Lo que suele caracterizar a la mayor parte del llamado cine familiar es que no hay familia que lo aguante. No hay más que echar una ojeada al catálogo de las plataformas televisivas o la cartelera más cercana para darse cuenta de que la mayoría de esas películas son un bodrio bien intencionado en el mejor de los casos o un bodrio presuntamente transgresor en la casi totalidad de los otros. Desde que la democracia llegó a los salones de nuestros hogares --desde que el pater familias se vio forzado a abandonar su poder absoluto sobre el mando a distancia-- el sistema deliberativo para elegir qué película vemos se ha vuelto complejo y lleno de vericuetos. La cosa todavía se complicó más con la llegada de las autonómicas, las privadas, las locales y las nuevas plataformas de pago. 

Durante un tiempo la cosa se resumió en dos posibilidades: o ver la película que echaban --aquí la precisión del verbo es muy importante-- en La 1 o deleitarnos ante el pantone primigenio de la carta de ajuste. En los últimos años, la complejidad de tomar una decisión respecto a qué película elegir llega a tal paroxismo que los 57 canales (y nada que valga la pena) que cantaba Bruce Springsteen en su canción nos parecen una cifra claramente razonable. Un horizonte donde cabe la posibilidad de la elección y el acierto.

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Fotograma de la película 'El Señor Fox'

Parece que ahora hemos delegado ese papel a un algoritmo --el que nos recomienda series según su extraño parecer-- o a la multiplicación de dispositivos televisivos. Efectivamente, hay hogares que solucionan la dificultad de ponerse de acuerdo a la tremenda, tomando el clásico catalán tants caps tants barrets --tantas cabezas, tantos sombreros-- para convertirlo en tantas cabezas, tantas pantallas. Y así está feliz la hija mayor con su serie millenial y la madre con su liga de las estrellas y su padre con su culebrón y el hijo pequeño con su Dumbo intravenoso. La postal normalmente se completa con más de la mitad de los anteriores chateando a la vez a través de sus teléfonos móviles.

Pero hay hogares que se resisten. Unidades familiares en las que todavía se contempla el viejo adagio la familia que ve la peli unida, permanece unida como imperativo categórico. Los programadores televisivos lo saben e incluyen en sus catálogos una etiqueta para familiar. Lo que encontramos allí, para qué engañarnos, más que un cajón de sastre --por su variedad de temas y géneros-- es un cajón desastroso: se mezclan las comedias románticas juveniles con las películas infantiles más narcolépticas, el erizo parlante con la princesa, los superhéroes maximalistas con las historias de superación basada en hechos reales. “Cargar en un artículo contra el cine familiar en la época dorada de Pixar me parece arriesgado”, comenta el escritor --y sin embargo amigo-- Jorge Benítez tras leer la primera parte de éste. “Pixar contiene trazas de cine adulto --le respondes--, los primeros y memorables 15 minutos de Wall-E y Up, pero luego tengo la impresión de que se deja llevar por el mainstream infantil”. 

“De hecho, Frozen y La Bella y la Bestia son para mí también buen material --contrataca Benítez--. Con La Bella y la Bestia arranca una nueva sensibilidad, más feminista, en Walt Disney”. "También soy bastante de El Rey León, pero claro, yo no soy un hipster --codazo--. Ahora que hablamos de los niños y el cine: los niños tienen una cosa muy adulta --muy borgiana-- con sus pelis favoritas. Las ven una y otra vez sin cansarse. En eso, yo también soy muy infantil, me pasa con las pelis y con los libros, prefiero los ya leídos o vistos”. “En casa tenemos la tradición de ver una peli con pizza y palomitas los viernes, y hoy me temo que va a caer el cuarto visionado consecutivo de El Rey León. Y eso después de haberle borrado los píxeles a las anteriores de tanto revisionado”. 

Vaya. Tal vez yo nunca fui un niño. Ni un buen padre. El asunto es que ni con Disney ni con Pixar he sentido la necesidad de ver la película de nuevo sin pequeño como excusa. Pero valga el testimonio como espacio libre para la alteridad en las columnas. Pero en ocasiones sucede. Hay películas que funcionan estupendamente para todo tipo de públicos. Las familias, cuando encuentran una película buena realmente familiar, se la cuentan al oído como una contraseña y van pasando de retina en retina a lo largo de los años: E.T, El Extraterrestre, Charlie y la fábrica de chocolate, Mi vecino Totoro, El secreto de Kells, Pesadilla antes de Navidad y Regreso al futuro. La mayoría de ellas son hiperfamosas y tienen una amplia difusión y reconocimiento.

El director Wes Anderson / ARCHIVO

El director de cine Wes Anderson

No es el caso, o no del todo, o no todavía, de las fabulosas películas del director  Wes Anderson (Houston, 1969), autor de joyas doblemente familiares. La mayor parte de la filmografía del tejano se basa en la estilización visual de las tragedias y felicidades de familias más o menos desestructuradas --Los Tenembaum, Academia Rushmore, Viaje a Daajerlin, Moonrise Kigdom, Life Aquatic--, pero además también ha filmado un par que se colocan directamente en el canon de las mejores películas familiares de la historia, la dupla cósmica: Fantástico Sr. Fox (2010) e Isla de Perros (2018). 

Ambas películas, pese a ser muy diferentes, rezuman un amor por la narración genuina y están realizadas mediante la técnica de stop-motion. La mítica manera que consiste en grabar a muñecos fotograma a fotograma para dar la sensación de movimiento. El tópico suele decir que tras una jornada maratoniana de grabación acaso consigues tres o cuatro segundos de metraje. Ambas son películas del siglo XXI que conectan directamente con el origen del género, bisnietas de los primeros cortometrajes del legendario cineasta patrio Segundo de Chomón o de algunos de los cortos de Georges Mèlies

Reducirlas a la trama resulta reduccionista. Fantástico sr. Fox, es una adaptación de la novela homónima de Roald Dahl, donde se explora la retirada de la caza de gallinas de un zorro en la madurez y la complicada relación paterno-filial. La voz en la versión original es la de George Clooney que se ve acompañado de zarigüeyas, topos y gallinas en su periplo para recuperar la felicidad en la vida. Al final de esa película, aparecen unos perros. Cuenta Anderson que fue entonces cuando decidió que su próxima película estaría protagonizada por los chuchos en algún lugar de Japón.

Isla de perros

Una imagen de 'Isla de Perros'.

Isla de Perros es esa película. Seguimos el viaje del héroe de Atari Kobayaishi para recuperar a su perro desterrado a un isla en un Japón distópico. Una de sus bondades es que consigue que entendamos bien lo que significa ser un perro doméstico y un perro callejero. Las reflexiones de los cánidos son inteligentes y emocionantes. Sin pizca de cursilería ni aspavientos. Mucho más que los humanos de la película. Para conseguir esta empatía Anderson se sirve de diferentes estrategias, la más aparente: los personajes humanos hablan en japonés --incluso en la versión doblada-- mientras los ladridos de los perros se escuchan en nuestro idioma.

Lo explicaba bien Rodrigo Cortés hace poco en el programa de radio La Cultureta: queremos que no nos gusten las películas de Anderson. Sabemos que son hipsters, demasiado conscientes de ser cool, hiperrealizadas y, sin embargo, siempre nos ganan. Con ese estilo extremadamente caligráfico, con la puesta en escena maniquea, con su ultraortodoxia simétrica, con su cuidada elección de colores y músicas. Con todo su cine pasa como con aquel niño ultrapijo del colegio: al conocerlo resulta que es extremadamente listo y simpático. El bueno de Wes seguro que es de esos que al llegar a una casa ajena lo primero que hace es cambiar la lista de Spotify del anfitrión por la suya propia. El problema es que las canciones elegidas están fetén, que la fiesta resulta un éxito. En tiempos tan digitalmente líquidos parece que andamos faltos de textura analógica, anhelantes de sentir en la pantalla el tacto de algo que pique, acaricie o muerda. Los manierismos de Anderson lo consiguen. Tras desnudarse de capas y capas de esteticismo --señorita cebolla, bailarina de striptís-- sus películas nos llegan directamente al centro de la emoción.