Construir, a partir de una visión humorística de la existencia, un mundo propio al que invitas a los demás es algo que no está al alcance de cualquiera. Se puede ser un humorista gráfico excelente sin haber llegado a fabricarte tu propio planeta, y no pasa nada: la actualidad da para muchos enfoques y a veces es más fácil reírse a su costa que otras. Pero crear un universo reconocible que, incluso, infecta la manera de hablar de tus compatriotas y los convierte, en cierta medida, en ciudadanos de tu reino, está al alcance de muy pocos.

En la stand up comedy, el último en lograrlo fue Chiquito de la Calzada. En el humor gráfico, Forges me parece el caso más evidente de creación de un microcosmos familiar del que a una gran parte de la gente le apetece formar parte. Eso hizo de él algo más que un humorista brillante, convirtiéndolo en una especie de cronista social de España, a cuyo idioma contribuyó con un muy especial uso del lenguaje de indudable eficacia, trufado de frases, palabras y expresiones contagiosas que muchos acabamos incorporando a nuestras conversaciones: cuando estudiaba primero de periodismo, muchos hablábamos como los personajes de Forges, o nos inventábamos conceptos que podrían ser suyos, o encontrábamos en él la inspiración para los comentarios que aspiraban a ser ingeniosos y, a ser posible, hilarantes. Hacía muy poco que había salido El libro del Forges (1972) y se había convertido en una especie de biblia para todos los que, muchos años después, tendríamos serios problemas para distinguir la vida real de una sitcom (con resultados, a menudo catastróficos, que les ahorro).

Antonio Fraguas de Pablo nació y murió en Madrid (1942 – 2018), de padre gallego y madre catalana (Forges es la versión catalana de Fraguas). A los catorce años ya estaba trabajando en TVE como técnico de telecine, siendo ascendido a mezclador de imagen en 1962. Publicó su primer chiste en 1964, en el desaparecido diario Pueblo, de donde pasó después al también difunto Informaciones y a la revista del corazón, aún en el quiosco, Diez minutos. Apareció luego en medios tan variopintos como Lecturas, Interviu, Hermano Lobo, Por Favor o El Jueves. Por lo que respecta a la prensa diaria, Forges pasó por Diario 16 (1981 – 1989), El Mundo (1989 – 1995) y El País (de 1995 hasta el fin de sus días). Tuvo tiempo, incluso, para escribir una novela, Doce de Babilonia, y dirigir dos películas, País S.A. (1975) y El bengador gusticiero y su pastelera madre (1977). Publicó un montón de libros antológicos de su dispersa obra y se convirtió en un personaje tremendamente popular.

Lo que explicaba Forges era horrible: la difícil supervivencia en un país imposible como España, salvado siempre por el humor y la auto irrisión. Sus personajes eran, a menudo, deleznables: matrimonios infelices y mal avenidos, funcionarios siniestros, políticos mendaces… Se salvaba, apenas, el medio rural, con aquellas ancianitas que filosofaban a su manera sobre la actualidad y aquellos Blasillos sin esperanza que, a veces, estaban a punto de cruzar la raya de la cursilería (ese es el único pero que le pongo a la carrera de mi héroe, que en ocasiones incurría en el ternurismo y el buenismo, sobre todo cuando se trataba de abordar alguna de las muchas injusticias que suceden en el mundo a diario: la frasecita moralista, repetida durante días, al pie de cada chiste podía llegar a ser irritante y, sobre todo, impropia de él).

Ese ternurismo era la última consecuencia de un humor que conseguía ser amable sin perder ni un ápice de su componente crítico. Nunca fue la de Forges una visión agria de la existencia: sabía que no teníamos remedio, pero jamás hizo sangre a costa nuestra, prefiriendo observarnos con una equilibrada mezcla de compasión y mala uva que solo se echaba a perder cuando se ponía bonista y optaba por el sermón, un género incompatible con el humor (algo que, afortunadamente, no ocurría con demasiada frecuencia).

Presumiblemente de izquierdas, logró que la derecha no lo detestara y hasta se riera con sus cosas: nunca fue un sectario, sino yo diría que un fatalista amable que observaba a sus semejantes y a sí mismo, llegaba a la conclusión de que no dábamos mucho de sí y plasmaba de manera casi agradable una realidad atroz, la que se escondía detrás de esos matrimonios mal avenidos, de esos funcionarios infames, de esos políticos que eran carne de cadalso, de esos seductores bajitos y ridículos, de esos borrachos que no sobrevivirían sin su dosis diaria de alcohol…

Puede que su principal logro fuese el lenguaje, inédito hasta entonces en el humor gráfico español y que tanto caló en un amplio sector de la sociedad. Me hubiese gustado conocerlo, pero tuve que conformarme con cruzármelo en un par de eventos culturales e intercambiar cuatro palabras con él, placenteras porque se trataba de un tipo tan simpático como cercano (lo mismo me pasó con Berlanga, al que pillé al final de su vida, considerando el encuentro como algo a tachar de mi lista de asuntos fundamentales). Forges murió al pie del cañón. Entregó su última viñeta a El País y reventó a causa de un cáncer de páncreas. Mantuvo el tono y la calidad hasta el último día, y estoy seguro de que seguiría conservándolos si siguiera entre nosotros.

Con su sucesor en el diario del grupo PRISA, Andrés Rábago, alias 'El Roto', se acabó la amabilidad y se agudizó el fatalismo, algo normal si tenemos en cuenta la evolución de la sociedad española desde los (¿felices?) tiempos de Concha y Mariano. Le dedicaremos el siguiente capítulo de esta crónica gráfica personal.