Olivier Assayas (París, 1955) es un cineasta tirando a ecléctico, hasta el punto de que, a veces, no parece la misma persona la que ha dirigido y escrito tal o cual película.
Pensando en los que son para mí sus mayores logros, observo que no tienen mucho que ver Irma Vep (1996, homenaje a los seriales mudos de Louis Feuillade al que volvió en 2022 con una espléndida serie de televisión) y Carlos (2010, película en dos partes sobre el célebre terrorista del mismo nombre, también conocido como El chacal).
Confieso que tengo cierta preferencia sobre el cine político-social del señor Assayas, de ahí que me alegre de que su última película, El mago del Kremlin (2025), que no funcionó muy bien ni en taquilla ni para la crítica, haya llegado a Movistar, donde espero que pueda disfrutar de una segunda y larga vida.
Portada de 'El mago del Kremlin'
El mago del Kremlin está basada en la novela homónima de Giuliano da Empoli, un italiano nacido en Neuilly sur Seine que escribe indistintamente en el idioma de sus padres y en francés. Del guion se encargaron el propio Assayas y el escritor Emmanuel Carrere (premiado con un divertido cameo en la película), consiguiendo un libreto sensacional.
Si a la novela se le perdonó que mezclara ficción y realidad sin problemas, la película no tuvo tanta suerte y fue acusada de sembrar la confusión y el desconcierto entre el público, que no habría sabido, pobre, aclararse con los resultados. Personalmente, me parece que esas pegas muestran una cierta desconfianza en el espectador a la hora de hacerse una idea cabal de lo que sucede en la pantalla.
En El mago del Kremlin, ciertamente hay un indeseable real, Vladimir Putin (interpretado convincentemente por Jude Law) y un antihéroe inventado, Vadim Baranov (Paul Dano, con su pinta habitual de bebé enorme a lo Bret Easton Ellis), pero inspirado en un personaje real, el político e ideólogo Vladislav Sorkov, quien, sorprendentemente en la Rusia de Putin, aún sigue vivo, a diferencia de su alter ego en la ficción.
Movida moscovita
En dos horas trepidantes, El mago del Kremlin dibuja un retrato de la Rusia inmediatamente posterior a la caída del comunismo a través de un trepa, el tal Vadim Boronov, que pasa de director teatral alternativo a productor de churrosos reality shows a lo Tele 5.
Y de ahí a asesor personal de Vladimir Putin, primer ministro de Boris Yeltsin al que los oligarcas eligen para quitarse de encima al borrachuzo de su jefe y controlarlo como el títere necesario que no se oponga a sus planes de lucro permanente.
Me resulta especialmente interesante la época de la, digamos, Movida Moscovita, cuando nadie sabe hacia donde va el país, pero hay entre la juventud la sensación (falsa) de que todos los caminos están abiertos.
Tal vez porque me recuerda la vida en la Barcelona tras la muerte de Franco, cuando la gente con la que yo me trataba disfrutó de una pausa creativa (y recreativa) que concluyó con la llegada al poder regional de Jordi Pujol, cuyas similitudes con el Caudillo nunca me pasaron por alto (cambio de país, de bandera, de himno, de idioma, pero la misma matraca patriotera).
A los oligarcas les salió rana su elegido, quien se dedicó a demostrarles quien mandaba allí de manera especialmente contundente, llegando a veces hasta el asesinato, ya que, al ex agente del KGB, criado en las malas calles de San Petersburgo, nunca le ha temblado el pulso a la hora de poner en su sitio a quienes consideraba sus enemigos.
El mago del Kremlin es un larguísimo flashback a partir de una conversación en una dacha entre dos personajes imaginarios, el Bel Ami de Putin y un escritor norteamericano especializado en Rusia, Rowland (Jeffrey Wright). Dos personajes falsos nos cuentan una historia que, si no es verdadera, lo parece a tenor de todo lo que hemos ido sabiendo sobre la Rusia reciente.
Vadim Baranov no nos cae ni bien ni mal. Solo es un tipo que se ha dedicado a surfear sobre las olas de la vida que le ha tocado vivir. Los demás no son mejores que él, como demuestran esos oligarcas improvisados y todos los tiralevitas que pululan por las esferas del poder. Las reflexiones del trepa de Vadim sobre su propio país son demoledoras.
Y, ciertamente, ¿cómo se va a instaurar una democracia decente en un lugar que, gracias a los zares, a los comunistas y a Vladimir Putin, no sabe lo que es?
Atractivos seres despreciables
Que una película tan desesperanzada resulte tan entretenida de ver es un logro considerable. En cierta medida, El mago del Kremlin (alias con el que se conoció al inexistente Baranov) resulta comparable a Loro, la película en dos entregas de Paolo Sorrentino sobre Silvio Berlusconi.
Los seres despreciables, pero despreciables a lo grande, resultan muy atractivos para el público cinematográfico y televisivo. En un hipotético ciclo sobre Grandes Canallas de la Historia, Vladimir y Silvio deberían figurar en lugares destacados.
Pese a lo que dijeron los cejijuntos críticos cinematográficos que abominaron de la mezcla de realidad y ficción que ofrecía El mago del Kremlin, basta con ver la película para comprobar que la ficción puede insertarse en la realidad sin despojarla de nada fundamental y hasta ayudando a ponerla en perspectiva. También el Bel Ami de Maupassant era un personaje de ficción y ha pasado a la historia como la mejor representación del arribismo, ¿no?
