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Todo está inventado y las alternativas para mejorar la democracia liberal o para lograr una sociedad más justa sólo se pueden encontrar en una creación artística de ficción.

Aprender a pensar en algo distinto a lo que tienen hoy las sociedades más avanzadas ya no está al alcance de nadie. No se desea ese cambio, porque se ha interiorizado que no será posible. Pero, ¿qué papel pueden tener los filósofos que se encargan de la esfera pública? ¿Quién está en condiciones de decir alto y claro que, tal vez, un señor como Karl Popper pudo estar equivocado?

El filósofo público Roman Krznaric (Australia, 1971) rompe los esquemas. Lo hace mirando al pasado, con el objeto de aprender de la experiencia histórica. Está explicado en Historia para el mañana, mirar al pasado para caminar hacia el futuro (Capitán Swing), con traducción de Clara Ministral.

El órdago es importante. No es el único, pero Krznaric plantea algo muy complicado. Si Karl Popper –un referente indispensable para todos aquellos interesados en la metodología de la ciencia—defendía el avance gradual, con la lección bien aprendida de que la historia no es una sucesión de acontecimientos en constante progreso, sino que los retrocesos son más frecuentes de lo esperado—Krznaric reclama el factor disruptivo, la decisión brusca, radical.

Sin ello no habrá cambio, ni en la política respecto al medio ambiente, --dejando claro que el cambio climático comienza a ser trágico—ni tampoco habrá una sociedad menos desigual o una democracia más viva y participativa, más real.

Portada del libro de Roman Krznaric

Avanzar gradualmente, poco a poco, no lleva a ninguna parte si se quieren superar los retos más acuciantes. Pero ese cambio progresivo, lento, sin que nadie pierda en la transición, es lo que piden, por ejemplo, las grandes empresas energéticas mundiales. Y las grandes instituciones. La Unión Europea, por ejemplo, ha decidido no ir tan rápido en la transición hacia el coche eléctrico.

¿Hay experiencias históricas que lleven a esa conclusión, a la de tomar decisiones realmente rupturistas?

El autor defiende el llamado “efecto del ala radical”. La presión de los más radicales en un determinado movimiento logra un cambio real. Lo señala al calor de la experiencia de la rebelión de los esclavos en Jamaica en 1831 que supuso el inicio del fin de la esclavitud.

Había movimientos reformistas en el Reino Unido, pero, ¿cuándo hubieran logrado su propósito? Los esclavistas reclamaban tiempo y compensaciones por perder la masa laboral esclava. En la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, ¿no influyeron de forma notable los miembros de los Panteras Negras que reivindicaban un estado negro separatista?

¿Se puede establecer un paralelismo en el caso del cambio climático? ¿Cuánto se puede esperar para reducir las emisiones de CO2?

El filósofo recorre mil años de experiencias humanas para hacer ver que el hombre occidental ha perdido, incluso, los sueños. La revolución de la llamada economía de la oferta, marcada por Thatcher y Reagan en los años ochenta del siglo XX, inculcaron una máxima: no hay alternativa. Y hasta ahora, y después de dos grandes crisis, la de 2008 y la que llevó a la pandemia del Covid en 2020, ese lema sigue en pie.

Retos globales

Pero la Historia está ahí. Krznaric escribe sobre la economía circular del Japón de Edo, donde sus ciudadanos eran capaces de reciclar casi todo, lo que es hoy una invitación a dejar de consumir de forma compulsiva.

Habla el autor del Tribunal de las Aguas de Valencia, que ha dirimido conflictos entre agricultores a lo largo de los siglos, y que sigue en pie, para dejar claro que uno de los grandes retos del presente y del futuro será la escasez de agua dulce. Y menciona también las experiencias de tolerancia en la península ibérica, en Al Ándalus.

No idealiza nada este filósofo australiano, educado en las universidades británicas de Oxford, Londres y Essex, pero apunta al pasado para hacer entender que puede haber soluciones distintas, de que hay, sí, alternativas.

Una de ellas pasa por “el bien común”. El espacio comunal que debe ser ajeno a cualquier propiedad. Lo vio el escritor británico Chesterton, en su Breve Historia de Inglaterra. Denunciaba cómo los grandes terratenientes cercaron los campos comunales, esenciales para los campesinos. En ese momento, para el escritor, se cercenó la propia democracia inglesa.

De ello habla Roman Krznaric, con experiencias históricas que deleitan al lector, y que, ¡milagro! le pueden llevar a pensar e imaginar.

Mejor democracia

Abarca el autor retos como el de los combustibles fósiles, la tolerancia, el consumismo, las redes sociales, el agua, la democracia, la ingeniería genética, la desigualdad, la inteligencia artificial y el derrumbe de la civilización. Y expone experiencias históricas. A las ya citadas, señala la revolución de la imprenta, o los cafés de la época georgiana, para indicar cómo se ha dejado de lado la propia comunicación entre ciudadanos.

En el capítulo sobre la democracia, el lector podrá asistir a las deliberaciones de las comunidades de Djenné-Djeno, en Mali, o la experiencia de las ciudades-estado italianas o la del Estado Libre Rético, en Suiza. O las formas de gobierno de los Igbos, en Nigeria. De ellas han aprendido, por ejemplo, el pueblo kurdo que ha puesto en práctica una democracia participativa en los distintos territorios en los que ha logrado autogobiernos.

La idea central es que sólo hemos llegado a interiorizar un modelo: una democracia liberal representativa que ha comenzado a hacer aguas. El autor constata –y eso hoy es más evidente que nunca—que países como Estados Unidos nunca tuvieron el mayor deseo de ser una democracia. El término causaba pavor en los padres fundadores, y trataron de colocar tantos contrapesos que construyeron, en realidad, una plutocracia.

El papel de la mujer en esa apuesta disruptiva es enorme. Se demuestra en dos casos, en el estado de Kerala, en India, y en la construcción del estado de bienestar en Finlandia. En las dos experiencias la reducción de la desigualdad es una realidad.

Sin “sacrificio individual” no habrá avance colectivo. Es lo que destaca Krznaric, que recupera la figura del intelectual árabe Ibn Jaldún, con su idea de la Asabiya, la cohesión social, y que también ha interesado a autores como Peter Turchin, fundador de la disciplina de la cliodinámica.

Los humanos han sido a lo largo de los siglos grandes expertos en la “innovación social”. Pero impera una idea basada en el individualismo y en el sálvese quien pueda, una carrera hacia la autodestrucción.

¿Son convincentes todos los casos que expone este filósofo de la esfera pública? Lo que consigue, en todo caso, es abrir la mente de aquellos lectores que han decidido pensar por sí mismos, bucear en todo aquello que ya han experimentado los humanos.

Y el guiño es extraordinario, porque Krznaric habla del capitán Swing, un agricultor inglés que movilizó a los suyos en contra de la decisión de cercar los campos comunales. Y ese es el nombre del sello que ha publicado su libro, una editorial que dirige Daniel Moreno.

Popper, el pensador más influyente para todos aquellos que apuestan por las reformas, por el avance cauto, a sabiendas de que puede haber retrocesos, no recomendaría este libro. Pero, ¿y si lo leemos para debatir con él con todos los argumentos en nuestras cabezas?