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Leo en El País una entrevista con el cineasta norteamericano Abel Ferrara (Nueva York, 1951), del que no sabía nada desde que rodó la fallida Zeros and ones (2021). El hombre lleva catorce años sobrio y no prueba el alcohol ni las drogas.

Catorce años en los que no ha fabricado casi nada que tenga el más mínimo interés, despidiéndose del arte cinematográfico, en mi modesta opinión, en 2014, cuando rodó dos películas baratas (de hecho, de una falta de presupuesto desoladora): una biopic de Pasolini con Willem Dafoe y Welcome to New York, tragicómica recreación del incidente sexual protagonizado por Dominique Strauss Kahn con la camarera de un hotel. Desde entonces, ya instalado en la sobriedad, nada que reseñar.

Por un lado, uno se alegra por él. Y por su esposa desde 1982, la sufrida Nancy, que hasta tuvo que soportar una larga infidelidad del cineasta con la actriz polaca Katarzyna Figura, a la que recordamos en España como protagonista de la película de José Antonio Salgot (1953-2019) Estación Central (1987).

Pero es imposible no preguntarse cómo influyeron, o no, las drogas y el alcohol en las mejores películas del señor Ferrara, rodadas en los años 90, cuando el hombre pasaba por una fase especialmente álgida del abuso de estimulantes y se le consideraba un desastre con patas que armaba unos cirios de cuidado en festivales y encuentros con la prensa, boicoteando la ocasión y a sí mismo.

El primer largometraje interesante de Abel Ferrara es Ángel de venganza (1981), protagonizado por la magnética Zoe Lund en el papel de una muchacha muda que es violada y se lanza al desquite vestida de monja por motivos que ya no recuerdo. Era una marcianada total, pero de una eficacia indudable, escrita por Nicholas St. John, que luego colaboraría en bastantes películas más de nuestro hombre.

Aunque como católico practicante y atormentado, se negara a escribir la mejor película de Ferrara, Bad lieutenant, encargándose del asunto la tal Zoe Lund (Nueva York, 1962 – París, 1999), interesante y multidisciplinar personaje que acabaría muriendo de una sobredosis de heroína, droga que defendió con frecuencia en artículos de prensa.

El resultado de los excesos

En la década de los 90, Abel Ferrara encadena una serie de películas en tono de pesadilla que me parecen magistrales: King of New York (1990), con un Christopher Walken sensacional, Bad lieutenant (1992), la mejor interpretación de Harvey Keitel, The addiction (1995), con una espléndida Lili Taylor.

Poster de la película 'King of New York'

Y The funeral (1996), una visión de la mafia francamente peculiar. Como peculiar fue su remake de The body snatchers (1993), la primera versión de la historia de los extraterrestres que crecen en vainas en la que se sugiere que igual sería mejor para la humanidad que los alienígenas se salieran con la suya.

No quiero llegar a ninguna conclusión, pero todas estas películas están rodadas por un hombre que cada día llegaba al final de la jornada sostenido por el alcohol y las drogas. Un hombre cuya vida personal y artística se confundían en la misma sordidez y la misma desesperanza.

Podríamos decir que Ferrara se suicidaba en público por entregas para ofrecernos películas que nos conmovieran. Algo muy parecido a lo que hizo siempre el cineasta alemán Rainer Werner Fassbinder (1945 – 1982), que, a diferencia de Ferrara, nunca echó el freno, lo cual le llevó a morir con más largometrajes rodados que años cumplidos.

No quiero hacer aquí mi versión del Tema del traidor y del héroe. Nada de elogios del malditismo ni la nostalgie de la boue. Solo observo que lo mejor de Ferrara coincidió con lo peor de su vida, como sabrá cualquiera que haya atravesado una larga etapa de abuso del alcohol (yo mismo, sin ir más lejos) u otras sustancias.

Evidentemente, la vida del señor Ferrara ha mejorado. Semi jubilado, lleva una existencia plácida en la Italia de sus antepasados y, tras mucho sufrir, ha conseguido, por lo menos, que su vejez incluya ciertas dosis de serenidad y de armonía. Su obra está hecha y puede descansar tranquilo.

De hecho, no hace falta que ruede nada más. Aunque, claro, ¿quién soy yo para decirle al autor de King of New York y la aterradora Bad lieutenant lo que debe o no debe hacer?