Estados Unidos es el único país del mundo que ha sido capaz de convencer a sus ciudadanos más basureados de que viven en la mejor nación de la tierra y el único lugar del planeta en el que, si uno se lo propone, gracias al trabajo duro y la meritocracia, logrará hacer sus sueños realidad. De ahí arranca el concepto American dream o Sueño americano, que tal vez tuvo algo de verosimilitud hace muchos, muchos años, pero que ahora solo es una engañifa para crédulos (lo único cierto de todo este tocomocho es lo de que cualquiera puede llegar a presidente de la nación: véase el caso de Donald Trump). Lamentablemente, el número de personas dispuestas a tragarse que pueden llegar a donde quieran en la tierra de las oportunidades (o el hogar de los valientes y la tierra de los libres, como dice el himno) ha ido bajando paulatinamente a lo largo de las últimas décadas, hasta convertir el concepto American dream en algo muy parecido a un malintencionado sarcasmo. Eso sí, todavía hay gente que pica con la engañifa, sobre todo entre los representantes de colectivos minoritarios y/o recién llegados a la tierra de leche y miel. Como los protagonistas de la nueva serie de Netflix Beef (Bronca), un pelagatos coreano llamado Danny Cho (Steven Yeun) -al que le va fatal con su churrosa empresita de construcción, renovaciones y chapuzas- y una emprendedora florista china con delirios de grandeza, Amy Lau (Ali Wong), en proceso de vender su compañía a una blanca absurda, trufada de pasta y muy new age, Jordan (Maria Bello), que busca en los floripondios de Amy el glamour que le falta a la potente cadena de tiendas de artículos para el hogar de su acaudalada familia.

Para Amy y Danny, el sueño americano es, en realidad, una pesadilla. Aunque el primero es un pelacañas y un metepatas y a la segunda no le va mal con su negocio floral, cada uno de ellos lleva, a su manera, una vida de mierda. Danny no ha levantado cabeza desde que sus padres tuvieron que chapar el motel que regentaban y volverse a Seúl (todo por culpa de las trapisondas del primo Isaac, delincuente chapucero al que hay que echar de comer aparte). Amy trabaja 27 horas al día y apenas le queda tiempo para cuidar de su hija y de su marido. Danny vive en un chamizo; Amy, en una casa muy digna. Pero ambos están descontentos con lo que tienen y, sobre todo, con lo que no tienen. Y la mala uva acumulada, la sensación de que América no los trata como se merecen, es la que propicia, cuando se conocen por casualidad, esa catástrofe moral que nos explica Lee Sung Jin (Seúl, 1981) en su serie de diez episodios Bronca (que también podría haberse titulado Asiáticos a la greña).

El cartel promocional de la serie 'Bronca' / NETFLIX

Una bronca automovilística a las puertas de una tienda entre Amy y Danny es lo que pone en marcha la tragedia. O, mejor dicho, la tragicomedia, pues ése es el subgénero elegido por el creador de la serie para abordar las funestas consecuencias de mantener la fe en el sueño americano. Enfadados consigo mismos, Amy y Danny la emprenden la una contra el otro porque se lo pide el cuerpo, sin pararse a pensar en las catastróficas consecuencias que puede acarrear su extraña relación, que parece inspirada en la del Coyote y el Correcaminos o la del gallo Claudio y aquel chucho al que zurraba constantemente sin venir a cuento después de pronunciar la frase, ya clásica, Vamos a pegar a ese perro tonto.

Fondo muy trágico

En Bronca, una tontería lleva a un problemilla, un problemilla conduce a un problemón, los problemones (gracias a la intervención de unos secundarios de abrigo, entre los que destaca el catastrófico primo Isaac cuando no está entre rejas) cada vez apuntan más a hechos irreversibles y condenas de cárcel. Lo que empezó como un rebote mutuo entre dos pobres infelices va alcanzando, en el curso de los diez episodios de Bronca, unas medidas monstruosas que permiten deducir al espectador que todo ese clusterfuck idiota va a terminar como el rosario de la aurora (y ante el desinterés de la población blanca y con dinero, que lo considerará, si es que llega a fijarse en el disparate, como una bronca más entre inmigrantes de ojos rasgados que si optan por destruirse mutuamente, mejor que mejor, pues así solo quedan los negros y los hispanos para volarles la cabeza).

Agridulce reflexión sobre los peligros de buscar la felicidad en lugares equivocados, burla cruel del Sueño americano, reflejo de la sobreactuación obligatoria del inmigrante a la hora de buscarse la vida y disparatada comedia de enredo con un fondo muy trágico, Bronca es una ejemplar mezcla de géneros que funciona perfectamente en todos y que, por el mismo precio, es de lo más original que puede encontrarse en la actual parrilla de Netflix. En cuanto a su creador, Lee Sung Jin (un tipo que hizo sus pinitos con el humor en YouTube), yo diría que es alguien al que habrá que tener muy presente a partir de ahora.