La productora japonesa Toho, casa madre de Godzilla y otros monstruos del averno, estrenó en 1964 una película que acabó siendo de culto, El hombre vapor, que narraba las andanzas criminales de un ex bibliotecario convertido en vengador enloquecido.
Sesenta años después y con la ayuda providencial de Netflix, la Toho vuelve a la carga con su hombre de vapor en forma de una miniserie (ocho episodios) muy entretenida de tonos Pulp y algo retro, con un presupuesto generoso y unos efectos especiales formidables que, lógicamente, no estaban en la primera versión del mito del tipo gaseoso que siembra el pánico en Tokio y arma la tremolina por donde pasa.
Cartel de la serie de Netflix ´El hombre vapor´
Todo empieza con un extraño asesinato en directo por televisión. La presentadora Kyoko Kono (Yū Aoi) ha invitado a su programa a un reputado científico. Mientras este sienta cátedra, un extraño humo empieza a rodearle y a metérsele por el cuello de la camisa y las perneras de los pantalones. Muy poco después, el pobre hombre explota literalmente, dejándolo todo perdido de sangre (incluyendo la blusa de la presentadora) y teniendo que ser recogido a trocitos y con guantes.
Este extraño fenómeno llama la atención de un viejo conocido de la señorita Kono, el inspector Kenji Okamoto (Shun Oguri), con el que acabó no muy bien tras una investigación periodístico-policial, que se planta en el plató en un santiamén (esquivando los desperdigados restos del científico) y decide que ahí se abre una investigación de no te menees.
Evidentemente, aunque la periodista y el poli hacen como que no quieren saber nada el uno del otro, acabarán formando una formidable pareja de investigadores que tratará de resolver el enigma del sujeto gaseoso (que luce, no se sabe muy bien por qué, un enorme traje que recuerda al de David Byrne en Stop making sense).
Ya se sabe que las parejas mixtas de investigadores son un valor seguro: recordemos a William Powell y Myrna Loy en las aventuras de El hombre delgado, a Jean Marais y Mylene Demongeot en las pelis de Fantomas o a David Duchovny y Gillian Anderson en Expediente X.
Es un recurso anticuado que le va muy bien a El hombre vapor, un folletín por entregas de corte siniestro muy en la línea de las películas mudas de Louis Feuillade. Y quien dice anticuado, puede decir clásico.
Un caza-científicos
Tras la explosión del científico, el Hombre Vapor publica un video en el que se responsabiliza de su muerte y añade que correrán la misma suerte los científicos que, como el reciente difunto, colaboraron otrora en el White Center, una instalación teóricamente consagrada a atender a las víctimas de un meteorito letal, pero que en realidad se dedicaba a cometer todo tipo de atrocidades con los supervivientes de la explosión.
Tras el científico, cae un jefazo de la Yakuza y es amenazado el jefe de la policía local, protector del inspector Okamoto y amigo de su difunto padre. En paralelo a la investigación de Kenji y Kyoko, una pareja de hermanitos algo zumbados que tienen un canal de YouTube especializado en rarezas para frikis (y en el que no entra nadie), ven en el Hombre Vapor una posibilidad de salir de pobres y se aplican a la tarea de buscarlo. Y hasta ahí puedo leer, dejando caer únicamente que la señorita Kono parece saber mucho más de lo que aparenta.
Una producción brillante
El hombre vapor está escrita por Yeon Sang-ho y Ryu Yong-jae, y dirigida con ritmo y excelente planificación por Shinzo Katayama. El ritmo no es tan frenético como en las producciones occidentales, pero la trama avanza a buen ritmo.
Las apariciones del hombre gaseoso son de lo mejor de la historia, pues lucen unos efectos especiales tan espectaculares como ingeniosos en los que el humo puede provocar unas catástrofes fundamentales.
Concebida como una buena muestra de entretenimiento para todos los públicos, El hombre vapor corría el peligro (ya superado: está entre lo más visto de Netflix a nivel global) de no encontrar ningún tipo de público: los adolescentes podían pensar que había excesivas parrafadas (por no hablar de esos secundarios provectos, ricos en muecas y expresiones exageradas, que parecen haberse quedado en los tiempos del kabuki), y los adultos, que la cosa era una chorrada para críos.
A El hombre de vapor hay que pillarle el punto. Lo mejor es su tono anticuado, retro, cargado de tópicos conscientes de serlo. Kenji y Kyoko son una parejita muy mona condenada a entenderse. A no ser que el secreto que esconde la periodista se interponga en la previsible historia de amor.
