Imagen de ‘Tejidos conjuntivos’, el Programa de Estudios Propios en Museología Crítica del MNCARS

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Artes

En defensa del museo tradicional (3)

Una política viciada de incentivos y subvenciones está poniendo muy difícil a los museos no ya el transformar la sociedad, como pretenden, sino cumplir modestamente su función de servicio público

También: En defensa del museo tradicional (2)

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En los noventa, los propios museos y galerías asumieron la acusación de falta de neutralidad frente al poder y fueron debatiendo formas de ponerle remedio. Pero las herramientas teóricas de la crítica institucional estaban creadas para encontrarle a todo la trampa, y hubo un sector que se quedó fuera del museo, o mantuvo una actitud combativa cuando entraba. Algunos, los “antimuseo”, lo consideraron irredimible: ¿Cómo va a ser antihegemónico el dueño de la hegemonía y acabar con las jerarquías el que las decide?

Igual que pasa con las personas, una fina línea separa la sana autorreflexión del convertirse uno mismo en su tema favorito. Los directores de centros de arte pueden ventilar una entrevista completa sin haber hecho casi referencia a los artistas. El combate contra el “pensamiento dominante”, tan difícil por otra parte de definir en sociedades plurales que se transforman rápidamente, ocupa el centro de la conversación. Lo sigue ocupando después de que las ideas de quienes lo combaten, el pensamiento que defiende el “otro museo posible”, lleven siendo las oficiales en despachos, cátedras, instituciones artísticas y, por temporadas, en ministerios de cultura de todo el mundo durante décadas.

Cavar su propia tumba

Extraña pensar que cuarenta años después de auparse a lo más alto todavía no hayan conseguido que el pensamiento hegemónico sea el suyo, al menos un poquito. A estas alturas, el antimuseo está demostrando acertar al menos en una cosa: es difícil desmontar una institución desde un despacho con vistas. Los gestores conviven con la paradoja de que no pueden hacer realidad su retórica sin devorarse a sí mismos. Es decir, sin socavar el sistema que sustenta en la práctica el modo de vida y trabajo de todos, empezando por el suyo, y que permite la existencia de las instituciones culturales —el Estado del bienestar y el capitalismo regulado—.

Grupo de amigos en el MoMA de Nueva York

Grupo de amigos en el MoMA de Nueva York

Los gestores usan argumentos al estilo de “introducir formas de trabajo comunitario”, rechazar unas fronteras que atribuyen a la “distribución colonial”, o “escapar a las restricciones impuestas por el Estado nación”, todos conceptos procedentes del manifiesto del Museo Habitado de Manuel Borja-Villel en Barcelona.

Sin embargo, las entidades que gobiernan ofrecen empleo formal y ellos ocupan altos cargos en esos mismos Estados —el de director del Reina Sofía se equipara al rango de un director general—. Sigue el mismo texto pidiendo “cuestionar qué es la institución, quién nombra o cómo desinstitucionalizar el museo, salir de él”. Pues, en el caso del proyecto barcelonés, la institución es un invento creado a instancias del propio Borja-Villel por la administración autonómica, otra parte del Estado, saltándose los protocolos estrictos y en teoría transparentes que se les exige a los museos públicos.

Museo: concepto colectivo

Con los contenidos sucede otro tanto. Los gestores siguen invocando de continuo el concepto de crearlos entre todos, de manera democrática. Por situarnos en un contexto reciente y local, pensemos en la presentación de las colecciones del Museo Reina Sofía, la primera a cargo de Manuel Segade.

El director habló de un relato que no es unidireccional sino abierto y siempre revisable, “de construcción necesariamente colectiva”. Y, sin embargo, después, repasando el recorrido —con mención aparte a la excelente iniciativa de ordenar un edificio que tiende a laberinto— se hace muy difícil imaginar que el discurso venga urdido de abajo arriba, ni siquiera si el “abajo” son los artistas.

La parte de la colección que se presenta corresponde a los últimos cincuenta años, hasta la actualidad. Más de medio gremio y una proporción mayor del público quedan ya excluidos de entrada por la manifiesta enemistad a la pintura, con pretextos débiles como su pecaminosa falta de compromiso conceptual y político en los ochenta —¿no habíamos dicho que todo arte era político?—. Pero lo peor es la escasez de referencias de verdad generales de la historia y de la historia del arte para entender y debatir con sentido.

Protesta del grupo ‘Decolonize This Place’ en el interior del Museo Whitney de Nueva York. Foto: Perimenander

Protesta del grupo ‘Decolonize This Place’ en el interior del Museo Whitney de Nueva York. Foto: Perimenander

Desde la crítica institucional más rebelde, aunque no la compartamos, otra vez se ve muy claro: la voluntad expresa de transformarse, desmontar la institución y fundirla con la vida, choca con la necesidad de los directivos de los centros de arte, de quienes ejercen el poder, de conservar el control del mensaje. El museo termina instrumentalizando las minorías a las que dice servir, en teoría, para construir un relato confesional, donde la adhesión importa más que la eficacia —la eficacia bien puede depender de la variedad de la oferta, porque resida en otras ideas diferentes de las suyas—.

Retratar, no interpretar

En palabras del ensayista y creador visual Tomás Ruiz-Rivas, responsable de la web Antimuseo, referidas al Reina Sofía anterior a Segade, pero que aplican igual ahora, el museo “pretende ir por delante”, interpretando la realidad en lugar de recoger lo que surge de ella. Continúa después: “Se trata de dar cabida al arte que produce la sociedad, no al que nos gustaría que produjese. Y la sociedad actual es compleja, fragmentaria, heterogénea, no sólo en prácticas artísticas, sino también en los públicos potenciales”.

Marisol Salanova, una crítica imposible de etiquetar y que no obedece consignas de nadie, afirma con razón que las instituciones culturales españolas se han visto muy presionadas a seguir todas una misma línea ideológica. Una línea “que ni siquiera es compartida por muchos de los artistas que exponen, pero es la que incentiva subvenciones, becas y ayudas”, mientras siga uno ciertas pautas de trabajo.

Las subvenciones son la parte del león. El dinero que llega al último estrato, los artistas, o los comisarios, explicaba hace poco Salanova en una entrevista, “es calderilla comparado con lo que se mueve en subvenciones para asociaciones de artistas, de críticos, de todo tipo de colectivos relacionados con lo artístico y lo cultural”, asociaciones que participan después en los jurados para elegir a las directivas de los museos y las instituciones culturales nacionales. La circularidad del proceso salta a la vista: los cargos y las subvenciones fluyen en un circuito cerrado.

Qué y cómo

Algunos museos, en especial entre los de arte contemporáneo, están poniendo en boca de la sociedad un discurso que después hacen pasar por espontáneo. Es cierto que nadie sabría ordenar una colección sin imprimir su sesgo. Pero es preferible un sesgo adulto basado en la variedad, en mostrar un panorama amplio y representativo, incluyendo lo que nos gusta y lo que no, que permita lecturas personales del presente y del arte. Eso sí, siempre que admitamos que hay en la creación visual algo más, o algo distinto, de lo que ofrece el editorial de un periódico.

El colectivo Illuminator Art Collective en el museo Whitney de Nueva York en un acto de denuncia

El colectivo Illuminator Art Collective en el museo Whitney de Nueva York en un acto de denuncia

¿Qué es lo específico del arte? ¿Tiene una esencia o se puede convertir en idea —como decía Hegel y ha sucedido en alguna medida—, o tal vez en experiencia, para preservarlo del mercado? ¿Es capaz de crear un saber nuevo, diferente del de otras formas de conocimiento, o solo vale de vehículo para mensajes ajenos? Estas cuestiones y otras parecidas han sido postergadas durante demasiado tiempo porque la política, una vez admitida como premisa, no puede esperar.

Es fácil pintar siempre la urgencia de alguna aflicción o conflicto humano. Sin embargo, a poco que se dude de la eficacia del museo alternativo en dar voz a la sociedad, su defensa se ve bajo otra luz. Como cualquier causa altruista cuyo éxito sobrevive a su función, o a su ilusión de ser funcional, empieza a parecerse mucho a un pretexto para lo que a sus promotores les venga en gana. (Continuará).