Película con niño y madre enferma terminal. Los mimbres para un dramón morrocotudo, para asestarle golpes bajos emocionales al espectador y provocarle ríos de lágrimas. O para arrearle un puñetazo en los morros con un realismo tan crudo que lo deje con un nudo en la garganta. Y, sin embargo, Moscas, del mexicano Fernando Eimbcke, es un pequeño prodigio de liviandad, que evita estos temibles excesos.
Una tragicomedia humanista, que retrata a unos personajes que acaban resultando entrañables, sin cargar las tintas del dramatismo ni edulcorar con kilos de azúcar. Es un modesto largometraje en blanco y negro que aborda el tema de la pérdida y el duelo con una elegancia y una sutileza inauditas.
Cartel de la película 'Moscas'
El argumento es tan sencillo como eficaz: una anciana solitaria y cascarrabias (estupenda Teresita Sánchez) vive en un apartamento justo delante de un hospital. Como la acucian las estrecheces económicas, se ve obligada a alquilar una habitación a familiares de pacientes ingresados en ese centro. Su primer inquilino es un hombre que tiene a su esposa en tratamiento de quimio.
La casera le marca reglas muy estrictas sobre lo que puede y no puede hacer. Lo que no sabe es que el hombre (Enrique Arreola) le oculta, para que no le ponga problemas, que trae consigo a su hijo (vivaz y conmovedor Bastián Escobar).
Enrique Arreola y Bastián Escobar en 'Moscas'
Pueden esquivarla, porque solo utilizan la habitación para dormir y esperan a que ella haya apagado la luz para entrar en la casa. Pero la anciana acaba descubriendo el pastel, los quiere echar y acepta, a regañadientes, que se queden una semana más.
Como las medicinas para la esposa son muy caras —en varias escenas sucesivas las compran en la farmacia y siempre tienen que dejar alguna porque no les alcanza—, el hombre se queda sin dinero y acepta un trabajo esporádico que le ofrecen. Se ve obligado a dejar al niño solo unos días y lo alecciona para que se comporte bien y no moleste a la casera.
Una vez solo, el niño intentará infructuosamente entrar en el hospital —que no permite el acceso de menores— para ver a su madre. Sus sucesivas tentativas lo ponen en contacto con varios personajes —una recepcionista, un limpiador…— que tratan de ayudarlo.
La máquina de marcianitos
Entre tanto, interactúa con la anciana con malas pulgas, que poco a poco se va ablandando y deja aflorar su lado más humano. El motivo es que hay un vínculo muy poderoso —el de la pérdida— que los conecta. Porque la enfermedad de la madre del niño no tiene cura y la anciana carga con una herida nunca cerrada.
El improbable elemento que los unirá resulta ser una máquina de marcianitos que hay en el exterior de una tienda del barrio. Cuando consigue alguna moneda, el niño juega a liquidar a los invasores, que se parecen a las células que están matando a su madre. Y en esa máquina de marcianitos figuran las iniciales de quien ostenta el récord imbatido de partidas ganadas, unas iniciales que no le son desconocidas a la casera.
Imagen extraída de la película 'Moscas'
Eimbcke ya había mostrado una exquisita sensibilidad para retratar la adolescencia en sus títulos anteriores: Temporada de patos, Lake Tahoe, Club Sándwich y Olmo. Aquí aplica a la infancia un procedimiento similar: no abusar de la sentimentalidad y explorar con tenues pinceladas de humor los resquicios de lo cotidiano.
Moscas es, bajo su apariencia de peliculita menor, una obra mayúscula. Porque consigue el milagro de emocionar sin utilizar edulcorantes ni cargantes especias aromáticas. La puesta en escena es austera, contenida, cercana a esa sequedad cargada de poesía de un Jim Jarmusch.
La grandeza está en lo simple
Un buen ejemplo es el arranque, que muestra las rutinas de la anciana: se despierta, se enfrenta a una mosca que ronda por el dormitorio, agiliza la mente resolviendo un sudoku en el ordenador y le altera el griterío de los niños de los vecinos, ve la tele, se queda adormilada en el sofá y le despierta el golpeteo y los gemidos de la pareja del piso de arriba haciendo el amor, sale a comprar y, para su fastidio, el ascensor está otra vez estropeado…
Sin una palabra, mostrando solo acciones anodinas, el director ha perfilado a la protagonista en un par de minutos.
La misma técnica se aplica a las relaciones entre padre e hijo, que pasan los largos días de espera juntos. El progenitor trata de entretener al niño para evitarle la angustia del tiempo que corre contra la supervivencia de la madre. Eimbcke acumula pequeñas escenas cotidianas, deja respirar a sus personajes y de este modo la vida verdadera se cuela en la película.
Imagen extraída de la película 'Moscas'
La idea de personajes infantiles enfrentados a la enfermedad de la madre, que escapa a su comprensión, era también el centro de esa maravilla del anime japonés que es Mi vecino Totoro de Miyazaki. Allí el desconcierto y la angustia de la niña protagonista se canalizaban a través de la fantasía, con las criaturas del bosque cercano con las que interactuaba. Siendo una cinta pensada para el público infantil, el final era feliz.
En Moscas no hay espacio para la fantasía, salvo en una única y hermosísima escena en la que se aparca el realismo y la máquina de marcianitos cristaliza su dimensión simbólica con un fugaz abrazo del niño y la madre. En ella tampoco hay espacio para el final feliz. Simplemente la historia se cierra con el desenlace inevitable y la vida continúa.
La lejanía del cine latinoamericano
Pese a la cercanía lingüística y cultural, las películas latinoamericanas llegan con cuentagotas a nuestra cartelera. De modo que lo poco que llega suele ser muy selecto y conviene prestarle atención. Este año se han estrenado al menos otras dos joyas, que les recomiendo: Por un lado, Las corrientes de la argentina Milagros Mumenthaler (que en breve llegará a Filmin).
Es un largometraje enigmático y absorbente, protagonizado por una diseñadora de modas que, en Suiza, adonde ha ido a recoger un premio, siente el impulso de tirarse al Ródano desde un puente. Sobrevive y al regresar a su país ya no es la misma persona y le es imposible reintegrarse en las rutinas familiares.
Y, en segundo lugar, Un poeta, del colombiano Simón Mesa Soto (disponible en Filmin y Movistar+), que juega con el feísmo y con un protagonista deplorable. El poeta del título publicó de joven un único libro y ahora vive de gorra con su madre, empina el codo y no pega golpe.
Gracias a los desvelos de su hermana, empieza a dar clases en un colegio. Allí cree descubrir en una alumna procedente de las barriadas a una jovencísima poeta en potencia. Se empeña en tutelarla y lo que acabará descubriendo es que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones...
