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En 2010 Aaron Sorkin escribió el guion de La red social, dirigida por David Fincher. Espléndida película que contaba cómo un nerd llamado Mark Zuckerberg, muy inteligente y con nulas habilidades sociales —se paseaba en chanclas de ducha por el campus de Harvard— creaba lo que se acabaría convirtiendo en Facebook.

Por el camino traicionaba a su mejor amigo, dejaba atrás cualquier atisbo de humanidad, y acababa convertido en un cerebrito sin escrúpulos, movido por una ambición enfermiza.

En 2026 Sorkin retoma al personaje en El precio de la red, que en esta ocasión escribe y dirige, porque Fincher no estaba disponible. Aquí Zuckerberg ya no es el estudiante nerd dispuesto a comerse el mundo. Ahora ya lo ha devorado y es un empresario despiadado al frente de una empresa cotizada, un auténtico imperio.

Ese jovenzuelo que en la anterior película vendía su alma al diablo —es decir, al capitalismo sin escrúpulos— ahora se ha convertido en el diablo en persona.

A lo que nos llevó el algoritmo

Lo que se narra en esta nueva entrega de las andanzas de Mark Zuckerberg es el escándalo del manejo del algoritmo por parte de Facebook. Buscaban fidelizar a los usuarios y que estos pasaran más horas conectados. Conseguían el enganche a la red social premiando los posts más compartidos y de este modo potenciaban el contenido más polémico y radical, sin aplicar debidamente los necesarios filtros.

El resultado fue provocar adicción en usuarios inmaduros, propiciar el ciberacoso entre los adolescentes y la radicalización ideológica entre los adultos, dando cabida a teorías conspiranoicas y bulos delirantes. El caso llevó a Zuckerberg a tener que declarar en 2021 ante una comisión parlamentaria.

El origen del escándalo fue una whistleblower que filtró a un periodista documentos internos de la compañía muy comprometedores. La insider, que trabajaba en el departamento de Integridad Cívica de Facebook y empezó a tener serias dudas sobre la ética de la compañía, se llamaba Frances Haugen (Mikey Madison). Y el reportero que destapó el escándalo en las páginas del Wall Street Journal, Jeff Horwitz (Jeremy Allen White).

Democracia y derecho a la información

Ellos dos son los protagonistas de El precio de la red, planteada como un thriller periodístico, en la estela de Todos los hombres del presidente de Pakula y El dilema de Michael Mann. Aaron Sorkin es un liberal de izquierdas que cree firmemente en las virtudes de la democracia y en la misión fiscalizadora de la prensa libre (recuerden que es el autor de las series El ala oeste de la Casa Blanca y The Newsroom).

'El precio de la red' poster Sony Pictures

Por eso plantea su película como un duelo entre buenos —los héroes de una prensa tradicional en papel, en vías de extinción, a la que homenajea con tono elegiaco— y los malvados —Zuckerberg y la cúpula de Facebook como paradigma de los maquiavélicos tecnobros ávidos de poder y dinero.

Aunque Zuckerberg es aquí un personaje secundario, su figura está en el centro de la trama. No ha podido contar Sorkin con Jesse Eisenberg, que estaba enfrascado en su nuevo proyecto como director y además no se mostró interesado en repetir el papel.

Por ello ha optado por Jeremy Strong, un actor sólido, al que se le da muy bien interpretar a personajes perturbados (véase la serie Succession y el siniestro Roy Cohn de The Apprentice, el largometraje sobre la juventud de Donald Trump).

Frente a Eisenberg, que lograba construir un Zuckerberg complejo, que pese a sus actitudes deplorables podía resultar fascinante, Strong hace una interpretación mucho más unidimensional. Su frialdad casi autista transforma al magante en un robot hierático, al que su equipo de asesores adoctrina sobre cómo actuar ante el comité parlamentario para parecer mínimamente empático, mínimamente humano.

Cargar tanto las tintas para convertir a Zuckerberg en una suerte de villano de película de James Bond o de Jocker de Batman es el único error de una película por lo demás muy sólida. Sorkin es uno de los grandes guionistas en activo y sus diálogos son vibrantes. Puede que la vida real nadie hable con una precisión tan incisiva, pero consigue choques dialécticos prodigiosos, dignos del mejor dramaturgo.

'El precio de la red' Sony Pictures

Por ejemplo, en la confrontación entre Zuckerberg y un asesor —un personaje ficticio al que interpreta Bill Burr—, cuya función dramática es ejercer de voz de conciencia y plantear al espectador preguntas como esta: ¿la red debe ser un espacio de libertad total o es necesario establecer controles, que pueden entenderse como censura?

La gran transformación social contemporánea ha tenido su epicentro en Silicon Valley. Los avances tecnológicos surgidos desde allí son de tal magnitud que hoy es difícil recordar que existió un mundo sin ordenadores, internet, móviles, redes sociales y ahora inteligencia artificial.

Los beneficios que han aportado todos estos inventos son obvios, pero toda revolución genera sus zonas de sombra y en el imaginario colectivo se ha instalado la idea de que los tecnobros o tecnoligarcas son genios del mal.

Política y tecnología

Confieso que cada vez que escucho a algún político de izquierdas cargar contra ellos con demagogia populista —usan con frecuencia este comodín tanto Pedro Sánchez como el Lenin de Galapagar— no puedo evitar esta reflexión: los tecnoligarcas han transformado el mundo —¿alguien está dispuesto a renunciar al móvil, a internet, a comunicarse por WhatsApp, a comprar en Amazon, a hacer una consulta a la IA…?—.

Y si por el camino se han hecho millonarios, pues bien por ellos. En cambio, tú, político demagogo, ¿qué has aportado, que has hecho aparte de enredar, tensionar, polarizar, conspirar y vivir del relato, es decir, del cuento?

Con todo, es cierto que la tecnología que han creado los genios de Silicon Valley y alrededores no es neutra, y necesita por lo tanto de controles. Y además, varios de los tecnobros —Peter Thiel, Marc Anderssen, Elon Musk o el propio Zuckerberg— tienen un ideario político, que expresan sin cortarse un pelo: libertarismo, alt-right, hiperindividualismo, ultracapitalismo, desregularización, antiburocracia…

'El precio de la red' Sony Pictures

En el último tramo de El precio de la red aparece el infame episodio del asalto al Capitolio por parte de energúmenos radicalizados por las redes y la decisión por parte de Facebook de cortar los mensajes incendiarios de Trump. Después, la película se clausura con la declaración ante la comisión parlamentaria de la denunciante, apoyada por el periodista. Es un cierre en positivo, que da a entender que han ganado una batalla, pero es un final más idealista que realista.

El gran sueño americano

Hay en El precio de la red una escena en la que la concienciada denunciante y el combativo reportero —que es un amante del cine clásico— se ponen a hablar de las películas de Frank Capra, ese director que cantó el sueño americano en fábulas llenas de bondad, protagonizadas por héroes de una pieza. Es llamativo que Sorkin introduzca en el diálogo esta referencia, porque su largometraje tiene algo del cine de Capra, actualizado.

Frente al idealista final de su historia, la cruda realidad es que, en efecto a Trump, tras los bochornosos incidentes del Capitolio, le bloquearon las cuentas en Facebook, Instagram y Twitter por esparcir mentiras.

Pero al poco tiempo creó su propia red, Truth Social, y sigue mandando imágenes generadas por IA en las que aparece como Jesucristo sanador, ataques indiscriminados a la prensa, amenazas nada veladas a enemigos políticos y toneladas de mentiras flagrantes. Ay, adónde fue a parar el sueño americano… Si el pobre Frank Capra saliera de su tumba…