En el verano de 1994, el diario El País tuvo el detalle de enviarme a Nueva York para cubrir, junto al corresponsal, Juan Cavestany, que luego tendría una carrera tan peculiar como interesante de cineasta alternativo, el remake del festival de Woodstock que iba a celebrarse en una localidad cercana (que no era Woodstock, como tampoco lo fue en el original).
Me tiré una semana de gorra en el apartamento del amigo Cavestany y pude acceder a algunas de sus debilidades, digamos, artísticas. La más especial era su extraña fascinación por Robin Byrd (Nueva York, 1957), muchacha desinhibida que presentaba un programa de televisión, cutre a más no poder, sobre cuestiones relacionadas con el sexo de todo tipo, The Robin Byrd show, en un canal municipal por cable al que tenía acceso prácticamente cualquiera por el mero hecho de vivir en la Gran Manzana.
La tal Robin Byrd era una libertaria sexual sin mucho presupuesto que había pasado por la industria del porno (su mayor hit, Debbie does Dallas, de 1978) antes de recalar en la televisión, donde mantuvo su descacharrante programa entre 1977 y 1998. Lo hacía prácticamente sola, con la ayuda de Shelby, fan y marido y hombre convencido de que la parienta era un genio. El programa, de hecho, se alimentaba de un vacío legal: como el cable bajo el suelo de la ciudad era de propiedad municipal, cualquier emprendedor podía colgar lo que quisiera, y lo más extremo acababa en el Channel J, que es donde aterrizó The Robin Byrd Show.
Imagen del documental 'Bang my box: The Robin Byrd story'
Con unos medios parecidos a los del inolvidable programa español Toni Rovira y tú, el show de Robin Byrd congregaba a friquis de todo pelaje, pero si el señor Rovira se especializó en cantantes cutres y cupletistas seniles (aquello era como la Bodega Bohemia de Barcelona en un plató de tres metros cuadrados), Robin lo hizo con bailarinas exóticas, actrices porno, sementales para el público gay (que constituía una parte muy notable de su parroquia) y ella misma, que presentaba la cosa embutida en un bikini negro de punto que se hizo muy popular.
Despelote físico y mental
El programa se emitía de noche y congregaba a una audiencia variopinta, atraída por el sexo (había penes y vaginas peludas a granel) o por el cutrelux de la propuesta, así como por la simpatía natural de la presentadora, sus salvajes comentarios y su risa siniestra, que a Cavestany y a mí nos daba un poquito de miedo. Cuando Cole Porter escribió Anything goes no se refería al show de Robin Byrd, pero en eso consistía éste: en un despelote físico y mental, en un sindiós grabado con cuatro cuartos en un plató diminuto iluminado como un burdel.
El documental Bang my box: The Robin Byrd story, recién colgado por HBO, pasa eficaz y didácticamente revista a lo que significó el programa de esta buena señora para los perdularios de Nueva York durante más de dos décadas. Robin Byrd ya no es la chica sexy del bikini negro de punto, sino una señora de 70 años que vive en un abigarrado apartamento de Manhattan junto a su marido de siempre, el alegre Shelby, aquejado de demencia senil a sus 84.
Además de ese pisito en el que se acumulan las cintas de The Robin Byrd Show (Shelby se presta a la digitalización, pero insiste en conservar las cintas, aunque no tenga ningún aparato en el que revisarlas), la feliz pareja dispone de una casita en Fire Island, centro de encuentro de la comunidad gay neoyorquina desde los años 50 del pasado siglo, donde son queridos y respetados. No es que les sobre el dinero, pero van tirando.
La evolución de Byrd
Cuando la administración Reagan se puso dura con los programas de televisión vistos como indecentes, Robin dejó de ser una estrella del sexo cutre para convertirse en una firme defensora de los derechos de los americanos. Se metió en juicios y demandas (apoyada por los miles de homosexuales enganchados a su programa y su secuela, Robin Byrd´s men for men) hasta que un juez decretó que propuestas como la suya no eran adecuadas, efectivamente, para los niños, pero que no se podía basar toda la ley en lo que pueden ver o no ver los tiernos infantes, como no sea en detrimento de los derechos de los adultos. La reina del cutrerío pansexual devino así la heroína de los derechos civiles.
Curiosamente (o no), una vez ganado todo lo ganable, Robin Byrd se jubiló. Internet le venía grande y, como dice Michael Musto en el documental, lo suyo era la vida de barrio (que era lo que la red se iba a cargar, al hacerlo accesible todo a todos, sin importar donde vivieran). Ahora intenta venderle su material de más de dos décadas a cualquier universidad interesada en preservar metros y metros de alegría sexual anterior al SIDA.
A fin de cuentas, eso es el show de Robin Byrd: el delirio orgiástico de una hippie expulsada de casa por su malvada madrastra (Robin fue adoptada al nacer y cuando murió su nuevo papá, al que quería con locura, empezaron a pintar bastos en casa), que fue modelo de desnudos, actriz porno y reina de un emporio cutre en el que lo más perverso venía teñido de una extraña inocencia.
“¿Por qué es malo lo mío y no lo es matar a niños de hambre?”, se preguntaba nuestra heroína. Y no le faltaba razón.
