Para su última novela hasta la fecha, The shards (traducida aquí como Los destrozos), el escritor norteamericano Bret Easton Ellis (Los Ángeles, 1964) optó por rebuscar en el baúl de los recuerdos y por convertir a su yo juvenil en el protagonista del libro, llevando de nuevo a sus lectores al microcosmos amoral de una pandilla de hijos de papá que nos presentó en su primera novela, Menos que cero (título de una canción de Elvis Costello, por cierto, al que volvería años después para Imperial bedrooms).
Para dar un poco de vidilla a la autoficción, nuestro hombre metió por en medio a un asesino en serie que se ceba con los alumnos del instituto al que acude Bret (en la adaptación televisiva, Igby Rigney, actor tirando a bajito y tirillas que no se corresponde con el auténtico Bret Easton Ellis, que es de natural grandullón y con pinta de enorme bebé), sembrando el pánico entre su círculo de amistades y su novia tapadera, Debbie (Hayes Warner).
Aunque el resultado no está entre lo más brillante del señor Ellis, tiene todo lo necesario para una serie del estajanovista Ryan Murphy: lujo, glamour, sexo a granel (sobre todo, homosexual) y un poco de Grand Guignol a cargo del misterioso asesino en serie de estudiantes (a la hora de los crímenes, aunque no lo vea nadie, el tipo va vestido de negro ceñido de arriba abajo y luce capucha del mismo color: no hay nada que le guste más a Ryan Murphy que un hombre enmascarado y envasado al vacío en látex negro).
Unos protagonistas poco queridos
Ryan Murphy tiene series serias y otras que optan decididamente por el disparate gay. The shards se mueve hábilmente entre ambas tendencias, y sin preocuparse de que el espectador pueda empatizar con los protagonistas, unos pijos de mierda cuyas preocupaciones nos la sudan lo más grande y que, cuando los matan, pensamos que tampoco se ha perdido gran cosa.
El reparto está trufado de nepobabies de postín, como Kaia Gerber (la hija de Cindy Crawford, en el papel de Susan, la chica más popular de la clase e inevitable prom queen, aunque tenga menos expresiones que Jackie Chan) o Homer Gere (el vástago de Richard Gere, en el papel de Robert, del que Bret sospecha que pueda ser el asesino de marras, aunque no le haga ascos a tirárselo).
Destaca la presencia de Jordan Roth (modelo de pasarela vestido de mujer, performer y antiguo productor de musicales de Broadway que cuelga sus brillantes delirios en Instagram y es todo un estandarte del chic neoyorquino alternativo) en el papel de Steven, el viperino secretario del padre de Debbie, un productor empeñado en beneficiarse a Bret porque, típico del universo Murphy, pese a tener señora e hijo, es más maricón que un pollo viudo, como no podía ser de otra manera.
Un "thriller" sin tensión
Aunque en The shards hay dinero y lujo y suenan bonitas canciones de principios de los 80, cuando se desarrolla la trama, el interés del espectador (o, por lo menos, de este espectador) va decayendo episodio a episodio. Entre que los muertos son una pandilla de majaderos y que las apariciones del asesino encapuchado cada vez dan más risa, uno empieza a pensar que está perdiendo miserablemente el tiempo con la nueva fantasía gay del señor Murphy, aunque sabe que llegará hasta el octavo y último episodio de la temporada.
Dice Ryan Murphy que, según sus cálculos, la novela de Bret Easton Ellis le dará para tres temporadas. No sé cómo las piensa llenar (¿más enmascarados embutidos en látex negro, tal vez?), pero, teniendo en cuenta que la primera temporada empieza a hacer aguas hacia la mitad, no lo va a tener fácil. Lo cual no quita para que me las acabe tragando, ya que las series del señor Murphy (tanto las buenas como las consagradas al cancaneo) son uno de mis placeres culpables.
