aquí un libro ambicioso, caudaloso, otra culminación de un modo muy peculiar de trabajar, que añade a la extraña poesía de los aviones la épica tronchada de los que han de huir como ratas. Si uno quiere saber qué era el partido fascista belga Rex, o cómo evolucionaron muchos maurrasianos hacia el nazismo, o cuál era el ambiente entre diplomáticos y militares alemanes entre 1942 y 1944, o cómo era por dentro el castillo de Sigmaringen, o cómo se gestó la literatura del siempre controvertido Louis Ferdinand Céline, o de qué forma odiosa y trágica acabó la guerra civil española en Madrid, Alicante o Cartagena, tiene en El último vuelo el libro ideal para recabar información valiosa y ordenada. Además, Castillo no es solo un historiador, sino un auténtico ensayista, un escritor sensible a las notas intermedias, y sobre todo incansable.

Lo ha expresado muy bien Antonio Muñoz Molina en su pórtico: “Al cabo de muchos años  dedicado al doble oficio, o a la doble afición, de leer y escribir, una de las pocas certezas que he adquirido es que lo que necesita antes que cualquier otra cosa un escritor es un mundo, y me da igual que se dedique a la ficción que a la no ficción, un mundo que sea exclusivamente suyo, y no porque lo haya inventado él o nadie más que él lo haya visto, sino porque él ha sabido mirarlo  de manera distinta a todos los demás”. Es indudable que El último vuelo refleja como ningún otro libro del autor su particular enfoque sobre la historia de las tragedias del siglo XX: deteniéndose en los puntos y coma, explorando intersticios, lapsos, volantazos y brechas, zonas innombradas o voluntades duales y oscuras. Ahora toca preguntarle qué se trae entre manos: si algo de viajes, algo sobre arquitectura vanguardista o más biografías trenzadas de personajes anfibios.