A veces me da por internarme en mundos narrativos con los que siempre he mantenido una prudente distancia. Más que nada, para intentar entender qué les ve la gente. He observado que en la televisión británica se cultiva un curioso subgénero consistente en adaptaciones de novelas de Jane Austen (Steventon, 1775 – Winchester, 1817), historias que no son de Jane Austen, pero podrían serlo, relatos a la manera de Jane Austen, spinoffs de Jane Austen, comedias románticas amables que recuerdan a Jane Austen y así sucesivamente.
Confieso que nunca he leído nada de Jane Austen, lo que igual me convierte en un tarugo insensible, pero el tiempo del que disponemos para la lectura no es infinito y uno siempre ha tenido sus prioridades. No incurriré en el micromachismo diciendo que los libros de Jane Austen son para mujeres, pero también es verdad que todas las grandes fans de Jane Austen que he conocido (y son unas cuantas) siempre eran mujeres.
Hasta tuve una novia interesada en All things Austen. Un año, en compañía de una amiga, se desplazó a Bath (embutidas ambas en vestidos de estilo Regencia, ya saben, esos que tienen la cintura a la altura de los pechos) y se dedicó a deambular por su célebre Promenade, donde ella y su amiga se cruzaron con toda clase de galanes, lechuguinos y pisaverdes vestidos a la moda de la época; es decir, que todos iban como Eustace Tilley, el personaje mascota de The New Yorker.
Se lo pasó muy bien, aunque me acabó reconociendo que los frikis de la Regencia no tenían nada que envidiar a los de Star Trek.
Sirva este exordio para explicar por qué me tragué en Movistar Miss Austen, miniserie de la BBC en cuatro capítulos protagonizada por la hermana mayor de Jane Austen, Cassandra (Keeley Hawes, una habitual de la televisión británica especializada en thrillers que aquí ejerce de Gran Trágica a la manera de la eximia Margarita Xirgu).
A la que vemos en dos épocas de su vida, de joven (la escocesa Synøve Karlsen), cuando aún vivía Jane (Patsy Ferran), y de señora mayor amargada y más pesada que una vaca en brazos (mi interpretación, puede que la intención de la guionista Andrea Gibb al adaptar la novela homónima de Gill Hornby fuese otra).
Portada del libro ´Miss Austen´ de Gill Hornby
Una trama repleta
Me gustaría poder resumirles la trama, pero me temo que soy incapaz. Aquello era un ir y venir de vicarios con hijas, pretendientes (como Max Irons, hijo del gran Jeremy Irons, que, lamentablemente, no ha heredado el talento de su padre), tías casadas y solteras (una de ella, la tía Mary, más mala que la tiña), criadas taimadas, aspirantes a vicario.
Y el médico del pueblo, Mr. Lidderdale (Alfred Enoch) que es negro, pero nadie parece darse cuenta en la campiña inglesa de principios del siglo XIX (últimamente, la televisión británica ha llenado sus series de negros, lo cual es normal y encomiable en las historias que suceden en época actual, pero que canta como una almeja en las historias de época, donde, lamentablemente —ya saben, el racismo y esas cosas— los negros no alternaban con la burguesía de la buena sociedad).
Lo que sí me quedó claro, durante los momentos en que emergía de unas frecuentes cabezaditas, fue que Cassandra Austen (Steveton, 1773 – Portsmouth, 1845) estaba obsesionada con su hermana, se ha hecho con las cartas que ésta intercambió con su amiga Eliza y se dedica a leerlas a escondidas para saber qué dicen de ella (básicamente, que es muy buena chica, pero también un plomo que se ha empeñado en sufrir mucho en esta vida: desde que su novio murió de fiebre amarilla, ha rechazado a cualquier hombre que se le acercara con intenciones románticas).
Hay un episodio muy revelador en el que Cassandra deambula en camisón bajo la lluvia del jardín y luego se desmaya en casa: si eso no es histeria por falta de riego seminal, que baje Dios y lo vea.
¿He entendido mejor la pasión por All things Austen de tanta gente? En parte sí: son unos melodramas tan acogedores y confortables como un jersey viejo, ya intuyes lo que te van a contar, pero te encanta que te lo expliquen de nuevo, y te agitan el cerebro sin exagerar. Es lo mismo que me pasa a mí con thrillers tan predecibles como los de las series Se ha escrito un crimen o Colombo. O las adaptaciones de Sherlock Holmes (soy un forofo de All things Holmes).
Eso sí, una vez entendido el encanto del mundo Austen, no pienso volver a visitarlo en la vida. Santo Tomás, una y no más.
