Los hermanos Duffer, creadores de la exitosa Stranger things, apadrinan, como productores ejecutivos, la nueva serie de Netflix The boroughs (literalmente, los municipios; más acertadamente, las afueras), creada por Jeffrey Addiss y Will Matthews, claramente influidos por la manera de hacer de los hermanitos Duffer.
En ese sentido, no es exagerado afirmar que The boroughs es un Stranger things para adultos en el que el grupo de niños se ha convertido en una pandilla de jubilados que vive en una ciudad artificial en la que los jóvenes no son bienvenidos.
En mitad del desierto de Nuevo México, un supuesto visionario llamado Blaine Shaw (Seth Newrich) creó una pequeña urbe para jubilados que pretendía ir algo más allá de la típica gated community del estado de Florida, una especie de gigantesca residencia de la tercera edad en la que esperar la visita de la parca en las mejores condiciones posibles.
Imagen de 'The Boroughs'
La ciudad del ensueño carcamal no es barata, pero los hijos con sentimientos de culpa pueden aparcar ahí a sus padres y hacerse la ilusión, gracias a la pasta que les cuesta, de que no se están deshaciendo de ellos.
A ese presunto paraíso en la tierra llega un día Sam Cooper (el gran Alfred Molina, hijo de un barcelonés emigrado a Londres, por cierto), un ingeniero aeronáutico al que sus hijos depositan en su nueva casa porque en la suya ya no se cabe. Sam enviudó recientemente, lo ve todo muy negro, no opuso resistencia cuando le sugirieron hacerse con una propiedad en Las afueras y se deja conducir mansamente hasta ese sitio que, en el fondo, le da por saco a lo grande.
Le dicen que ha tenido suerte de que su casa se vaciara hace unos días, cuando la inquilina murió súbitamente (su marido lleva tiempo viviendo en el hospital del complejo). Lo que no sabe Sam es que a la pobre Grace la mató un bicho repugnante, una especie de insecto enorme que se le coló en casa. Nosotros si lo sabemos porque lo hemos visto en las secuencias pre créditos del primer episodio de la serie (son ocho en total).
Sam no tarda nada en hacer amistad con su vecino Steve (Bill Pullman), un tipo simpático y optimista que mantiene un romance con Judy Daniels (Alfre Woodward), periodista jubilada cuyo marido fuma demasiados canutos y vive en su propio mundo. Cuando Steve aparece muerto, a Sam se le sube la mosca a la nariz y empieza a investigar esa extraña comunidad con bichos que no es lo que parece ser. ¿Pero qué es?
Los únicos que parecen saberlo son su fundador y el jefe de seguridad, que se llama Hank Williams, como el gran cantante de country (Eric Edelstein). Las pesquisas de esos niños grandes que son Sam, Judy y Renée (Geena Davis, espléndida a sus setenta tacos) los exponen a todo tipo de peligros a medio camino entre El resplandor, Los Goonies y los dibujos animados de Scooby Doo y su pandilla de la furgoneta Volkswagen.
Un Stranger things para jubilados
Es decir, que The boroughs, pese a su presupuesto y sus excelentes autores, tiene un punto modelo El Tren de la Bruja que, pese a las edades avanzadas de los protagonistas, parece ideada para entretener a niños y adolescentes. Que eran el target principal de Stranger things, motivo por el que me tragué la primera temporada, pero no las siguientes, ya que me parecía entretenida, pero un tanto pueril: si tuviese catorce años, puede que se hubiese convertido en mi serie favorita de todos los tiempos.
No quiero ponerme paranoico, pero es como si los hermanos Duffer (y sus alumnos aventajados, los señores Addis y Matthews) hubiesen querido repescar a los que nos dimos de baja de Stranger things con una versión de la serie para jubilados. Y, ya puestos, el tono de la serie es vagamente de comedia, cuando habría podido ser una historia espeluznante. Sus creadores han inventado el terror amable, algo que no se veía desde que se estrenó Abbott y Costello contra los monstruos.
Si eres un adulto de la edad de Geena Davis, como es mi caso, Las afueras se sigue con interés decreciente, hasta que llega un momento en el que te da igual ver el siguiente capítulo o pasar a otra cosa. Hay algo un tanto ofensivo en agarrar a una pandilla de jubilados y tratarlos como si fuesen niños: bastante deprimen ya las enfermeras cuando hacen exactamente lo mismo.
