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El poeta romántico Friedrich Schiller quiso recomponer una existencia que veía fragmentada por la especialización y por las barreras sociales. Creyó que la estética era la manera de conseguirlo. “Cualquier otra forma de ejercer sus funciones dota a la psique de alguna aptitud especial”, escribió, “pero solo a costa de alguna limitación especial; nada más lo estético conduce a la ausencia de toda limitación”. Y cuando el ser humano está completo, no se justifican los privilegios, ni las autocracias de ningún tipo.

Los seguidores de estas ideas las fueron aplicando en negativo, oponiéndose a todo aquello que les parecía reprobable en el sistema. Así, después de emprenderla con la subjetividad, la objetividad, el contenido consciente, la autoría, el objeto artístico, y tantas otras víctimas, la estética ha sido la última. Ha llegado a significar exactamente lo contrario de lo que significaba para Schiller. Como no se la considera en sí misma, sino en tanto que producto de lujo para las élites, secuestrada por el mercado y banalizada por la cultura del espectáculo, sufre el destierro de las cartelas y no se la puede ni mencionar.

Anjan Chatterjee, profesor de neurología y director del Centro de Neuroestética de la Universidad de Pensilvania, se pregunta por qué una experiencia fundamental, tan cotidiana como contemplar algo que nos gusta, ha tardado casi hasta el nuevo siglo en analizarse desde una perspectiva biológica. “La belleza está en los ojos de quien mira”, explica, “y nuestros cerebros tienen entre ellos más similitudes que diferencias”.

Imagen del profesor Anjan Chatterjee

Desde la teoría del arte se tiende hoy a ver esas similitudes como superficiales y se prefiere la eficacia de lo político, o, según propone McKenzie Wark en su libro Sensoria (La Caja Books, 2026), lo “interesante”, el chispazo de ingenio que desvela los conflictos en medio del ruido digital. Sin embargo, desde varios ángulos del pensamiento contemporáneo que no debería ignorar el mundo del arte, la estética no solo es una de las herramientas de las que estamos dotados para conocer la realidad, sino una necesaria, sin la cual no se puede acceder al conjunto del conocimiento en teoría posible.

La belleza según cuándo y quién

La belleza contiene mucho más que lo superficialmente atractivo. Por eso el equipo de Chatterjee busca las preguntas difíciles. No se limita a estudiar el arte que agrada a la gente. Les intriga “el arte que la gente aún no sabe que le hace falta”. O sea, las nuevas maneras de ver la belleza. Nos hemos acostumbrado a atribuir a lo bello una domesticación de la creatividad, pero, si miramos al pasado, en la evolución del concepto es donde reside el reto constante al ojo y a la mente. Las piezas maestras seducen pero también, según cuándo y a quién, aterrorizan, angustian, llevan la contraria, ofenden, hacen partirse de risa o desconciertan.

Chatterjee observa que, si bien en el gusto personal hay mucho de subjetivo, los principios subyacentes con que el cerebro procesa nuestras respuestas son muy parecidos. La experiencia estética procede de las relaciones entre tres grandes sistemas cerebrales que se ocupan de los sentidos, las emociones y el significado. Pero lo relevante es que activa una red de regiones muy interconectadas que por lo general se inhibe durante las tareas enfocadas al exterior, la red que usamos para la autorreflexión, la memoria autobiográfica, la anticipación imaginativa, la divagación mental o la ensoñación.

Probablemente ese nexo único de lo exterior y lo interior sea lo que nos permite crecer y transformarnos, a nosotros y al mundo. Sentimos el placer de entender el estímulo desde nuestro yo más personal, dice el neurocientífico. De entender algo del todo nuevo, se podría añadir, que antes no existía.

El placer como punto de partida

Precisamente el placer es la clave en la discusión sobre estética que tiene lugar en un barrio próximo de la ciencia, el de la psicología evolutiva. Steven Pinker, el coloso de la disciplina, sugirió que las artes podrían surgir no como adaptaciones en sí mismas, es decir, rasgos que ofrecen una ventaja en términos de supervivencia y reproducción, sino como subproducto de adaptaciones.

Portada del libro ´Cómo funciona la mente´ de Steven Pinker Destino

Hemos evolucionado para enterarnos de los cotilleos de la tribu y reconocer patrones visuales porque a nuestros antepasados del Pleistoceno les favorecía identificar la cara que tenían delante, saber con quién les convenía aliarse o si les estaban, literalmente, dando gato por liebre. Ahora nos inventamos cuentos y vemos pinturas porque son tecnologías desarrolladas para usar esos antiguos mecanismos en suministrar al cerebro dosis muy concentradas de lo que le hace disfrutar, por ejemplo, geometrías que evocan paisajes fértiles o rostros saludables. Un juego susceptible, después, de sofisticarse sin límite.

Denis Dutton, en El instinto del arte (Paidós, 2014) se inclina más a considerarlo una actividad directamente cableada en los circuitos neuronales. Puede haber aportado ventajas evolutivas, argumenta, para entrenar al cerebro, transmitir información o simular situaciones sin el riesgo de vivirlas. También puede ser una señal de aptitud que mejore las posibilidades de quien la posee de transmitir sus genes y por tanto, a su vez, de extender esas aptitudes.

‘El instinto del arte’, de Dennis Dutton Paidós

Sin la herencia biológica, tal vez no se entendería el esfuerzo continuado que hacemos por cultivar las artes, hasta cuando dejamos de creer en ellas. Junto a los demás instintos de los que nos ha dotado la naturaleza, el artístico es uno de los instrumentos con los que contamos para explorar el mundo, insustituibles. No tenemos otros.

David Deutsch es un físico afincado en Oxford y uno de los pioneros de la computación cuántica, pero con intereses mucho más amplios. Su originalísimo ángulo para aproximarse a la estética podría resultar muy sugestivo a los artistas. Según él, aquello de lo que no tenemos experiencia propia no se puede deducir de lo que sí. Los descubrimientos científicos son suposiciones, conjeturas osadas que después hay que someter a crítica y testar. Las conjeturas del arte son estéticas, pero su resultado es el mismo. Una obra maestra es una teoría eficaz y muy difícil de variar sin estropearla, un castillo de naipes que se desmorona quitando una sola pieza.

La objetividad de la belleza

Deutsch cree que existe la belleza objetiva porque flores e insectos necesitaron para comunicarse un código difícil de variar, no les valía la atracción subjetiva que otras criaturas sienten entre ellas. Nosotros la cultivamos porque nos enfrentamos al mismo problema: entre personas, enviar señales fiables puede ser igual de difícil que entre especies. Hay una diferencia, sin embargo, fundamental. En la naturaleza, el mecanismo es repetitivo, limitado. En humanos, se conjuga con la capacidad de crear algo completamente nuevo, las insospechadas maneras de ver que estudian, como mencionamos más arriba, en el centro de neuroestética del profesor Chatterjee.

A un animal le gusta siempre lo mismo, mientras que nosotros nos dedicamos a cosas que la evolución nos ha programado para temer o aborrecer, nos tiramos en parapente y contamos historias que nos ponen los pelos de punta o nos dejan el ánimo por los suelos.

Ya que de momento no sabemos definir la belleza, o traducirla al lenguaje natural, la única guía hacia esa objetividad es el “criterio de la diversión” que nos hace seguir por donde vamos, satisfechos, o probar algo diferente. Aun así, nos dice Deutsch, el arte no solo crea conocimiento nuevo como la ciencia, sino que está unido a los otros saberes por su relación común con lo real, y el conjunto de lo que es posible entender queda incompleto sin su concurso.

Utilizarlo solo como vehículo o elegir a voluntad su contenido para que se adapte a orientaciones políticas o preferencias personales da resultados tan malos como en matemáticas, y es una forma de degradarlo. Incluso quien no esté convencido del todo tendrá que darle en parte la razón, pensando en cuántas exposiciones hay que no se sostienen sin los textos cada vez más largos y farragosos de las paredes.

La eficacia de lo político, el interés por comentar la actualidad, son cualidades admirables. Y sin embargo, mejor atender a la estética, algo que las incluye si hace falta pero sin lo cual el arte no aporta nada distinto de lo que viene en los periódicos, nada con verdadero mordiente. El arte contemporáneo se proclama revolucionario, transformador, pero nadie le hace mucho caso y a los responsables de la cultura no les preocupa mientras puedan seguir proclamando lo mismo.

No estaría de más que volvieran a interesarse por la inventiva y la afirmación. ¿Acaso no lo hacen a diario —o deberían hacerlo—, en sus prácticas, los artistas, dando con miradas inéditas que no saben ni de dónde vienen? El trabajo de la persona creativa es salir por peteneras, porque se lo pide el cuerpo, porque ha encontrado algo que le satisface y si mueve una sola ficha, deja de satisfacerle.

En nuestras instituciones culturales, la estética ha sido puesta en cuarentena. Parece que se estuviera produciendo una inversión de valores por la cual todo lo que funciona, las ideas con un efecto real, deben ser proscritas. La teoría del arte, y por lo tanto los museos, se nutren hoy de las nociones más inoperativas que impone la moda del pensamiento contemporáneo.

Los posestructuralistas como Foucault, el autor con mayor número de citas en referencias académicas en todo el mundo, son capaces de alargar sin límite la lista de todo aquello en lo que nos engaña el poder, el lenguaje, y nosotros mismos al usarlo, pero no saben decir ni una sola cosa en la que acertemos. Llegados a este punto, hay que preguntarse si la represión se debe a que las guerras mundiales llevaron a pensar que el acto creativo termina tarde o temprano en hecatombe, o sencillamente a que nos han entrenado para decir que no y ya nunca nos acordamos de decir que sí. (Continuará).

‘La guerra’ (1932), de Otto Dix. Galerie Neue Meister, Dresden