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Los amigos me aconsejan que vaya a ver Nouvelle Vague, la última película del norteamericano Richard Linklater (Houston, Texas, 1960), pero me resisto. Me insisten en que es un hermoso y entrañable homenaje al cine tal como se hacía en los años 60, antes de que se convirtiera en pasto de súper héroes y comedias chorras, pero dado que se trata de un homenaje a Jean-Luc Godard (1930 – 2022) y reproduce el rodaje de su famosa cinta A bout de souffle (1960), me resisto aún más, dado que no comparto el entusiasmo general en torno a esa película y que lo poco que he visto del señor Godard me ha situado entre el aburrimiento y la indignación: nada que objetar a la nueva ola del cine francés de los 60, pero siempre me interesaron más Truffaut o Chabrol.

De hecho, mi falta de interés por el señor Godard ha hecho que solo haya visto dos largometrajes suyos, À bout de souffle y Le mépris, y ambos a una edad avanzada, tras demorar todo lo posible la experiencia, como si me oliera la tostada (y mi intuición casi nunca me falla: si me resisto a ver algo, suele ser por algo, y no lo digo para hacerme el listo, que conste).

Final poderoso

Fue tal mi desidia que vi antes el remake americano de À bout de souffle, Breathless (1983) - que me pareció una película sensacional, aunque los cinéfilos de pro la pusieron de vuelta y media, como si su director, Jim McBride, se hubiese ciscado en una butaca de la Cinématèque Française- que el original (así que cuando vi À bout de souffle me pareció una versión francesa descafeinada de lo que para mí era un clásico instantáneo norteamericano).

Richard Gere y Valerie Kaprisky heredaron los papeles de Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg, intercambiando también sexo y orígenes. Gere era un buscavidas americano que vivía siempre al límite y Kaprisky, la inocente francesita que caía en sus manos.

Mis problemas con Godard

Una banda sonora poderosa, marcada por el Breathless de Jerry Lee Lewis (el cantante favorito del personaje de Gere, cuya otra pasión eran los tebeos del Silver Surfer, personaje de la Marvel con el que se identificaba), hacía avanzar la trama a un ritmo trepidante. Y Gere resultaba, en mi modesta opinión, mucho más humano, cercano, comprensible y susceptible a la empatía que el envarado Belmondo, aquel perdonavidas que se pasaba el dedo por el labio cada dos por tres.

El final, con Gere enfrentado a la policía mientras canta el hit de Jerry Lee Lewis es de los más poderosos que he visto. Evidentemente, cada vez que he dicho en público o por escrito que donde esté la versión de McBride se quite el original, casi me linchan. Y puede que con razón.

Mejor película, pero...

Pero À bout de souffle se me atragantó. ¿Demasiado europeo, demasiado francés? No lo sé, pero detecté en esa película cierta falsedad, cierta impostura, que me la hizo difícil de digerir, ya no hablemos de disfrutar. Y no lo digo pour épater le cinéphile, se lo juro.

Por si había tenido una mala tarde viendo À bout de souffle, me lancé a por otra película de Godard. Y ahí si que ya perdí toda esperanza. Se trataba de Le mépris (El desprecio, 1963), adaptación de la novela homónima del italiano Alberto Moravia (Roma, 1907 – 1990), publicada en 1954, que acababa de leer recientemente y que me había gustado mucho.

Lo que me encontré en la pantalla fue un disparate pretencioso que me sacó literalmente de mis casillas, aunque me la tragué entera para ver hasta donde llegaba el odio de Godard por el pobre Moravia. Se que Le mépris está considerada la mejor película de Godard junto a Al final de la escapada, así que, si el resto de su producción no estaba a la altura, me la podía saltar (o eso pensé).

Nunca he vuelto a acercarme al cine de Godard. No sé si me estoy perdiendo algo (puede que sí, dada la influencia que este hombre ejerció sobre amigos a los que aprecio), pero, sencillamente, la perspectiva de revivir sensaciones como las experimentadas por el visionado de El desprecio me aterra. De ahí que no pueda ir a ver Nouvelle Vague, pese a lo mucho que me la recomiendan. Eso sí, lo que no descarto es desempolvar mi viejo DVD americano de Breathless y volver a disfrutar de esa película que la cinefilia en pleno puso de vuelta y media en su momento: como dice el refrán, ande yo caliente, ríase la gente.