En marzo de 2015 Cesc Gay estrenó en el Teatro Romea de Barcelona la comedia Los vecinos de arriba. En 2020 él mismo la llevó a la pantalla con el título de Sentimental. A partir de ahí se han sucedido las adaptaciones al cine en varios países. Con títulos diversos, hay versiones italiana, francesa, alemana, neerlandesa, checa, rusa, coreana… y este viernes llega a las salas la hollywoodiense: La invitación.
¿Cuál es el secreto del éxito de la comedia de Cesc Gay? ¿Por qué se han hecho tantas adaptaciones de la obra en países tan diferentes? La premisa es seductora: una pareja, cuya relación arrastra ya la fatiga de materiales propia de muchos años de convivencia, invita a cenar a los vecinos de arriba, a los que apenas conocen.
Estos parecen llevar una vida sexual hiperactiva y muy satisfactoria, porque desde abajo, noche tras noche, oyen sus gemidos de placer. ¿Se atreverán a sacarles el tema, a pedirles que no hagan tanto ruido? ¿Acaso envidian en el fondo tanta fogosidad?
La premisa de las dos parejas enfrentadas crea lo que podríamos llamar una geometría del deseo y la frustración. El motor de la obra es la confrontación entre una pareja y la otra. Pero también entre los miembros de cada una de las parejas entre ellos. De modo que se pone en marcha una suerte de combinatoria matemática, en la que cada personaje/pieza entra en fricción con las otras tres y se van produciendo cambiantes alianzas y enfrentamientos.
Si nos ceñimos al teatro contemporáneo, quien ha sabido exprimir al máximo este planteamiento ha sido la inteligentísima e implacable Yasmina Reza en Un dios salvaje —muy bien llevada al cine por Polanski— y en otra pieza anterior, no tan conocida, titulada Tres versiones de una vida. Cesc Gay no posee la precisión y ferocidad de Reza, pero su obra es eficaz y resultona.
En la misma línea, otro éxito reciente del teatro nacional, la comedia Laponia, de Cristina Clemente y Marc Angelet —también llevado al cine—, maneja un esquema similar.
Una obra, diversas culturas
En lo que a las sucesivas versiones de la obra de Cesc Gay se refiere, cada una de ellas presenta pequeñas variaciones en función de las particularidades culturales de los países. Esta nueva versión estadounidense está ambientada en San Francisco, en un barrio residencial elegante, de casas antiguas, y los protagonistas son pijoprogres locales, intelectuales y sofisticados. Este contexto marca ciertos comportamientos sociales de los personajes.
También son relevantes para diferenciar las adaptaciones de cada país, el mayor o menor peso que se concede a ciertos temas y, sobre todo, la singularidad que aportan al perfil de los personajes los distintos actores. Y también, claro, el pulso narrativo y la composición visual que cada director es capaz de darle a una obra con un marco muy restringido: cuatro actores que no paran de hablar en un único espacio, un apartamento.
En La invitación, la nueva versión estadounidense, la directora es Olivia Wilde, actriz convertida en cineasta con un marcado discurso feminista. Tiene en su haber dos interesantes largometrajes previos. En primer lugar, Súper empollonas, que era una perspicaz vuelta de tuerca femenina a un género americano marcadamente masculino y hasta misógino: el de las películas de desmadres en el instituto o en la universidad.
Fotografía extraída de la película 'La invitación'
Wilde sustituía a los prototípicos chavales con desenfreno hormonal por dos amigas que deciden pasar una noche loca. Hay otras relecturas del género desde la mirada femenina, como Bottoms de Emma Seligman, pero la propuesta de Wilde es muy divertida y brilla con luz propia.
Su segundo largometraje fue No te preocupes querida, una suerte de versión muy libre y actualizada del clásico setentero Las esposas de Stepford. Una fábula feminista con toques de ciencia ficción sobre masculinidades tóxicas, gaslighting y otros asuntos similares. No era redonda, pero sí sugestiva.
Un resultado brillante con pocos recursos
Con La invitación se ha enfrentado al reto de rodar con cuatro actores, entre cuatro paredes. Y demuestra una inventiva visual y una capacidad de sostener el ritmo y modular la tensión admirables. No despliega un virtuosismo ostentoso, sino un manejo muy preciso de los encuadres y el modo de colocar y mover a los personajes dentro de ellos.
Wilde es también una de las protagonistas. Interpreta a la amargada esposa del piso de abajo, a cuyo también infeliz marido da vida Seth Rogen, un actor cuya personalidad marca mucho —para bien— a su personaje. Si en la película original Javier Cámara era un tipo más sombrío, Rogen saca todo su repertorio de neurosis y coletillas ingeniosas para llevarlo hacia una mayor comicidad.
Olivia Wilde y Seth Rogen en 'La invitación'
La dinámica de esta pareja del piso de abajo está muy bien construida por las interacciones entre Wilde y Rogen. Él es un músico frustrado que se gana la vida dando clases. Con el tiempo se ha ido convirtiendo en un tipo maniático, quisquilloso y bastante huraño, dado al sarcasmo como mecanismo defensivo.
Ella, en cambio, se sigue preocupando por las apariencias, por la impresión que causa en los demás. Pone empeño en demostrar que es una persona con un gusto exquisito, lo cual es un modo de camuflar su desilusión profesional y sexual, y, sobre todo, sus inseguridades y la necesidad de atención, que su pareja no le proporciona. Tienen una hija adolescente —ausente en toda la película— y la convivencia entre ellos se ha ido corroyendo con el paso del tiempo y el abandono de los sueños e ímpetus juveniles.
Para ellos, los vecinos de arriba —con sus estruendosos orgasmos noche tras noche— son una ensoñación y un recordatorio constante de lo poco estimulante que es su vida. En esta versión, a estos vecinos los interpretan Penélope Cruz y Edward Norton. Ella aparece teñida de rubio, en el papel de una sexóloga desinhibida y franca.
Siendo esta versión americana, el personaje representa cierto arquetipo de latina fogosa. Su pareja es un bombero prejubilado poseído por un insaciable deseo de experimentar y probarlo todo. Norton, un actor con unos recursos extraordinarios —¿lo recuerdan en Birdman?—, consigue dotar al personaje de un lado oscuro, perturbador, que no está presente en otras versiones.
Penélope Cruz y Edward Norton en 'La invitación'
A partir del momento en que, tras sucesivos tanteos y tonteos, los vecinos de arriba hacen cierta proposición, la película deriva hacia la comedia disparatada y todos los corsés sociales se rompen. Corre el riesgo de perder pie y caer en el ridículo esperpéntico, pero aguanta el equilibrio y se cierra con un muy bien hilado final abierto, en el que cobra protagonismo un piano, que ha estado presente durante toda la película.
En sus mejores momentos, la obra original de Cesc Gay consigue tocar las teclas que desnudan los comportamientos humanos. Los personajes se debaten entre la máscara de la apariencia y la realidad no necesariamente feliz; entre las convenciones sociales y la visceralidad; entre las verdades desgarradoras y el autoengaño que, quien más, quien menos, maneja para ir sobreviviendo. La versión de Olivia Wilde sabe sacar partido a todos estos temas. Es una comedia agridulce pilotada por cuatro actores muy bien compenetrados.
