Cuando este otoño caluroso cae sobre Barcelona, la Rambla se engalana para recibir la visita de Aida, la ópera que más veces se ha representado en el Liceu, nuestro coliseo.
En esta ocasión, Shirin Neshat, fotógrafa y cineasta, encara su primera incursión en la dirección escénica, con una mirada femenina depositada en la voz de la soprano Anna Netrebko, la princesa egipcia, contrapunteada por el tenor polaco Piotr Becza en el papel de Radamès. El amor y la muerte hallan su fusión en la caída de una civilización.
En la ópera de Verdi, Aida, princesa etíope, es capturada y llevada como esclava a Egipto. Vivirá en silencio su amor por el capitán egipcio Radamés y se enfrentará a los celos de la princesa egipcia Amneris, también enamorada del militar. Los destinos de los dos amantes volverán a unirse en un apoteósico final.
La ópera 'Aida'
El sueño reiterativo de Verdi se sumerge en la voz de una gran mezzo y se recoge sobre sí misma en el planteamiento de Neshat, como una amenaza para el poder islámico cuyo hundimiento se anuncia en millones de voces, acalladas por la sentencia contra Radamés que morirá enterrado vivo y abrazado por Aida. Esta versión ensalza la figura de una mujer heroica, víctima de la teocracia.
La verdad detrás de Homero
El escritor victoriano Samuel Butler, fecundo polemista y traductor de Homero, reveló la autoría de la Odisea en la figura de Nausica, una princesa siciliana nacida en Trapani que habría elaborado bajo el signo de Homero —su geografía, sus linajes reales y los dioses— el inigualable poema del largo regreso de Ulises a su hogar, en Ítaca; es decir que la Odisea habría sido escrita por una mujer.
A esta versión se refiere Borges, a medio camino entre la mirada de los dioses y la letra de los humanos. Nausica es el centro del libro La autora de la Odisea (Athenaica Ediciones) de Samuel Butler, traducido por Miguel Cisneros Perales.
Portada de 'La autora de la Odisea'
El afán exegético puede con todo. Sin establecer ninguna relación directa entre la Aida de Verdi y la Nausica de Butler, ambas defienden la mirada femenina sobre el drama.
Además, entroncan en la tradición británica de las escritoras victorianas eminentes —Charlotte Brontë, Catherine Crowe, Marie Braddon, Rosa Mulholland, Violet Hunt, entre otras, siguiendo la estela de Mary Shelley y Ann Radcliffe— que hechizaron a una multitud de lectores burlando con exquisitez el dominio autoritario de los hombres en las esferas institucionales y familiares.
La Odisea de Nausica, ensalzada por Butler, está encarnada en Helena, Andrómaca o Hécuba, puntales de la feminidad en Troya. Los hombres, Héctor, Aquiles o Ulises, ocupan un rango simbólico menor. Este último, el héroe que exterminó a Polifemo la criatura de la cueva en la isla de los Gatopardos, es el héroe al que Butler conectó arbitrariamente con el príncipe de Salina, Tomasi di Lampedusa.
Sea como sea y más allá de la particular historiografía de Butler, El Gatopardo, “es una de las tentativas más hermosas, junto a Los Cuentos orientales de Yourcenar y las grullas de Hölderlin, de conectar con el amor por Grecia”, escribe Alberto Marina, en el prefacio de la obra de Butler, casi desconocida en España.
Entre los últimos años del ochocientos y los primeros del novecientos, Butler es el antibritánico enamorado de Inglaterra; “se convierte en un outsider”, escribe Roberto Calasso con ironía punzante, en Cien cartas a un desconocido, el auténtico legado intelectual de la editorial Adelphi. Butler recurre al anonimato como buen disfrutador del paisaje y del texto; es un volteriano; es el Diógenes de los victorianos.
Portada de 'Cien cartas a un desconocido'
Le está permitido todo; tiene miles de lectores y millones de detractores. Traduce del griego antiguo y sus trasplantes le convierten en un enemigo del saber académico y ahora mismo del cinematográfico, al decir del director Christopher Nolan que ha estudiado varias traducciones de La Odisea para su cinta —inspirada en dos películas épicas Andrei Rublev (1966) y Ran (1985)— y se ha puesto en manos del experto en efectos especiales, Ray Harryhausen, generador del actual éxito.
La ópera de Verdi y el libro de Butler sobre la Odisea marcan la rentrée del curso 26-27. Significan un empuje de la feminidad con las librerías repletas de nuevas autoras y de originales en fase de examen en las alacenas de los equipos editoriales. Se amontonan junto a las ediciones de narraciones de misterio, perpetuando las obras de Agatha Christie, la autora inglesa más traducida después de Shakespeare.
Conocida por su Hércules Poirot y por narraciones lúcidas como Testigo de Cargo llevada al cine por Billy Wilder con la olvidada Marlene Dietrich, maestra del final inesperado. La Dietrich, vestida de Fabergé y guantes negros de media manga, marcó a una generación que había vivido dos guerras mundiales. Es eterna como lo fue la Callas en las óperas de Berlín, París o Viena.
Portada de 'Testigo de cargo'
La dramaturgia y la música tienen mucho que ver con los otoños calientes. Lo mostró Robert Bresson en la película Une femme douce, en brazos de Dominique Sanda y basada en un cuento casi desconocido de Dostoievski. Sanda expone la ambigüedad como estilo del alma, frente a la indudable determinación disimulada de Dietrich.
La feminidad recuperada en la primera ópera de la temporada del Liceu tiene mucho que ver con Damas Oscuras. 20 cuentos de fantasmas de escritoras victorianas (Impedimenta, 2017).
Portada de 'Damas Oscuras. Cuentos de fantasmas de escritoras victorianas eminentes'
Un escenario en el que eminentes narradoras de lo escalofriante marcan un tiempo describiendo coche de caballos en páramos desolados, mansiones abandonadas, castillos desvencijados en lo alto de acantilados vertiginosos, mujeres sepulcrales de belleza incomparable o historias de antepasados que nunca mueren.
En Aida el faraón de Egipto declara que la diosa Isis ha elegido a Radamés para dirigir el ejército egipcio y a continuación el coro canta el Ritorna vincitor.
La escena tiene lugar en el templo de Phta, correlato de Vulcano, donde los sumos sacerdotes invisten a Radamés con las armas consagradas. La adoración egipcia en Tebas no está lejos de la mitología clásica de la Odisea; ambas son puro símbolo, como lo fue la narrativa espiritualista y de terror, cerradamente anglicana, de las escritoras victorianas inglesas.
Autoridad desnuda
En la ópera de Verdi queda claro que el drama de Aida y Radamés se debe al rigor masculino de los dos reyes, de Egipto y Etiopía, que son los padres de los dos protagonistas. La lírica solemniza los hechos denunciados, mientras que la narrativa victoriana utiliza la parodia como arma.
Verdi sacude a la autoridad a base de amor y muerte, frente a la narración breve de Charlotte Brontë, titulada Napoleón y el espectro, una sátira delicada del poder absoluto del emperador que se queda en salto de cama en plena calle de París, tras levantarse medio desnudo en pleno ataque de catalepsia y se refugia en un salón frente a sus ostentosos invitados.
En el cuento de Brontë, Napoleón se ha convertido en el rey desnudo, metáfora del cercano fin del imperio, tras la derrota de Waterloo infligida por el duque de Wellington.
