Ryan Murphy es, probablemente, el hombre más ocupado de Hollywood, capaz de controlar cinco o seis series a la vez, pero a veces se ve obligado a delegar en gente de confianza. Mientras en The Shards ha echado el resto, en otras producciones ha preferido dejarlo todo en manos de sus minions, escritores y directores que se han criado a sus pechos, como los responsables de la nueva temporada de Monster, Ian Brennan y Max Winkler.
Que llevan trabajando con él desde los tiempos de Glee o American Horror Story y que han hecho un gran trabajo con la siniestra historia de Lizzie Borden (Fall River, Massachusetts, 1860-1927), una chica de pueblo que pasó a la historia como la asesina del hacha, instrumento que utilizó para quitar de en medio a su desagradable y poco cariñoso padre y a su asquerosa madrastra: no es raro que el jurado la considerara no culpable.
Cartel de la serie
The Lizzie Borden story es como un cuento de hadas tirando a gore y no exento de una cierta mirada feminista sobre la sociedad norteamericana de finales del siglo XIX, donde una mujer, al igual que en Europa, era un cero a la izquierda programado para el matrimonio porque se la consideraba eternamente una mezcla de niña y retrasada mental.
Lizzie (Ella Beatty, nepobaby de campanillas como hija de Warren Beatty y Anette Bening) es una adolescente un poco lenta y con la cabeza ligeramente a pájaros (de manera literal: tiene una cabañita llena de palomas que acaba exterminando la bruja de su madrastra, interpretada con su talento habitual por Rebecca Hall) que vive en su propio mundo, sin meterse con nadie, mientras encaja estoicamente el desamor de papá (Charlie Hunnam) y los insultos de Abby.
La aparición en el hogar de una criada leída y viajada, Maggie (la espléndida Vicky Krieps, actriz luxemburguesa que suele trabajar en el cine alemán), marca un cambio en la vida de Lizzie, que se siente atraída, física y mentalmente, por la fámula, que es la que le sugiere que ponga fin a su sufrimiento eliminando a sus abyectos padres.
Por el mismo precio, Maggie le lee bonitas historias del pasado, como la de Elizabeth Bathory (la condesa sangrienta de la película de Valerian Borowczyc), la húngara que se bañaba en sangre de doncellas vírgenes hasta que se les inflaron las narices a los del pueblo y le prendieron fuego a su castillo con ella dentro, lo cual permite al señor Winkler rodar suntuosas secuencias de época en las que la señora Krieps hace doblete en el rol de la condesa Bathory.
Gracias a Maggie, Lizzie deja de ser la bobalicona que disfrutaba del zureo de las palomas y el aroma y los colores de sus cerezos mientras encajaba sin rechistar el maltrato paterno y decide eliminar a los adultos de la casa. Primero, con unas ostras podridas.
Al ver que ni así se los quita de encima, se hace con una de las hachas del papá (que se dedica a la confección de ataúdes y cuando el muerto no cabe, le corta las piernas) y se los cepilla, llenando la pantalla de sangre, algo que pasa con cierta frecuencia en la miniserie.
Feliz e inocente final
Pese a estos horrores, la cosa llega extrañamente a un final feliz en el que Lizzie es absuelta (básicamente, porque nadie cree capaz a una chica de ejecutar de semejante manera a sus progenitores y porque, en su pueblo, todos la han considerado siempre una simplona que roza la idiocia).
Y acaba sus días en compañía de Maggie (que ni siquiera ha sido considerada sospechosa de un crimen que le acaban endilgando a unos inmigrantes portugueses, colectivo tratado a patadas en Fall River).
Aunque el señor Brennan se ha tomado algunas licencias con la historia original (en la que no aparece la fiel Maggie y es poco probable que Lizzie estuviese al corriente de las andanzas de Elizabeth Bathory), el resultado es francamente satisfactorio para cualquiera que no se desmaye viendo cómo se vierte la sangre.
Bien escrita, bien dirigida, bien fotografiada y bien actuada, La historia de Lizzie Borden funciona a la perfección como cuento cruel con un retorcido sentido del humor. Todo el elenco está muy bien, y la nepobaby Beatty brilla especialmente en el papel de la cría ingenua y echada a perder que un buen día toma, a su peculiar manera, las riendas de su vida.
