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Al parecer, el actor británico Tom Hardy tiene tan malas pulgas como el fixer Harry Da Souza, el personaje que interpreta en la serie Mobland (Movistar), cuya segunda temporada se está distribuyendo por entregas. La serie ya ha sido renovada para una tercera temporada, pero no ha sido fácil, dado que, según se cuenta, el señor Hardy se dedicó a envenenar el ambiente en el set con su actitud, digamos, disruptiva.

Consistía en llegar tarde al rodaje y rebotarse con la pobre Helen Mirren, ese tesoro nacional, quien le cogió una manía considerable. Afortunadamente, se ha impuesto la armonía (o el amor al dinero, ya que Mobland ha obtenido muy justamente un éxito global) y tendremos tercera temporada.

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¿Qué tal, de momento, la segunda? Pues espléndida, la verdad. Creada y escrita por Ronan Bennett y Jez Butterworth, esta serie sobre mafiosos londinenses (impecables como el feroz matrimonio Harrigan la señora Mirren y Pierce Brosnan, un actor cuyo talento ha ido creciendo con la edad) es de las propuestas más estimulantes del momento.

Sobre todo, si uno acepta la evidencia de que la violencia en la pantalla es más atractiva, y está mejor coreografiada, que en la vida real y de que la falsa gentuza es mucho más fotogénica que las buenas personas.

Los Harrigan y Kat McAllister

No hay en Mobland ni una sola persona decente. Los Harrigan, por mucho que se quieran, son abominables. Y su hombre de confianza, Harry, se comporta en cierta medida como un profesor de parvulario obligado a controlar los impulsos asesinos de los niños.

Si las cosas dependieran exclusivamente del feroz irlandés Conrad Harrington, las arreglaría matando a todo el mundo. Menos mal que tiene cerca a Harry para decirle a quién puede matar ipso facto y a quién debería esperar un poco para ejecutarlo.

Además de un thriller de lo más vibrante, Mobland es también un retrato de familia disfuncional en el que todos los miembros se las traen, del patriarca al nieto psicótico que conjuraba el desastre en la primera temporada eliminando a quien no debía.

Sus socios multinacionales son también lo peor de lo peor. Y por encima de todos planea la figura aterradora de Kat McAllister, mega mafiosa norteamericana que, en la segunda temporada, se ha hecho con el cargo de embajadora de los Estados Unidos en Gran Bretaña.

Todos contra todos

No contenta con eso, se ha propuesto enfrentar a los Harrigan con las demás bandas de criminales que operan en Londres, y de eso trata precisamente la segunda temporada de Mobland, de una lucha de todos contra todos en la que nadie puede fiarse de nadie porque lo único que importa son los deseos de la muy desagradable señora McAllister, quien ha decidido convertir Inglaterra en el nuevo estado criminal de su país.

El único problema de esta magnífica segunda temporada de Mobland es que solo cuelgan un episodio a la semana, lo cual, en una serie como ésta, que incita a los maratones audiovisuales, es un incordio, francamente. Cuando estás metido en tan violento y estimulante fregado, resulta muy frustrante esperar una semana para tu siguiente ración de atrocidades tan bien rodadas por el ínclito Guy Ritchie y sus secuaces.

Afortunadamente, he descubierto una serie que debí ver en su momento y que es como la hermana de Mobland. Se titula Gangs of London y se mueve por el mismo territorio pantanoso que la serie del señor Bennett, aunque con un grado de violencia aún superior: aquí se le vuela la cabeza a la gente de manera literal.

Pidiendo disculpas a quienes ya la conozcan, les daré la chapa al respecto el próximo sábado.