Recrear a Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) es como ir punteando íntimamente su genialidad, cómo plasmaba lo que era de su interés o de su conveniencia, cómo lo representaba y cómo planteaba sus extraordinarias composiciones. La onda expansiva de sus creaciones rebasa con mucho los límites de su biografía. Lo que queda de ese rastro es la tensión arterial de la pintura vivida con espíritu de desafío y con voluntad de permanencia. Y el resultado final es una línea de llegada para un pintor único en la sobresaliente escudería artística del Barroco español.

Porque Murillo se confeccionó en un balbuceante naturalismo hasta levantar un territorio artístico personal. No fue un lunático. Tampoco un bobo. Se hizo un sitio armado de lecturas, de reflexión, de sensibilidad y de dudas. No fue un burraco a la manera intuitiva de otros pintores de su tiempo. De ahí que todo lo suyo tenga más de producto intelectual que de golpe instintivo. Sus figuras de prodigio y su gusto extremo vienen de un pensamiento hondo. Igual que la ardiente orquestación de elementos y la combinación de una escondida sensualidad y una ajustada invención.

Enigmático

Pero su vida y su obra aún tienen mucho de enigma. Y eso que, quizás, sea el artista más explorado en los últimos tiempos. El más bendecido de redenciones. El más dotado para la quincallería académica. En él se alternan claridades y penumbras que entusiasman, que desconciertan, que empujan. Soporta casi todas las teorías, pero una cosa está clara: no acepta las verdades absolutas. Murillo es uno de los creadores más plurales del arte español. También el más inesperado. Y a la vez que su pintura se va descifrando, su biografía sigue acumulando esquinas. Sobre todo, su vida de pintor.

Y ahí, exactamente en ese punto, es donde se abre paso la exposición articulada por el profesor de la Universidad de Alcalá Benito Navarrete para el despliegue de pirotecnia cultural (y también turística) que propone el Año Murillo, que celebra el cuarto centenario del nacimiento del artista. La muestra Murillo y su estela en Sevilla --en el convento de Santa Clara de la capital hispalense, hasta el próximo 8 de abril-- aspira a mostrar la ruta de su poética cruzando tiempos y espacios, géneros, obsesiones, disciplinas. De la juventud a la madurez, de la vida a la vida más allá de la muerte.

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Dos visitantes observan un lienzo de Cornelis Schut, claramente inspirado por Murillo / DAVID VICO

Él está representado aquí como lo que ya sabemos que fue: un tipo con ribetes de genialidad al frente de un negocio de producción de obra plástica. Un artista que adaptó a los gustos y a las exigencias del entorno su talento abundante. Un empresario de sí mismo que fundó en la pintura una nueva estética por la que hizo pasar el arte de su tiempo y muchos de los otros que vinieron después. De algún modo, Murillo se convirtió en un inevitable lugar de paso, en un hallazgo fuera de horma que imantó a todos aquellos que, sucesivamente, se acercaron hasta la jurisdicción del genio.

La propuesta es, por tanto, una entrada a saco en la cosmología de Murillo y de lo murillesco. Aquí todo es alcance de su obra. Metáfora de su paisaje. Vibración de una forma única de comprender la pintura, como calambre del arte auténtico. “Su duración se perpetúa como consecuencia del poder de la supervivencia de sus imágenes y del mito de su obra”, señala Navarrete, quien ha reunido aquí piezas de hondo significado, entre las que sobresale La Virgen de la faja (1655-1660), propiedad de un coleccionista privado de Zúrich que llevaba casi siglo y medio sin exhibirse al público.

En la exposición quieren estar representados todos los mundos de la galaxia Murillo. La fascinación desatada por las creaciones del artista en distintos tiempos y contextos. De algún modo, se trata de ofrecer a través de 62 obras una nueva senda de lectura que ensancha la extraordinaria poética del artista, reivindicado ya desde lo contemporáneo por Ortega y Gasset allá por 1943: “Como el péndulo [del arte] ha comenzado a moverse de nuevo hacia una afirmación de los elementos humanos, puede predecirse que Murillo será considerado de nuevo un gran pintor”.

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Sala de la exposición dedicada al impacto de las obras del pintor barroco en el siglo XIX / DAVID VICO

Creador de iconografías

La muestra, dividida en cinco movimientos, profundiza en el poder de las imágenes de Murillo, quien aparece aquí como creador de iconografías para fijar devociones religiosas. Como propagandista en aventuras de santidad. Como renovador en el género del retrato. O como ejecutor de composiciones perdurables que tendrán su repercusión en artistas como Luisa Roldán, La Roldana; Pedro Núñez de Villavicencio, Alonso Miguel de Tovar y Cornelis Shut. Así, su impronta no sólo se anticipó a la estética dieciochesca, sino que proyectó su ideario incluso en el siglo XIX, entonces ya con claros ecos románticos.

Todo el poder que encierran sus imágenes se puede recorrer a través de las obras reunidas en Murillo y su estela en Sevilla. Es un viaje a compás del pintor, que fue perfeccionando la técnica y logró activar una construcción pictórica característica que se convirtió en una suerte de marca propia. Reconocida y reconocible. En la obra de Murillo hay reflejos sublimes. Y efectos. Y trucos. Y leyenda de santurrón. Y huellas de sobrada ambición. Pero no hay otra verdad que la que deja su pintura. Que es su vida. Su extraña vida, la de este Murillo superstar.